

      Historia cmica de los Estados e Imperios del Sol
      Savinien de Cyrano de Bergerac



      Al seor de Cyrano de Mauvires

                Seor:

           Todos los espritus agudos de esta poca estiman tanto las obras del 
      difunto seor de Cyrano de Bergerac, vuestro hermano, y las producciones 
      de su ingenio son en efecto tan considerables, que yo no podra, sin 
      excitar las maledicencias de aqullos y sin ofender la memoria de este 
      ilustre autor, esconder por ms tiempo sus ESTADOS E IMPERIOS DEL SOL, con 
      algunas cartas y otras obras que dichosamente han cado entre mis manos 
      cuando ya me haba quitado la esperanza de poseerlas una infructuosa 
      pesquisa tan larga como intil. En verdad, seor, lo primero que he 
      pensado es ponerme en estado de restituroslas; y puesto que este 
      inimitable escritor no slo os proclam heredero de los bienes que la 
      fortuna le otorg, sino tambin de los frutos de su estudio, no puedo yo 
      sin permiso vuestro disponer de este tesoro, que con tan justo ttulo 
      poseis, para entregarlo al pblico. Por eso os lo pido y lo espero con 
      toda la confianza imaginable. As es, seor; yo confo en que no podris 
      negarme ese favor; vos sois demasiado agradecido para no otorgar esa 
      gracia; vos sois demasiado liberal para no dar a toda Europa lo que ella 
      os pide con tanta impaciencia, y amis tanto la gloria de vuestro hermano, 
      que no querris encerrarla en la estrechez de vuestro gabinete. Como yo 
      s, seor, que vos no sois como esos ricos avaros que poseen grandes 
      tesoros sin que consientan compartirlos con sus semejantes, y que no 
      estimis las cosas porque son raras, sino porque son tiles, y como s, 
      seor, que vos pensis muy cuerdamente que no hay ninguna diferencia entre 
      las piedras preciosas y las ordinarias si igualmente se las encierra, 
      juzgara mal si pensase que vos quisierais guardar para vuestro escondido 
      goce lo que a tantas gentes puede serles til. Si el Sol estuviese siempre 
      oculto por esas espesas nubes que algunas veces nos roban su. luz, no 
      bendeciramos tan a menudo al Autor de la Naturaleza, que nos ensea todos 
      los das tan hermoso astro, al que podemos llamar viviente imagen de la 
      Divinidad; y si vos ocultaseis al pblico esa digna obra tan encantadora, 
      cuya posesin con tan dulce esperanza le halaga, os privarais a vos mismo 
      de los agradecimientos y alabanza que a manos llenas os reserva. Pero, 
      seor, al orme hablar creerase que era necesario solicitar vuestra 
      generosidad y aducir argumentos mltiples para inclinaros a conceder al 
      universo el goce de una cosa por la que ya est ardiendo en deseos; a vos, 
      seor, a quien yo he visto resuelto a hacernos el presente de ese libro, 
      que yo ahora os muestro y en cuya primera pgina quiero escribir vuestro 
      nombre para que sirva de escudo a los ataques de la envidia y la 
      maledicencia que a veces persiguieron a su autor con tanta crueldad. 
      Ahora, seor, con tan poderoso socorro podr desafiar valientemente a 
      esos, monstruos y perseguirlos hasta el ms oculto rincn en que se 
      escondan; pues hasta los palacios y las cortes sern asilos dbiles si l, 
      juzgndolos dignos de su clera, se dispone a perseguirlos hasta all.
           Si ese grande hombre, cuando era mortal y no contaba con otro apoyo 
      que el de su virtud, redujo a esos monstruos con la buena suerte que todos 
      sabemos, de esperar es, y no puede cabernos duda en ello, que ahora que 
      goza de la inmortalidad que conquist con sus trabajos, y que est 
      secundado por un hermano en quien el espritu y el buen sentido se han 
      unido tan estrechamente, ahogue para siempre a esas hidras renacientes con 
      tanta facilidad como presteza y les haga confesar por ltima vez, al 
      expirar, que no puede atacarse a dos hermanos cuya amistad, a pesar de las 
      imposturas de sus enemigos, triunfa hasta de la muerte sin sufrir los 
      rigores de su venganza ni hacer llevar las penas de su temeridad. No 
      quiero hablar aqu, seor, de los socorros que le prometi Apolo cuando le 
      permiti entrar en sus Estados; pues aunque al teneros a vos ya no 
      necesitaba a nadie ms, recibi an de ese Autor de la luz y de ese 
      Maestro de las Ciencias luces que nada puede obscurecer, conocimientos que 
      nadie puede igualar y una elocuencia victoriosa a la que forzosamente es 
      necesario rendirse. En fin, seor, nosotros podemos decir en honor de 
      Francia y loor de vuestra familia, de la que han nacido tantas personas 
      notables en la toga y en la espada, y en la gloria de Cyrano de Bergerac 
      especialmente, que apareci como un Alejandro resucitado en este siglo 
      merced a un milagro sorprendente. Encontr, como este famoso conquistador, 
      que la Tierra tena lmites demasiado estrechos para sus ambiciones,. y 
      luego que recorri, a la edad de treinta aos, los Estados e Imperios de 
      la Luna y el Sol, fuese a buscar, en el palacio de los Dioses, la 
      satisfaccin que no pudo encontrar en la morada de los hombres ni en los 
      mundos de los astros. Pero, seor, advierto que estoy insensiblemente 
      haciendo el panegrico de este incomparable genio, cuando debiera callarme 
      para dejarle hablar a l, porque no tengo ninguna buena prenda, si no son 
      la pasin con que honro su memoria y el deseo que tengo de testimoniaros 
      que soy,
                Seor,
           Muy humilde y muy devoto criado de vuestra merced.
      C. DE SERCY



      Historia cmica de los estados e imperios del sol
           Por fin nuestro barco lleg al abra de Toln, y luego de dar gracias 
      al viento y a las estrellas por el buen trmino de nuestro viaje, nos 
      abrazamos todos en el puerto y nos dijimos adis. En cuanto a m, como en 
      el mundo de la Luna, del que entonces regresaba, el dinero se substituye 
      con versos y yo casi haba perdido el recuerdo de tenerlo, el piloto 
      consider pagado mi pasaje con el honor de haber llevado en su navo a un 
      hombre cado del Cielo. Nada nos impidi, pues, llegar hasta cerca de 
      Tolosa, donde tenan su casa unos amigos mos. Arda yo en deseos de 
      verlos porque pensaba que les producira mucha alegra con la narracin de 
      mis aventuras. No os enojar a vosotros contndoos todo lo que me sucedi 
      en el camino; me cans, descans, tuve sed, tuve hambre, beb y com. 
      Aunque en seguida me rodeasen los veinte o treinta perros que componan la 
      jaura de mi amigo, y aunque yo fuese vestido con muy poco aseo y 
      estuviese delgado y tostado por el Sol, mi amigo me reconoci en seguida, 
      y arrebatado por la alegra se tir a mi cuello, y luego que me bes ms 
      de cien veces todo tembloroso de contento, me llev hacia su castillo, y 
      ya en ste, cuando las lgrimas de su alegra se detuvieron dando lugar a 
      su voz, la solt a semejantes razones: Por fin vivimos y viviremos a 
      pesar de todas las desgracias con que la fortuna ha peloteado nuestra 
      vida; Dios mo!, realmente no es cierto el rumor que corri de que 
      habais sido quemado en el Canad, en la hoguera de un fuego artificial 
      que vos inventasteis. Y, sin embargo, dos o tres personas de cabal juicio 
      entre las muchas que me dieron tan tristes noticias me han jurado que 
      haban visto y tocado ese pjaro de madera con el cual volasteis. Me 
      contaron que, por desgracia, habais entrado dentro en el preciso momento 
      que le prendan fuego, y que la rapidez que adquirieron al quemarse los 
      cohetes que haban atado en torno de la mquina os elevaron a tanta altura 
      que todos los all presentes os haban perdido de vista. Y segn ellos me 
      juraban, os habais quemado tan completamente, que al caer la mquina al 
      suelo tan slo se encontr en ella una pequesima parte de vuestras 
      cenizas. Seor, estas cenizas -le contest yo- no eran sino de la 
      mquina, porque a m el fuego no me hizo ningn dao. El artificio estaba 
      atado por la parte de fuera y su calor, por consiguiente, no poda hacerme 
      dao a m.
           Por lo dems, ya sabris vos que tan pronto como se acab el salitre 
      y la impetuosa ascensin de los cohetes no consegua sostener la mquina, 
      cay sta en el suelo. Yo la vi caer, y cuando ya pensaba piruetear con 
      ella me qued asombrado viendo que ascenda hacia la Luna. Preciso es que 
      os explique la causa de tal ascensin que vosotros juzgaris un milagro.
           El mismo da en que ocurri este accidente, y como me hubiese 
      producido algunas heridas, me unt todo el cuerpo con mdula de buey; pero 
      como estbamos en cuarto menguante y en esta situacin la Luna atrae a la 
      mdula, sorbi tan golosamente (sobre todo cuando mi caja lleg ms all 
      de la regin media, donde ya no haba nubes que interponindose 
      debilitasen la influencia de la Luna) la que revesta mi cuerpo, que ste 
      no pudo dejar de seguir tal atraccin; y os aseguro que continu 
      sorbindome durante tanto tiempo, que finalmente llegu a ese mundo que 
      vos llamis la Luna.
           Seguidamente, le cont muy por lo menudo todas las particularidades 
      de mi viaje, y el seor de Colignac, entusiasmado al or cosas tan 
      extraordinarias, me invit a que las afirmase por escrito.
           Yo, que soy amante del ocio, me resist algn tiempo temiendo las 
      visitas que probablemente me proporcionara esta publicacin. Sin embargo, 
      avergonzado por los reproches que me diriga de no hacer bastante caso de 
      sus ruegos me resolv a complacerlos. Cog, pues, la pluma entre mis 
      dedos, y tan pronto como acababa un cuaderno, impaciente por mi gloria, 
      que le preocupaba ms que la suya, se iba con l a Tolosa para encomiarlo 
      entre las ms distinguidas reuniones. Como l tena fama de ser uno de los 
      ms fuertes genios de su siglo, las alabanzas que de m haca, pues era mi 
      infatigable eco, me dieron a conocer ante todo el mundo. Ya los 
      grabadores, sin que jams me hubiesen visto, haban burilado mi retrato, y 
      la ciudad estaba llena de gargantas roncas de mercaderes que por todas 
      partes gritaban hasta desgaitarse: Este es el retrato del autor de los 
      Estados e Imperios de la Luna! Entre las gentes que leyeron mi libro 
      haba muchos ignorantes que slo lo hojearon. Para imitar a los espritus 
      de alta inteligencia, estos ignorantes aplaudieron como ellos y hasta 
      batieron palmas a cada palabra, miedosos de mal parecer; y muy contentos 
      gritaban: Qu bien est!, aunque no entendiesen nada. Pero la 
      supersticin, disfrazada de remordimientos, cuyos dientes son muy agudos, 
      y bajo el hbito de un necio, les fue mordiendo el corazn con tanta saa 
      que prefirieron renunciara la reputacin de filsofos (que decididamente 
      era un hbito que les estaba muy ancho) que tener que dar cuentas el da 
      del juicio.
           Y as es como la medalla se volvi al revs y se retractaron de sus 
      alabanzas. La obra, que antes les haba merecido tanta atencin, ya no la 
      consideran ms que como una coleccin de cuentos ridculos, un amasijo de 
      retazos descosidos, un repertorio de Piel de Asno bueno para adormecer a 
      los chiquillos. Y apenas alguien conoca su sintaxis, ya se atreva a 
      condenar al autor a que llevase una vela votiva a San Maturino.
           Este contraste de opiniones entre las de los hbiles y las de los 
      idiotas todava aument ms el crdito de mi obra; poco despus las copias 
      manuscritas se vendieron como pan bendito. Todo el mundo, y aun los que 
      estn fuera del mundo, es decir, desde el gentilhombre hasta el monje, 
      compraron mis obras. Hasta las mujeres. Todas las familias se dividieron, 
      y tan lejos fue la pasin por estas discusiones, que la ciudad se escindi 
      en dos partidos: el Lunista y el Antilunista.
           Ya estaban en las escaramuzas de la batalla, cuando una maana vi 
      entrar en la habitacin de Colignac a nueve ancianos que le hablaron de 
      esta manera: Seor: vos sabis muy bien que todos los que en esta 
      compaa estamos somos aliados, parientes o amigos vuestros y que, por 
      consiguiente, no puede sucederos nada vergonzoso sin que vuestro rubor no 
      lo sintamos en nuestras frentes. Nosotros hemos sabido que vos albergis a 
      un brujo en vuestro castillo... Un brujo! -exclam Colignac-. Dios 
      mo, decidme quien sea! Yo inmediatamente le pondr en vuestras manos; 
      pero antes hay que asegurarse de que eso que decs no sea una calumnia. 
      Cmo calumnia, seor! -interrumpi uno de los venerables-. Acaso hay 
      algn tribunal que sepa ms de brujos que el nuestro? En fin, mi querido 
      sobrino, para no teneros ms tiempo suspenso debo deciros que el brujo a 
      quien nosotros acusamos no es sino el autor de Estados e Imperios de la 
      Luna; ni l mismo podra negar que es el ms gran mgico de Europa despus 
      de lo que confiesa; porque es acaso posible subir a la Luna, puede esto 
      ocurrir sin que ande por medio... No acertara yo a nombrar la bestia; 
      pero adems decidme: qu ira a hacer en la Luna? Linda pregunta! 
      -interrumpi otro-; pues asistir al aquelarre que tal vez habra de 
      celebrarse all ese da; y si no lo creis as, fijaos en cmo se 
      entrevist con el Demonio de Scrates. Y despus de todo esto os extraa 
      todava que el Diablo, como l dice, le haya trado a este mundo? Pero sea 
      de ello lo que sea, pensad que tantas Lunas, tantas caminatas, tantos 
      viajes por el aire, no vienen a decir nada bueno; es ms, no pueden ser 
      nada bueno. Y ahora quede esto entre nosotros (y en diciendo esto acerc 
      su boca a los odos de Colignac): no he conocido nunca ningn brujo que no 
      haya tenido que ver con la Luna. Dichas estas simplezas se callaron, 
      dejando a Colignac tan suspenso ante todas estas extravagancias que no 
      pudo articular palabra. Viendo lo cual un venerable cerncalo que hasta 
      entonces no haba hablado, dijo: Sabed, querido pariente, que estamos en 
      el secreto de lo que os sorprende. El mago es una persona a la que vos 
      estimis. No temis, pues, nada; en consideracin a vos las cosas se 
      llevarn suavemente: slo os pedimos que le entreguis en nuestras manos, 
      y en gracia al cario que os profesamos os prometemos por nuestro honor 
      que le mandaremos quemar sin meter escndalo ninguno.
           Al or estas palabras Colignac, aunque era siempre muy sereno, no 
      pudo contenerse y solt una gran carcajada, con la que ofendi mucho a sus 
      seores parientes; de suerte que stos no obtuvieron de l otra respuesta 
      a ninguno de los trminos de su arenga que muchos ah, ah, ah y muchos oh, 
      oh, oh; tanto, que los buenos seores, muy escandalizados, se marcharon 
      llenos de vergenza, que no dir que fue muy corta, pues les dur hasta 
      Tolosa. Cuando ya ellos hubieron partido, yo me llev a Colignac a su 
      despacho, y cerrando la puerta tras nosotros, le dije: Conde, estos 
      embajadores de largas barbas me parecen cometas cabelludos; temo que el 
      ruido que nos han metido no sea el trueno de la plvora que est ya 
      prxima a estallar, y aunque su acusacin sea muy ridcula y probablemente 
      efecto de su estupidez, yo no quedar menos muerto porque una docena de 
      buenas gentes proclamen, despus de verme quemar, que mis jueces eran unos 
      necios. Todos los argumentos con que ellos probaran mi inocencia no me 
      haran resucitar y mis cenizas se quedaran tan fras en una tumba como en 
      un muladar. Por esto, si no se os ocurre a vos nada mejor, a m me 
      alegrara mucho que cedieseis al propsito que tengo de no dejar a estos 
      seores en esta provincia ms que mi retrato; porque me dara doble rabia 
      an morir por una cosa que no creo, que por otra cualquier causa. 
      Colignac casi no tuvo paciencia para esperar a que yo acabase de hablar, y 
      luego que lo hice me contest. Pero antes se burl de m; ahora bien, 
      cuando vio que yo lo tomaba en serio me dijo: -Ay, la muerte!- y puso una 
      cara muy asustada-. Nadie os tocar ni un pelo de la ropa, porque yo, mis 
      amigos, mis vasallos y todos los que me consideran pereceran antes que 
      consentirlo. Mi casa es tan fuerte que nadie podra forzarla si no es con 
      caones; tiene unos cimientos muy slidos y unos muros muy consistentes. 
      Pero yo estara loco si pensara defenderme contra disparos de pergaminos. 
      Son mucho ms temibles -le contest yo- que los rayos.
           De aqu en adelante ya no volvimos hablar ms que de cosas que 
      consolasen a su espritu. Unos das bamos de caza, otros de paseo, otros 
      nos dedicbamos a recibir visitas y algunas veces a devolverlas. De modo 
      que antes de que pudiesen aburrirnos substituamos una diversin por otra.
           El marqus de Cussan, vecino de Colignac, hombre famoso por sus 
      buenas obras, pasaba mucho tiempo con nosotros y nosotros con l; y para 
      que los sitios de nuestra permanencia se nos hiciesen ms agradables con 
      este cambio, bamos de Colignac a Cussan y de Cussan a Colignac. Con todo 
      esto, siendo muchos los inocentes placeres de que el cuerpo es capaz, slo 
      constituan la menor parte, pues la mayor era la de los que encontrbamos 
      en el estudio y en la conversacin, que nunca nos faltaba. Y nuestras 
      bibliotecas, unidas como nuestros espritus, recogan en su seno todos los 
      doctos de nuestra sociedad; as, mezclbamos la lectura con la charla, 
      sta con la buena comida y todo con la pesca o con la caza o con los 
      paseos; en una palabra, gozbamos, por decirlo as, de nosotros mismos y 
      de con cuanto la Naturaleza ha producido para nuestro ms dulce regalo, 
      sin que a nuestro deseo pusisemos otro lmite que el que la razn le 
      sealaba. Pero mi fama, que era muy contraria a mi tranquilidad, corra ya 
      por las aldeas vecinas y hasta por las mismas ciudades de la provincia. 
      Hasta el punto de que todo el mundo, por ese rumor atrado, con el 
      pretexto de ver a mi seor iba a su palacio para ver al brujo. Cuando yo 
      sala del castillo, no slo las mujeres y los nios, sino hasta los 
      hombres, me miraban como a un Diablo, y sobre todos lo haca as el 
      prroco de Colignac, que tal vez por malicia, tal vez por ignorancia, 
      aunque secretamente, era el mayor de mis enemigos. Este hombre, de 
      apariencia sencilla, tena un espritu burdo e ingenuo. Era infinitamente 
      gracioso por sus bromas, pero resultaba sin embargo muy cruel; era 
      vengativo hasta el encarnizamiento, ms calumniador que un normando, y tan 
      enredante, que podra decirse que el amor por el enredo era su pasin ms 
      grande. Como durante largo tiempo hubiese pleiteado con su seor, al que 
      odiaba tanto ms cuanto ste se haba mostrado inflexible ante sus 
      ataques, tema siempre que Colignac estuviese resentido con l, y para 
      evitar una represalia haba querido permutar su beneficio. Pero sea que 
      hubiese cambiado de opinin o que hubiese preferido vengarse de Colignac 
      sobre mi persona durante el tiempo que permaneciera yo en estas tierras, y 
      aunque se esforzaba por persuadirnos de lo contrario, los muchos viajes 
      que frecuentemente hacia a Tolosa vinieron a infundirnos alguna sospecha. 
      All contaba l mil ridculas historias de mis brujeras, y la voz de este 
      hombre malintencionado, unida al rumor de los tontos y de los ignorantes, 
      iba proclamando la execracin de mi nombre. Ya no se hablaba de m sino 
      como de un nuevo Agripa, y supimos que hasta se haba informado mal de m 
      a instancias del cura que haba sido preceptor de nios. Nos dieron estas 
      noticias varias personas que se interesaban por el bien de Colignac y del 
      marqus, y aunque el grosero juicio de todo un pas nos provocasen a risa 
      y a asombro, en secreto no dejaba a m de espantarme mucho el considerar 
      cada vez ms cercanas las molestas consecuencias que podra acarrearme tal 
      error: Seguramente mi buen genio me inspiraba este espanto, esclareca mi 
      razn con todas sus luces para hacerme ver el precipicio en el cual iba a 
      caer, y no contento de aconsejarme tcitamente quiso manifestarse ms 
      ntegramente en mi favor. Una noche de las peores que yo haya nunca visto, 
      y despus de haber pasado uno de los das ms agradables de los que en 
      compaa de Colignac estuve, me levant al despuntar la aurora y para 
      disipar las inquietudes y las nieblas que ofuscaban mi espritu entr en 
      el jardn, donde las flores y los frutos, la verdura y todo el artificio 
      de la Naturaleza entrndose por los ojos dejaban el alma encantada. Y 
      estando consagrado a la contemplacin de este conjunto observ al mismo 
      tiempo al marqus, que se paseaba solo por una gran avenida que divida en 
      dos partes iguales el jardn. Andaba lentamente y con la cabeza pensativa. 
      Mucho me extra a m verle, contra su costumbre, tan maanero; lo cual 
      hizo que con prisa fuese a su encuentro para preguntarle la causa de su 
      madrugada. Me contest l que algunos sueos pesados que haban 
      atormentado su espritu le hicieron bajar al jardn ms temprano que de 
      costumbre, para curarse con la luz del da el dao que le hiciera la 
      sombra de la noche. Yo le confes que una pena parecida me haba impedido 
      a m el dormir, y ya iba a contarle los detalles de mi desvelo; pero 
      apenas haba abierto yo los labios observamos que por un rincn de la 
      empalizada que cruzaba nuestra avenida vena Colignac andando a grandes 
      pasos; apenas nos distingui nos dijo desde lejos: Aqu tenis un hombre 
      que acaba de libertarse de las ms espantosas visiones que sean capaces de 
      dar al traste con el buen juicio. Tan pronto como he podido ponerme mi 
      jubn he bajado para controslo; pero no os encontr ni a uno ni a otro en 
      vuestras habitaciones; por eso he acudido corriendo al jardn, sospechando 
      que en l estarais. Efectivamente, el pobre gentilhombre estaba casi sin 
      alientos. Tan pronto como los recobr nosotros le exhortamos a que se 
      descargase de una cosa que aunque muchas veces es algo muy ligero no deja 
      nunca de pesarnos mucho. Ese es mi propsito -nos replic l-; pero ante 
      todo sentmonos. Un dosel de jazmines nos ofreci al punto la frescura de 
      su aroma y el asiento que necesitbamos. En l nos reunimos, y cuando los 
      tres estbamos ya sentados, Colignac habl de esta manera: Sabris que 
      luego de dos o tres sueos que con mucha zozobra me han hecho pasar la 
      noche, cuando ha estado cerca la aurora he tenido otro en el cual me 
      pareca ver que mi querido husped estaba entre el marqus y yo, que le 
      tenamos estrechamente abrazado; y en esto un gran monstruo negro, todo 
      lleno de cabezas, vino de repente a arrebatrnoslo. Pensaba yo que ira a 
      tirarle en una hoguera que all cerca haban encendido, porque ya le 
      balanceaban sobre las llamas; pero en aquel momento una doncella parecida 
      a la musa Euterpe se tir ante las rodillas de una dama, a quien conjur 
      para que le salvase (esta dama tena el porte y el aspecto con que los 
      pintores suelen dibujar la imagen de la Naturaleza). Apenas esta dama tuvo 
      tiempo de haber escuchado las plegarias de la doncella, cuando llena de 
      asombro exclam: Ay, es uno de mis amigos! En seguida se llev a la 
      boca una especie de cerbatana, y tan fuertemente sopl dentro de su tubo, 
      bajo los pies de mi querido husped, que le hizo subir hasta el Cielo, 
      resguardndole de las crueldades del monstruo de cien cabezas. Mucho 
      tiempo estuve yo gritando tras de l, segn me parece recordar, y le 
      conjur para que no se marchase sin llevarme en su compaa; pero en esto, 
      innumerables ngeles pequeos y rollizos, que se decan hijos de la 
      Aurora, me han elevado hacia el mismo pas por el cual mi amigo pareca 
      volar, y me han hecho ver muchas cosas que no os cuento porque me parecen 
      muy ridculas. Nosotros le suplicamos que no dejase de decrnoslas. 
      Entonces l continu: Imagin que estaba en el Sol y que el Sol era un 
      mundo. Y no hubiese perdido esta ilusin si el ronquido de mi criado al 
      despertarme no me hubiera hecho ver que estaba en la cama. Cuando el 
      marqus vio que Colignac haba terminado, me dijo: Y el vuestro, seor 
      Dyrcona, no lo contis? Al mo -contest yo-, aunque no es de los ms 
      vulgares, no le concedo ninguna importancia. Estoy bilioso y melanclico; 
      por esta razn desde que he regresado a este mundo mis sueos 
      constantemente me han representado cavernas y fuego. En mi niez, cuando 
      dorma, me pareca que habindome vuelto muy ligero suba hasta las nubes 
      para huir de una banda de asesinos que me persegua; pero al trmino de un 
      esfuerzo muy vigoroso y muy largo siempre encontraba alguna muralla, luego 
      de haber saltado por encima de muchas ms, al pie de la cual, rendido de 
      fatiga, llegaban a cogerme; o bien, si en sueos ascenda rectamente hacia 
      lo alto, aunque con los brazos hubiese volado mucho por el Cielo, siempre 
      me encontraba prximo de la tierra, y sin nada que pudiese explicrmelo y 
      sin haberme vuelto pesado ni haberme cansado, mis enemigos con slo tender 
      la mano podan cogerme por el pie y atraerme hacia ellos. Desde que tengo 
      uso de razn siempre he tenido sueos parecidos a stos. Slo que esta 
      noche, despus de haber volado, como acostumbro, mucho tiempo y haber 
      escapado varias veces de mis perseguidores, me ha parecido que por fin les 
      perda de vista y que por un cielo abierto y muy limpio mi cuerpo, libre 
      de su pesadez, prosegua su viaje hasta llegar a un palacio en el cual se 
      fabricaban el calor y la luz. Todava hubiese visto muchas ms cosas; pero 
      mi afn por volar de tal modo me haba aproximado al borde de la cama, que 
      me ca por fin al suelo, dando con el vientre sobre los ladrillos y 
      abriendo mucho los ojos. Este es, seores, contado por encima, el sueo 
      que yo he tenido y que segn creo es tan slo el efecto de esas dos 
      cualidades que en mi temperamento predominan; porque aunque este sueo sea 
      en cierto modo un poco distinto del que con frecuencia suelo tener, pues 
      esta vez he llegado hasta el Cielo sin caerme, creo que este cambio es 
      causa de que la sangre se ha esparcido con la alegra de nuestros placeres 
      de invierno, dilatndose ms de lo que acostumbra. De modo que disipando 
      mi melancola ha quitado a mi cuerpo el peso que le haca caer. Por lo 
      dems, no es sta una ciencia que tenga mucho que estudiar. A fe ma 
      que s! -prosigui Cussan-. Vos tenis razn; esto es una mezcla de todas 
      las cosas que hemos pensado en nuestras veladas, una quimera monstruosa, 
      un confuso amasijo de ideas que la fantasa, que durante el sueo no est 
      gobernada por la razn, nos presenta desordenadamente. Y a pesar de esto 
      nosotros, al interpretarlos, creemos descubrir su verdadero sentido y 
      deducir as de los sueos como de los orculos una ciencia del porvenir; 
      pero sobre mi fe os aseguro que no encuentro entre stos ninguna 
      semejanza, si no es que tanto los unos como los otros no pueden 
      entenderse; Y si queris convenceros, juzgad por el mo, que aunque no es 
      muy extraordinario os indicar el valor de todos los dems. Yo he soado 
      que estaba muy triste; en todas partes encontraba a Drycona y oa cmo nos 
      llamaba. Ahora bien; sin exprimirme mucho el cerebro para hallar la 
      explicacin de esos negros enigmas, os podra decir en dos palabras su 
      misterioso sentido. Y es, os lo digo sobre mi fe, que en Colignac se le 
      agrian mucho los sueos y en cambio en Cussan nosotros intentaremos 
      endulzrselos. Vamos all -me dijo el conde-, puesto que este aguafiestas 
      tanto lo desea. Luego deliberamos si saldramos aquel mismo da. Yo les 
      supliqu que se pusiesen en camino antes que yo, porque si, segn haban 
      acordado, habamos de pasar all un mes, a m me pareca muy bien el 
      llevar algunos libros. Ellos fueron de esta opinin, y luego de haber 
      comido tomaron las de Villadiego. Dios mo! Sin embargo, hice un fardo de 
      volmenes que pens que no estaran en la biblioteca de Cussan, y los 
      cargu en un mulo, y ya eran cerca de las tres cuando me puse en camino, 
      montado sobre rpido corcel. Pero a pesar de serlo tanto, yo iba tan slo 
      al paso a fin de acompaar a mi biblioteca y para halagar el alma con el 
      goce que el paisaje ofreca a mi vista. Mas escuchad una aventura que me 
      sucedi.
           Ya haba andado ms de cuatro leguas cuando me encontr en una 
      comarca que yo crea con certeza haber visto alguna otra vez. En efecto; 
      tanto acuci mi memoria para que me dijese dnde haba yo visto este 
      paisaje, que esta facultad, haciendo que la presencia de los objetos 
      provocase sus imgenes, me ayud tanto que llegu a recordar que tal lugar 
      era precisamente el que yo haba visto en sueos la noche pasada. Este 
      encuentro extrao hubiese fijado mi atencin ms tiempo del que la tuvo 
      suspensa si una visin extraa no me hubiera despertado. Y fue que un 
      espectro (al menos a m me lo pareci) se present ante m, y llegando 
      hasta la mitad de la calzada cogi por la brida a mi caballo. La estatura 
      de este fantasma era enorme, y por lo poco que de sus ojos poda verse se 
      adivinaba que su mirada era ruda y triste. No sabr decir, sin embargo, si 
      su rostro era hermoso o feo, porque un largo manto tejido con hojas de un 
      libro de canto llano le cubra hasta los pies, y el rostro lo traa 
      escondido bajo un mapa, en el que estaban inscritas estas palabras: In 
      principio. stas fueron las primeras que dijo el fantasma, lleno de 
      espanto: Satanus diabolas!: Yo te conjuro en el nombre del gran Dios de 
      los vivos. Al decir estas palabras se qued absorto, y como repitiese 
      muchas veces gran Dios de los vivos y fuese buscando con la mirada 
      perdida a su Pastor para decirle lo que quera, y como el Pastor no se 
      apareciese por ninguna parte, se puso a temblar con tanto espanto que, al 
      dar con tanta violencia diente con diente, la mitad de stos se le cayeron 
      al suelo y las dos terceras partes de las pautas musicales con que iba 
      vestido se le dispersaron como mariposas. Entonces se volvi hacia m, y 
      con una mirada que no era ni dulce ni fiera y que daba muestras de la 
      indecisin de su espritu para resolver si habra de enfadarse o no, me 
      dijo: Pues bien, Satanus diabolas, por la Vernica!, te conjuro en el 
      nombre de Dios y de Monseor San Juan que no te opongas a mi voluntad, 
      pues si te mueves o chistas -el diablo te lleve!- te destripo. Yo le 
      zamarre con las bridas de mi caballo; pero las risas que me sofocaban no 
      me dieron fuerza alguna. Aadid a todo esto que unos cincuenta aldeanos, 
      saliendo de detrs de unos setos avanzaron hacia m andando de rodillas y 
      cantando el Kirie eleison hasta desgaitarse, y cuando ya estuvieron 
      bastante cerca de m, cuatro de los ms robustos, despus de enjugarse las 
      manos en el agua bendita que en una pila a propsito les ofreci el 
      servidor del presbiterio, me cogieron por el cuello. An no haba sido 
      detenido cuando vi aparecer al Monseor San Juan, el cual me tir 
      devotamente su estola, con la cual me agarrot; seguidamente una horda de 
      mujeres y nios a pesar de mi resistencia, me cosieron dentro de un gran 
      lienzo, y con tan gran arte me metieron en l que slo se me vea la 
      cabeza. De esta guisa me llevaron hasta Tolosa como si me llevasen a 
      presencia del monumento. Ya uno exclamaba que si no me hubieran prendido 
      habra sido ao de hambres, porque en el momento en que me encontraron ya 
      iba yo seguramente a hechizar los trigos; otro se quejaba de que la peste 
      haba empezado en su rebao precisamente el domingo, porque al salir de 
      vsperas yo le haba golpeado a l en la espalda. Y a pesar de estos 
      desastres mos, vino a consolarme, provocndome la risa, un grito lleno de 
      espanto que una doncella aldeana haba dado llamando a su novio; tambin 
      gritaba el fantasma que antes haba cogido a mi caballo por la brida. El 
      novio de la muchacha, que era tambin un villano, haba montado a 
      horcajadas sobre mi caballo, y ya, como si fuese suyo, lo espoleaba con 
      los talones con muy buena traza: Miserable! -gema su novia-. Es que 
      ests ciego? No ves t que el caballo del mago es ms negro que el carbn 
      y que es un diablo en persona que ha de llevarte al aquelarre? Nuestro 
      patn, espantado, vino a dar con su cuerpo en el suelo, por encima de la 
      grupa. Con lo cual mi caballo se sinti rey del campo. Luego los aldeanos 
      discutieron si se apoderaran del mulo, y resolvieron que s; pero al 
      abrir el paquete, y como topasen con el primer volumen, que era la Fsica 
      de Descartes, cuando vieron todos los crculos con los cuales este 
      filsofo ha distinguido el movimiento de cada planeta, todos unnimemente 
      proclamaron con un alarido que estos crculos no eran otra cosa sino los 
      signos mgicos que yo usaba para llamar a Belceb. Entonces, el que tena 
      el libro lo dej caer lleno de escrpulos, con tanta desgracia que se 
      abri precisamente por una pgina en la que se explican las virtudes del 
      imn; y he dicho por desgracia porque en el sitio de que yo hablo hay una 
      estampa de esta piedra metlica, en la cual estampa los cuerpos que se 
      desprenden de su masa para atraer al hierro son representados como brazos. 
      Tan pronto como uno de esos villanos lo vio lo o decir hasta desgaitarse 
      que eso no era sino el cangrejo que haban encontrado en la cuadra de su 
      primo Berlina cuando sus caballos se murieron. Al or estas palabras, los 
      ms enardecidos se guardaron las manos en su seno.
           Monseor Juan gritaba a ms y mejor, por su parte, que todos llevasen 
      mucho cuidado en tocar nada; que todos esos libros no eran ms que enredos 
      de magia y que el mulo era un verdadero Satn. La canalla, llena de 
      espanto por estas razones, dej que el mulo se fuese en buena hora. Yo 
      todava vi a Mathurine, la criada del seor cura, que persegua a ste 
      llevndole hacia el presbiterio, temiendo que fuese hasta el camposanto a 
      profanar la hierba de las sepulturas.
           Ya eran las siete de la tarde cuando llegamos a una aldea, donde para 
      refrescarme me metieron en un calabozo. El lector no querr creerme si yo 
      le digo que me enterraron en un agujero, y, sin embargo, es verdad: tanto 
      que, con meterme en l, con un solo salto pude darme cuenta de toda su 
      extensin. Realmente no habra nadie que vindome en este sitio no me 
      creyese una vela encendida sobre una ventosa. En seguida que mi carcelero 
      me meti en esta caverna, yo le dije: Si me dais este vestido de piedra 
      para que me sirva de traje os confieso que me est muy largo; si es una 
      tumba, resulta demasiado estrecha. Aqu los das no pueden contarse porque 
      son eterna noche; de los cinco sentidos no puedo usar ms que dos: el 
      tacto y el olfato. Uno ha de servirme para poder palpar mi encierro, otro 
      para percibir sus olores. Verdaderamente os confieso que, me creera un 
      condenado si no supiese que los inocentes no tienen cabida en el 
infierno.
           Al orme pronunciar la palabra inocente, mi carcelero se ech a rer: 
      A fe ma -dijo- que no lo dudo, y ello me asegura que sois un buen 
      pjaro. Porque yo nunca he tenido en mis manos ms que inocentes. Despus 
      de otras cortesas por el estilo, el buen hombre empez a registrarme, sin 
      que yo supiese con qu propsito lo haca; pero por la diligencia que 
      emple en ello sospecho si sera por mi bien. Como estos registros 
      resultasen intiles porque durante la batalla de Diabolas yo haba dejado 
      resbalar mi dinero desde mis bolsillo hasta las calzas, y como al cabo de 
      una anatoma muy escrupulosa, mi carcelero se encontrase con las manos tan 
      vacas como antes del registro, falt poco para que yo muriese de temor y 
      l del dolor de su desengao. Diantre! -exclam l con la espuma en la 
      boca: -Ahora acabo de convencerme de que sois un hechicero. Sois ms 
      bribn que el mismo Demonio. Andad, andad, amigo mo, ya podis poneros a 
      pensar en hora buena en vuestra conciencia! Apenas hubo dicho estas 
      razones cuando o yo el repiqueteo de un manojo de llaves, entre las 
      cuales buscaba la de mi calabozo. Estaba l vuelto de espaldas, y 
      aprovechando esta circunstancia y con el miedo de que tomase venganza 
      sobre m de la mala suerte de su registro, saqu diestramente de mi calza 
      tres escudos y le dije: Seor carcelero, he aqu un escudo; os suplico 
      que me traigis algo de comer, porque no lo he hecho en once horas. l 
      recibi el escudo con mucho donaire y me dijo que mi mala suerte le 
      afliga. Como yo viese que su corazn se ablandaba, le repliqu: He aqu 
      otro escudo como agradecimiento a las molestias que estoy pesaroso de 
      causarle. l abri mucho sus odos, su corazn y sus manos, y yo le 
      repliqu, entregndole el tercer escudo, que le suplicaba pusiese cerca de 
      m a uno de sus mozos para que me hiciese compaa, porque los desdichados 
      siempre temen la soledad.
           Maravillado por mi largueza me prometi todo lo que le peda, y 
      postrndose ante mis rodillas declam contra la justicia, dicindome que 
      ya comprenda l que yo deba tener muchos enemigos, pero que a pesar de 
      todo saldra felizmente de mis penas, que tuviese mucho valor y que por lo 
      dems l procurara que antes de tres das se olvidasen lo que se 
      consideraban torpezas mas. Yo le agradec mucho sus cortesas, y luego de 
      mil abrazos, que no pareca sino que iba a estrangularme, este buen amigo 
      cerr y dio vuelta al cerrojo de mi puerta.
           Yo me qued enteramente solo, lleno de melancola y con el cuerpo 
      ovillado sobre un montn de paja molida; pero no tan menudamente que les 
      impidiese a ms de cincuenta ratas desmenuzarla en ms pequeas briznas. 
      La bveda, las murallas y el suelo de mi calabozo estaban formados por 
      seis bloques de piedra, de tal modo que la Muerte se me apareca por 
      encima, por debajo y por alrededor de m como si estuviese en una tumba; 
      as que no poda creer sino que aquello era mi entierro. La baba fra de 
      los caracoles y el seroso veneno de los escorpiones se me resbalaba por la 
      cara; las pulgas tenan sus aguijones ms largos que el cuerpo. Tambin la 
      piedra me acongojaba y me haca tanto dao como si fuese mal de piedra 
      interior; finalmente, creo que para ser Job no me faltaba ms que una 
      mujer y una cazuela rota.
           Con la atencin que prestaba a mis penas fui pasando la dureza de 
      estas tres horas, cuando de pronto el ruido de unas gruesas llaves, unido 
      al que hacan los cerrojos de mi puerta, vino a distraerme de la atencin 
      que prestaba a mis males. En seguida que o este alboroto vi, a la luz de 
      una lmpara, a un enorme villano. Me dej entre las piernas un lebrillo 
      que llevaba: Vamos, vamos -me dijo-, no estaris descontento; he aqu 
      buen potaje de col, que si fuese... Como veis, es buena sopa de seorones; 
      y adems, como, a fe ma, que deca el otro, no le han quitado ni una gota 
      de grasa... En diciendo esto, meti sus cinco dedos hasta el fondo de la 
      escudilla y me invit a que hiciese lo mismo. Yo procur ser buen 
      discpulo para no desengaar a tan esclarecido maestro. Y l, dndome, con 
      una mirada, la licenciatura, de tan difcil arte, exclam: Voto al 
      chpiro! Sois un acabado maestro y un buen compadre! Dicen que tenis 
      muchos envidiosos: diantre!, pues son unos bellacos. Que vengan, que 
      vengan y vern quin es el bellaco! Bah!, no est mal, no est mal; 
      siempre hay buenos pcaros, Dios, buenos pcaros chismosos. Esta 
      ingenuidad me hinch tres o cuatro veces la garganta con muchas ganas de 
      rer; pero tuve la fortuna de poder contenerme. Yo vea que la fortuna 
      pareca ofrecerme una ocasin para libertarme si me aprovechaba de este 
      bribn; por ello tena mucho inters en lisonjearle y aplaudirle las 
      gracias. Pues si no me salvaba l yo no podra escaparme por ningn sitio, 
      ya que el arquitecto que hizo mi prisin aunque hizo muchas entradas, no 
      se acord de hacer ninguna salida. Todos estos pensamientos hicieron que 
      para sondearle le hablase de esta manera: T eres pobre, no es verdad, 
      amigo mo? Ay, seor -me contest el rstico-, ni que fueseis adivino 
      hubieseis puesto el dedo ms encima de la llaga. Bueno; pues mira -le 
      repliqu-, toma este escudo.
           Sent su mano tan temblorosa cuando se la cog con la ma, que apenas 
      poda l cerrarla; esto me pareci un mal augurio; sin embargo, pronto 
      pude comprender, por el fervor que en sus agradecimientos mostraba, que 
      tan slo temblaba de alegra. Este convencimiento hizo que yo prosiguiese 
      de esta manera: Yo, si t fueses hombre capaz de querer participar en el 
      cumplimiento de un voto que tengo hecho, adems de la devocin de mi alma, 
      te dara veinte escudos que seran tan tuyos como lo es tu sombrero; 
      porque sabrs que no hace una hora, ni casi un minuto, cuando antes de 
      llegar t se me ha aparecido un ngel y me ha prometido demostrar la 
      justicia de mi causa con tal de yo vaya maana a hacer decir una misa en 
      la iglesia de Nuestra Seora, de esta aldea, en el altar mayor. Yo he 
      querido disculparme pretextando que estaba encarcelado demasiado 
      estrechamente; pero l me contest que vendra un hombre de parte de mi 
      carcelero para acompaarme y que a este hombre yo no tena ms sino 
      pedirle de su parte que me llevase a la iglesia y me volviese a la crcel; 
      que yo le pidiese que me guardase el secreto y me obedeciese sin rplica, 
      pues si se negaba a hacerlo l le castigara a morir dentro de un ao. Y 
      que si con todo esto el enviado del carcelero dudaba, le dijese yo que por 
      sus apariencias era de la Cofrada del Escapulario. Ya sabr el lector 
      que antes de esto haba visto por la abertura de su camisa un escapulario 
      que me sugiri toda la trama y el enredo de esta aparicin. Pues s, 
      seor, vaya que s, seor mo; he de hacer todo lo que el ngel me manda. 
      Pero es preciso que sea a las nueve, porque nuestro amo estar entonces en 
      Tolosa, en las bodas de la hija del verdugo. Diablos, sabed que el verdugo 
      es todo un seorn. Se dice que ella al casarse heredar de su padre ms 
      escudos que vale un reinado. Adems es bella y rica; pero estas joyas no 
      suelen ser para los mozos pobres. Diablo, mi buen seor, es necesario que 
      vos sepis... Cuando lleg a este punto no pude yo dejar de 
      interrumpirle, porque presenta que con estas discusiones no llegaramos 
      ms que a ensartar muchos despropsitos; as es que cuando ya hubimos 
      convenido nuestra fuga, el rstico me abandon. Al da siguiente, en el 
      punto y la hora convenidos, vino para libertarme. Yo dej mis ropas en el 
      calabozo y me vest con guiapos, como lo habamos convenido la vspera, a 
      fin de que nadie pudiese conocerme. En cuanto estuvimos en la calle le di 
      los veinte escudos que le tena prometidos. l los mir durante mucho 
      tiempo y con unos ojos muy abiertos. Son de oro, y oro de quilates, le 
      dije yo, dndole mi palabra. Vamos, seor -me replic l-, no es esto lo 
      que yo sueo, sino en que la casa del gran duque Mac est por vender, con 
      su cercado y su via. Yo la conseguira por doscientos francos. Ahora 
      bien; todava se tardar ocho das en sacarla a subasta, y quisiera 
      rogaros, muy seor mo, que si no os causaba gran molestia procuraseis que 
      mientras el gran Mac no tenga bien contados vuestros escudos en la guarda 
      de su alcanca no se conviertan stos en hojas de encina. La ingenuidad 
      de este granuja me hizo rer. Sin embargo, continuamos nuestro camino 
      hacia la iglesia, adonde por fin llegamos. Algn tiempo despus se empez 
      la misa mayor, y en cuanto vi que mi guardin se levantaba, en el momento 
      de la ofrenda, en tres saltos sal de la nave, y en otros tres me perd 
      por una de las callejas ms solitarias. Entre todos los pensamientos 
      diversos que agitaban mi espritu en este instante, el que ms determin 
      mi voluntad fue el de seguir el camino de Tolosa, ciudad de la cual esta 
      aldea apenas si distaba una media legua; y me encamin hacia all con el 
      propsito de tomar all posada. Llegu bastante temprano a las afueras de 
      Tolosa; pero tanto me avergonc al ver que la gente me miraba, que perd 
      toda firmeza. La causa del asombro de las gentes era mi indumento, porque 
      como en achaques de miseria yo estaba bastante poco diestro, haba 
      dispuesto mis harapos con tan disparatado orden, y andaba con unas trazas 
      tan poco adecuadas a mi vestimenta, que pareca ms bien una mscara que 
      un pobre. Adems andaba de prisa, con la vista baja y sin pedir limosna. 
      Finalmente, pensando que una atencin tan divulgada vendra a acarrearme 
      perjuicios, me sobrepuse a mi vergenza, y tan pronto como alguien me 
      miraba, yo le tenda la mano pidindole una caridad. Acab por pedirla 
      hasta a los que no me miraban. Pero he aqu como queriendo mostrarnos a 
      veces demasiado discretos en la colaboracin que por nuestra parte 
      queremos prestar a los destinos de la Fortuna venimos en ofender el 
      orgullo de esta diosa. Hago esta reflexin pensando en la aventura que me 
      sucedi. Y es que habiendo reparado en un hombre vestido como un mediano 
      burgus y que estaba vuelto de espaldas a m, me acerqu a l y, tirndole 
      de la capa, le dije: Seor, si la compasin puede enternecer... Y aun no 
      haba pronunciado la palabra que iba a seguir a sta, cuando el hombre 
      volvi la cabeza. Santo Dios! Qu ocurri entonces? Dios mo! Qu es 
      lo que pas por m? Este hombre era mi carcelero. Los dos nos quedamos 
      suspensos y absortos al vernos en tan extrao lugar. l no tena ojos sino 
      para mirarme, y yo tena todos los mos en l clavados. As estuvimos 
      hasta que el mutuo inters nos sac a los dos del xtasis en que nos 
      habamos sumido. Ay, qu miserable es mi suerte -exclam el carcelero-; 
      ahora me van a descubrir! Esta frase quejosa me inspir en seguida la 
      estratagema que voy a contaros. Ah! Seores, justicia, justicia, 
      cogedle! -empec a gritar, dando grandes chillidos-. Ladrones! Este 
      ladrn ha robado las joyas a la condesa de Mousseaux; un ao hace que le 
      buscaba. Cien escudos a quien le coja! Apenas haba lanzado estos gritos 
      cuando una numerosa canalla se abalanz sobre este pobre asombrado. El 
      espanto en que le sumi mi extraordinaria imprudencia, junto a la idea que 
      l tena de que sin haberme ayudado el mismo Demonio, penetrando las 
      paredes de mi crcel sin agujerearlas, yo no poda haberme salvado, le 
      afligi de tal modo que durante mucho tiempo estuvo como fuera de s; por 
      fin, mal que bien se repuso, y las primeras palabras que dijo al 
      populacho, para disuadirle, fue que llevasen cuidado en equivocarse porque 
      l era un hombre de bien. Indudablemente iba a descubrir con esto todo el 
      engao; pero una docena de verduleras, de lacayos y de postillones, 
      deseosos de servirme para cobrar el dinero que yo les ofreca, le cerraron 
      la boca a puetazos, y como pensaban que la recompensa sera tanto mayor 
      cuanto ms ultrajes e insultos infiriesen a la debilidad de este pobre 
      engaado, cada uno procuraba darle ya un puntapi, ya una bofetada. Vaya 
      un hombre de honor! -exclamaba esta canalla-. Tanto honor como dice que 
      tiene, y en cuanto ha visto a este caballero en seguida ha dicho que 
      estaba perdido. Y lo bueno de la comedia era que como el carcelero iba 
      vestido con traje de fiesta, tena miedo de confesarse mayordomo de la 
      boda del verdugo, y tema que si se descubra esta circunstancia todava 
      le apalearan ms. Yo por mi parte, aprovechando la confusin de la 
      algazara me di a la fuga; dej a mis piernas en libertad y pronto ellas me 
      pusieron en salvo. Pero, por mi desgracia, el que todo el mundo me 
      volviese a mirar me sumi en mis primeras alarmas; de tal modo que si por 
      ventura el espectculo de mis mil harapos, que como una danza de 
      pordioseros bailaba a mi alrededor, excitaba en cualquier boquiabierto el 
      deseo de mirarme, en seguida tema que leyese en mi frente que yo era un 
      prisionero fugado. Si un transente sacaba la mano de debajo de su capa, 
      en seguida me figuraba que era un corchete que alargaba el brazo para 
      detenerme. Si vea a otro que me dejaba la acera sin mirarme a los ojos, 
      tena ya por seguro que finga no haberme visto para atraparme por la 
      espalda. Si vea a un mercader que entraba en la tienda, me deca: va a 
      descolgar su alabarda. Si vea un lugar de la calle con ms gente que de 
      costumbre, pensaba: tanta gente no se ha reunido ah sin ninguna mala 
      intencin. Si, en cambio, en otro sitio, no encontraba a nadie, pensaba: 
      aqu me acechan. Cuando cualquier estorbo se opona a mi paso, me deca: 
      han hecho barricadas en las calles para cogerme en un cepo. Finalmente, 
      como el miedo llegase a ofuscarme la razn, ya cada hombre me pareca un 
      arquero, cada palabra un deteneos! y cada ruido el insoportable 
      graznido de cerrojos de mi antigua prisin. As trabajado por este terror 
      me determin a seguir pordioseando para cruzar, sin dar origen a 
      sospechas, lo que me quedaba por andar desde la ciudad hasta las puertas 
      de su muralla. Pero de miedo a que me reconociesen por la voz, aad a la 
      maa de mostrarme mendigo la habilidad de fingirme mudo. Con lo cual me 
      adelantaba hacia quienes yo vea que me miraban, me sealaba con la punta 
      del dedo la barba, luego la boca y abra sta bostezando y profiriendo un 
      grito no articulado para dar a entender con mi mueca que un mudo peda 
      limosna. Y ya se me daba por caridad alguna limosna, ya senta que me 
      deslizaban en la mano un mendrugo, o bien oa cmo las mujeres murmuraban 
      que en Turqua quiz hubiese sido martirizado por la Fe del modo que lo 
      estaba. Finalmente llegu a comprender que la pordiosera es un gran libro 
      que nos ensea las costumbres de los pueblos con ms baratura que todos 
      los grandes viajes de Coln y de Magallanes.
           Por lo dems, esta estratagema no pudo evitar la tornadiza condicin 
      de mi destino ni evitar sus malos antojos para conmigo. Pero a qu otra 
      maa pudiera yo haber recurrido? Porque al atravesar una grande ciudad 
      como Tolosa, donde mi retrato era conocido hasta por los vendedores de 
      arenques, y abigarradamente vestido con tan incoherentes guiapos que casi 
      pareca un arlequn, no era lo ms fcil que fuese observado por todos y 
      reconocido luego, y la nica defensa contra este peligro no era el 
      fingirme un pordiosero, papel que se hace con tan gran variedad de gestos? 
      Adems, aunque esta astucia no la hubisemos dispuesto con todas las 
      circunstancias que eran necesarias al caso, creo que entre tan funestas 
      conjeturas se necesitaba tener el juicio muy recio para no volverse loco.
           Iba yo pensando en esto y haciendo mi camino, cuando de pronto me vi 
      obligado a retroceder en l porque mi venerable carcelero y alguna docena 
      de arqueros conocidos suyos, que le haban libertado de las manos de la 
      gentuza, se haban amotinado, y patrullando por toda la ciudad para 
      encontrarme, por mi desgracia vinieron todos ellos a reunirse sobre mis 
      pasos. En cuanto me vieron con sus ojos de lince, echar ellos a correr con 
      todas sus fuerzas y yo a volar con todas las mas, fue todo una misma 
      cosa. Con tanta ligereza andaban mis perseguidores que algunas veces mi 
      libertad senta sobre mi cuello el aliento de los tiranos que queran 
      oprimirla; pero pareca que el aire que stos empujaban al correr tras de 
      m todava me ayudaba a aventajarlos. Por fin el Cielo, o mi temor, me 
      dieron cuatro o cinco callejuelas de ventaja. Aqu fue el perder mis 
      perseguidores sus alientos y sus maas, y yo la vista y el estrpito de 
      esta importuna canalla. Es indudable que el que nunca se vio por semejante 
      mal afligido ni pas tales agonas no puede apreciar la alegra que me 
      embarg cuando ya me vi libre. Con todo, como mi libertad exiga todo mi 
      cuidado, resolv avaramente no perder ningn minuto de los que tena el 
      tiempo que ellos empleaban para alcanzarme. Me embadurn la cara, me 
      ensuci de polvo el pelo, me despoj de mi jubn, me dej caer las calzas, 
      y tir mi chapeo en un sumidero; con esto y con tender mi pauelo en el 
      suelo, sujetndolo con cuatro piedras que puse en sus cuatro puntas como 
      lo hacen los enfermos de peste, me tend de bruces en el suelo, y con voz 
      tristsima me puse a gemir muy blandamente. Apenas hube hecho esto, 
      cuando, mucho antes de or el ruido de sus pies, o los gritos de aquella 
      ronca turbamulta de arqueros; pero yo tuve todava bastante juicio para 
      quedarme quieto en la misma postura, con la esperanza de que no me 
      reconocieran, como as sucedi; porque como todos me tomasen por un 
      apestado pasaron rpidamente, taponndose las narices; y aun casi todos 
      ellos me tiraban un maraved en el pauelo.
           Cuando merced a esta traza la tormenta hubo pasado, me intern por 
      una alameda, y volvindome a vestir con mis ropas me abandon otra vez a 
      la fortuna; pero tanto haba yo corrido que ella se fatig de seguirme. Es 
      necesario pensarlo as, porque con el mucho andar por calles y callejas y 
      atravesar y cruzar plazas, esta diosa gloriosa, que no est acostumbrada a 
      andar tan de prisa, para perderme ms en mi camino me dej caer ciegamente 
      en manos de los arqueros que me perseguan. Al encontrarme, lanzaron un 
      grito tan furioso y aterrador que me qued sordo. Ellos, creyendo no tener 
      bastantes brazos para detenerme, se valan de los dientes y aun con esto 
      parecan no estar seguros de retenerme; as, unos me cogan por los pelos, 
      otros por el cuello, y los que estaban menos enardecidos me registraban. 
      El fruto de este registro fue ms feliz que el de mi prisin, pues en l 
      se toparon con el resto de mi oro.
           Mientras estos piadosos mdicos se afanaban curando la hidropesa de 
      mi bolsa, se oy un grande barullo, y en toda la plaza resonaban estas 
      palabras: Matadlos, matadlos!, y al mismo tiempo vi brillar espadas. 
      Los seores que me tenan preso exclamaron que estas gentes que llegaban 
      no eran sino los arqueros del gran preboste, que queran arrebatarles su 
      caza. Pero llevad cuidado -me dijeron ellos, que todava me apretaban ms 
      de lo que acostumbraban-, llevad cuidado de caer entre sus manos, pues os 
      condenaran en veinticuatro horas y ni el mismo rey os podra salvar. A 
      pesar de esto, y habindose asustado de la batalla que ya consideraban 
      prxima, me abandonaron tan totalmente que me qued solo en medio de la 
      calle, mientras los nuevos agresores iban haciendo una carnicera de 
      cuanto a su paso encontraban. A vosotros dejo el pensar cmo no tomara yo 
      la carrera de mi fuga, puesto que tena que temer tanto a los de un bando 
      como a los del otro. En poco tiempo me alej del tumulto, y cuando ya iba 
      a preguntar por el camino de la puerta, un torrente de gentes que huan de 
      la refriega desemboc en mi calle. No pudiendo oponerme a la corriente de 
      la muchedumbre determin seguirla; y ya fatigado por andar durante tanto 
      tiempo, top al final con una puertecilla muy obscura, en la que me 
      intern en revuelta confusin con otros de los que huan. Una vez dentro 
      atrancamos las puertas, y luego que todo el mundo recobr el aliento, uno 
      de ellos dijo: Camaradas, si vos me creis, cerremos los dos postigos y 
      hagmonos fuertes en el patio. Estas espantosas palabras hirieron mis 
      odos con tan agudo dolor que cre caer muerto en la plaza. Ay de m! 
      Luego me di cuenta de que en vez de salvarme en un asilo, como yo crea, 
      me haba metido sin darme cuenta en una prisin, pues era imposible 
      escapar de la vigilancia de sus vigilantes. En seguida, contemplando ms 
      atentamente al hombre que me haba hablado, le reconoc y vi que era uno 
      de los arqueros que durante tan largo camino me haban perseguido. 
      Entonces un sudor fro me brot de la frente, me puse muy plido y casi 
      estuve a punto de desvanecerme. Al verme tan plido, todos, estremecidos 
      de compasin, fueron a pedir agua y se acercaron luego para socorrerme; 
      por desdicha ma, el maldito arquero fue de los ms prestos, y as que 
      hubo puesto en m sus ojos me reconoci. Hizo una sea a sus compaeros, y 
      en seguida me saludaron todos con estas palabras: Os hacemos prisionero 
      en nombre del rey. Dichas las cuales, y sin ninguna otra ceremonia, qued 
      encarcelado.
           Permanec en un calabozo subterrneo hasta la tarde, en que todos los 
      carceleros, uno tras otro, vinieron a verme para que, haciendo una 
      escrupulosa diseccin de todas las partes de mi rostro, se les quedase 
      ste grabado en el lienzo de su memoria.
           Ya a las siete sonadas, el ruido de un gran llavero dio la seal de 
      retreta; se me pregunt si quera que me condujesen a un calabozo de pago 
      que costaba un escudo; yo contest que s inclinando la cabeza. Pues 
      venga el dinero!, me replic el carcelero. Comprend yo entonces que 
      estaba en un sitio donde tendra que soltar muchos ms escudos, y por ello 
      le rogu que si su cortesa no le permita resolverse a abrirme un crdito 
      hasta el da siguiente, le dijese de mi parte al calabocero que me 
      devolviesen los escudos que me haban cogido. A fe ma -me contest este 
      tunante-, nuestro calabocero tiene demasiado corazn para devolver nada a 
      nadie. O es que por vuestras hermosas narices...? Bah!, vamos, vamos a 
      los calabozos subterrneos. En diciendo estas palabras me indic el 
      camino con un golpe sonoro de su llavero, cuya pesadez me hizo caer y 
      resbalarme de arriba abajo desde una altura obscura hasta el pie de una 
      puerta que vino a detenerme; y no hubiese advertido que este obstculo de 
      mi cada era en efecto una puerta, sin el estropicio de mi tropezn, pues 
      al toparla con la cabeza advert lo que no pude ver con los ojos, que se 
      me haban quedado en lo ms alto de la escalera prendidos de una antorcha 
      que sostena, ochenta escalones ms arriba, el verdugo de mi carcelero. En 
      efecto, este tigre de hombre fue bajando pian piano y despus abri 
      treinta enormes cerraduras, destranc otras tantas barras, y dejando la 
      celda apenas entreabierta, con un rodillazo me empuj hasta aquella fosa, 
      cuyo espantoso aspecto apenas tuve tiempo de contemplar, pues en seguida 
      que yo entr cerr tras s la puerta. Aqu qued hundido en el cieno hasta 
      las rodillas, y si alguna vez quera separarme un poco me hunda hasta la 
      cintura. El cloqueo terrible de los sapos que chapoteaban en este cieno 
      vena a hacer que no lamentase mi sordera; senta que los lagartos se me 
      suban por las piernas; que las culebras se me enroscaban al cuello, y a 
      la luz de sus pupilas centelleantes pude entrever que una de stas sacaba 
      de negra garganta venenosa una lengua de tres puntas, dardeante, y cuyo 
      brusco movimiento la haca parecerse a un rayo encendido por el fuego de 
      sus ojos.
           Contaros muchas ms cosas ya no puedo: estn por encima de toda 
      imaginacin y ni siquiera yo pretendo acordarme, porque temo que si las 
      rememoro la certeza de estar ya libre de mi prisin, que segn creo puedo 
      tener, se torne un sueo del que vaya a despertar. Ya la aguja del 
      cuadrante de la gran torre marcaba las diez y an no haba venido nadie a 
      llamar a la puerta de mi tumba; pero poco despus, y cuando ya el dolor de 
      mi amarga tristeza comenzaba a estrecharme el corazn y a desordenar ese 
      armonioso equilibrio que da la vida, o una voz que me invitaba a cogerme 
      de una prtiga que se me enseaba. Luego que durante bastante tiempo y en 
      la obscuridad fui tentando el aire, top por fin con un extremo de esa 
      prtiga y me abrac a ella con toda la emocin de mi alma. Entonces mi 
      calabocero, cobrndola por el otro extremo, me pesc de en medio de este 
      pantano. Yo sospech que mis asuntos haban tomado otra fase, pues me hizo 
      profundas cortesas, me habl con la cabeza descubierta y me dijo que 
      cinco o seis personas de alta condicin me esperaban en el patio para 
      verme. Y hasta la bestia salvaje que me haba encerrado en la cueva que os 
      he descrito se atrevi a abordarme, e hincando una rodilla en tierra y 
      besndome las manos, con una de sus patas fue quitndome los caracoles que 
      se haban enredado en mis cabellos y con la otra hizo caer un montn de 
      sanguijuelas que estaban incrustadas en mi rostro.
           Despus de esta admirable cortesa me dijo: Al menos, mi buen seor, 
      os acordaris de los cuidados con que os ha asistido este simple 
      Nicolasn. Pardiez, voto al chpiro! Ni que hubieseis sido el rey!, eh? 
      No es que quiera quitaros mritos, vaya!, pero pardiez!..., si me lo 
      agradecieseis...
           Encolerizado por la desvergenza de este bribn le indiqu con un 
      gesto que no dejara de acordarme. Y dando mil rodeos espantosos llegu 
      por fin a la luz y luego al patio, en el cual, tan pronto como entr, dos 
      hombres me cogieron; no pude yo conocerlos porque se abrazaron a m 
      rpidamente, y uno y otro tenan su cara pegada a la ma. Mucho tiempo 
      estuve as sin conocerlos; pero como ellos diesen una corta tregua a los 
      arrebatos de su amistad, pude ver que eran mi querido amigo Colignac y el 
      generoso marqus. Colignac tena el brazo en cabestrillo, y Cussan fue el 
      primero que sali de su xtasis. Ay! -dijo-, nunca hubisemos sospechado 
      tan gran desastre si vuestro corcel y vuestro mulo no hubieran llegado 
      esta noche a las puertas de mi castillo; su ante pechera, sus cinchas y 
      sus gruperas estaban completamente rotas, y esto nos hizo sospechar que 
      alguna desgracia os habra sobrevenido; en seguida hemos montado a 
      caballo, y aun no habamos andado tres o cuatro leguas hacia Colignac, 
      cuando los aldeanos, emocionados por este accidente, nos han dado detalles 
      de sus circunstancias. Al galope tendido nos hemos llegado hasta la aldea 
      en donde vos estabais prisionero; pero como all nos entersemos de 
      vuestra evasin, guiados por el rumor muy divulgado de que os habais ido 
      camino de Tolosa, con las gentes que se nos han allegado hemos venido 
      hasta aqu a galope tendido. El primero a quien hemos pedido noticias 
      vuestras nos dijo que de nuevo habais sido detenido. En seguida hemos 
      arreado hacia aqu nuestros caballos; pero otras gentes nos aseguraron que 
      os habais escapado de las manos de los corchetes; como bamos adelantando 
      camino, los aldeanos se decan unos a otros que os habais vuelto 
      invisible; por fin, y a fuerza de preguntar, hemos logrado saber que 
      despus de haberos prendido y vos escapado, y haberos vuelto a prender no 
      s cuntas veces, os haban conducido a la prisin de la Gran Torre. Con 
      esto fuimos a salir al encuentro de los arqueros, y con una dicha ms 
      aparente que verdadera los hemos encontrado por fin, combatiendo primero y 
      luego puestos en fuga. Pero nada hemos podido averiguar con las noticias 
      que de vos nos han dado los heridos, ni hemos sabido qu es lo que os 
      haba sucedido, hasta que esta maana nos han dicho que vos mismo, 
      ciegamente, habais venido a poneros en salvo en esta prisin. Colignac ha 
      sido herido en algunas partes, pero muy ligeramente. Hablando ya de otra 
      cosa, nosotros acabamos de dar orden de que seis alojado en la mejor 
      celda de aqu. Como vos amis mucho el aire libre, hemos mandado que os 
      amueblen, para vos solo, una habitacin situada en lo ms alto de la 
      torre, para que as la terraza os sirva de balcn; de modo que, aunque 
      tengis el cuerpo prisionero, tendris los ojos en libertad. Ay, mi 
      querido Dyrcona -exclam entonces el conde tomando la palabra-, cuntas 
      desdichas por no haberte llevado con nosotros cuando salimos de Colignac! 
      El corazn, con no s qu ciega tristeza, cuya causa yo ignoraba, me 
      predeca algo espantoso; pero no importa, yo tengo buenos amigos, t eres 
      inocente, y en todo caso yo s muy bien cmo se muere gloriosamente. Tan 
      slo una cosa me desespera, y es que el bribn al cual yo quera dar los 
      primeros golpes de mi venganza (ya sospechars que me refiero a mi cura) 
      no puede ya recibirlos: el miserable acaba de entregar su alma a Dios. He 
      aqu detalles de su muerte. Iba corriendo con su servidor para encerrar a 
      tu corcel en su cuadra, cuando este caballo, que posee una fidelidad acaso 
      aumentada por las secretas luces de su instinto, lleno de fogosidad se 
      puso a galopar, y con tanta furia y xito lo hizo que con tres coces que 
      dieron al traste con la cabeza de ese bufn dej vacante su prebenda. T 
      no comprenders acaso las causas del odio que me tena este insensato, mas 
      yo te las voy a descubrir. Sepas, ante todo, para empezar la historia por 
      sus comienzos, que este santo varn, normando de nacimiento y enredador de 
      oficio, que desbeneficiaba con el dinero de los peregrinos una capilla 
      abandonada, puso sus miras sobre el curato de Colignac, y a pesar de mis 
      esfuerzos para mantener al que lo gozaba en el derecho que le asista, el 
      muy pcaro se mostr tan meloso con sus jueces que por fin y muy a nuestro 
      pesar fue nuestro pastor.
           Al cabo de un ao tuvo conmigo un pleito para hacer que yo pagase el 
      diezmo. Por ms que se le demostr que desde tiempo inmemorial mi tierra 
      estaba libre de ese tributo, quiso seguir su proceso y lo perdi al fin; 
      pero en el curso del pleito promovi tantos incidentes, que, a fuerza de 
      intrigas, ms de veinte pleitos han salido de esos incidentes; pleitos que 
      ahora quedarn abandonados gracias a que la herradura del caballo ha sido 
      ms dura que el cerebro de monseor Juan. He aqu lo que segn mis 
      conjeturas es causa del vrtigo de odio que senta nuestro pastor. Mas 
      ahora admiraos del celo que pona en la ejecucin de su rabia. Me acaban 
      de asegurar que como se metiese en la cabeza la mana de encarcelaros, 
      haba pedido la permuta de su curato con otro curato de su pas, al cual 
      esperaba retirarse tan pronto como vos quedaseis preso. Su mismo servidor 
      ha dicho que al ver a tu caballo cerca de la cuadra haba odo decir a su 
      amo que ese caballo le servira muy bien para marcharse a algn lugar en 
      el cual no podramos encontrarle.
           Luego de todas estas razones, Colignac me advirti que desconfiase de 
      los ofrecimientos y las visitas que tal vez me hiciese un seor muy 
      poderoso cuyo nombre me declar; que este seor era el que haba puesto 
      toda la influencia necesaria para que monseor Juan obtuviese el 
      beneficiado que pretenda y que ahora haba tomado mi asunto por su cuenta 
      para pagar con su inters los servicios que el buen prroco, desde que se 
      haba hecho pedante, haba prestado en el colegio a un su hijo. Por lo 
      dems -continu Colignac-, como no es posible pleitear sin encono y sin 
      que quede en el alma una enemistad que ya nunca se borra, aunque nos hayan 
      repatriado, l siempre ha buscado secretamente las ocasiones de 
      mortificarme. Pero no importa; yo tengo ms parientes togados que l y 
      tengo muchos amigos que si vienen las cosas mal nos ayudarn para implorar 
      el favor de la autoridad real.
           Despus que Colignac hubo dicho estas palabras, uno y otro trataron 
      de consolarme; pero lo hicieron con muestras de un dolor tan tierno, que 
      el mo aun se aument ms.
           Mientras tanto, mi calabocero vino a advertirnos que mi habitacin 
      estaba ya preparada. Vamos a verla, dijo Cussan, y ech a andar; 
      nosotros le seguimos. Yo la encontr muy bien. No le falta nada -les 
      dije-; tan slo el tener libros. Colignac me prometi que al da 
      siguiente me enviara tantos como yo le pidiese en una lista. Cuando 
      atentamente observamos y reconocimos que por la altura de mi torre, por 
      las fosas hondsimas que la rodeaban y por la disposicin total de mi 
      habitacin el salvarme era una empresa fuera del poder humano, mis dos 
      amigos, mirndose uno al otro, se pusieron a llorar; pero como si de 
      pronto nuestro dolor hubiese afligido al Cielo, una sbita alegra atrajo 
      la esperanza, y la esperanza a su vez encendi en nosotros secretas luces 
      con las cuales mi razn hasta tal punto qued maravillada que con un 
      arranque involuntario que hasta a m mismo me pareca ridculo, les dije: 
      Id, id y esperadme en Colignac; yo estar all dentro de tres das; 
      mientras tanto, enviadme todos los instrumentos de matemticas con los 
      cuales Yo trabajo de costumbre; tambin encontraris en una gran caja 
      muchos cristales con diversas formas tallados: no los olvidis. Quiz 
      fuera mejor que hubiese especificado en una Memoria todas las cosas que me 
      hacen falta.
           Ellos se hicieron cargo de mis demandas sin que pudiesen averiguar mi 
      intencin. Despus de lo cual yo los desped.
           Luego de su partida yo no hice otra cosa que rumiar la ejecucin de 
      lo que haba premeditado, y todava estaba rumindolo al da siguiente 
      cuando, en el nombre de mis amigos, me trajeron todas las cosas que yo 
      haba indicado en mi demanda. Un ayuda de cmara de Colignac me dijo que 
      desde el da anterior no haban visto a su dueo y que ignoraban su 
      paradero. Este accidente no me afligi nada porque en seguida me vino al 
      pensamiento que probablemente habra ido a la corte para solicitar mi 
      rescate. Por lo cual, sin asombrarme, puse manos a la obra. Durante ocho 
      das carpinte, acepill, encol, en fin, constru la mquina que voy a 
      describiros.
           Consista en una gran caja muy ligera que se cerraba con precisa 
      exactitud; tena aproximadamente seis pies de altura y tres o cuatro de 
      ancho. Esta caja estaba agujereada por bajo y por encima de la tapa, que 
      tambin estaba agujereada; yo puse sobre sta una vasija de cristal, 
      tambin agujereada, que tena la forma de un globo, pero muy amplia y cuyo 
      gollete vena a parar y se encajaba en el agujero que yo haba hecho en su 
      montera.
           La vasija estaba hecha de propsito con muchos ngulos y en forma de 
      icosaedro para que merced a la disposicin en facetas, a la vez cncavas y 
      convexas, mi bola produjese el efecto de un espejo ardiente.
           Ni mi calabocero ni mis carceleros suban una sola vez a mi 
      habitacin que no me hallasen ocupado en este trabajo; pero no se 
      asombraban de ello a causa de las maravillas de mecnica que vean en mi 
      cuarto y de las cuales yo me consideraba el inventor. Entre otras muchas 
      de esas maravillas haba un reloj de viento, un ojo artificial, con el que 
      se poda ver de noche, y una esfera en la cual los astros seguan el mismo 
      movimiento que tienen en el cielo. Todo esto bastaba a convencerles que la 
      mquina en la que yo trabajaba era una curiosidad semejante; adems de 
      esto, el dinero con que Colignac les untaba, les haca ir dulcemente por 
      muy difciles pasos. As ordenadas todas las cosas, a las nueve de la 
      maana, cuando mi calabocero haba bajado y el cielo estaba obscurecido, 
      puse yo mi mquina en lo ms alto de mi torre, es decir, en el lugar ms 
      descubierto de la terraza. Se cerraba la mquina tan hermticamente que ni 
      un soplo de aire poda introducirse en ella si no es por las dos 
      aberturas; dentro de la mquina haba yo puesto una ligera tabla que me 
      serva de asiento.
           Una vez que todo estuvo dispuesto de esta guisa, me encerr yo 
      dentro, y as estuve cerca de una hora esperando lo que la fortuna 
      quisiera hacer de m.
           Cuando el Sol, libre ya de las nubes que le empaaban, comenz a 
      alumbrar mi mquina, el icosaedro transparente de sta, que reciba a 
      travs de sus facetas los tesoros del Sol, esparca por su boca la luz en 
      mi celda, y como este esplendor se iba debilitando porque los rayos no 
      podan replegarse hasta m sin romperse muchas veces, su vigorosa claridad 
      ya disminuida converta mi encierro en un pequeo cielo de prpura 
      esmaltado de oro.
           Estaba yo extasiado contemplando la belleza de tan matizado color, 
      cuando de pronto not que mis entraas me temblaban del mismo modo que las 
      sentiran palpitar los que de pronto se notasen aupados por una polea.
           Ya iba yo a intentar abrir mi encierro para averiguar la causa de 
      esta emocin, pero al adelantar la mano advert, por el agujero del piso 
      de mi caja, que mi torre estaba ya muy por debajo de m y que mi pequeo 
      castillo, andando por el aire, en un santiamn me hizo ver a la ciudad de 
      Tolosa hundindose en la Tierra. Este prodigio me dej asombrado, y no 
      tanto a causa de un esfuerzo tan sbito como por el espantoso arranque de 
      la razn humana con el xito de un propsito que con slo imaginarlo me 
      haba asustado. Lo dems no me sorprendi nada, porque yo haba previsto 
      ya que el vaco que se producira en el icosaedro, a causa de la 
      convergencia de los rayos del Sol provocada por los cristales cncavos, 
      atraeran, para llenarlo, una impetuosa abundancia de aire, con la cual mi 
      caja se elevara de tal modo que as que ira elevndome el horrible 
      viento que se adentrara por el agujero no podra elevarse hasta la 
      techumbre sin que penetrando en esta mquina con furia, la impulsase hacia 
      lo alto. Aunque mi propsito estuviese meditado con muchas precauciones, 
      vino sin embargo a equivocarme una circunstancia por no haber confiado 
      bastante en la virtud de mis espejos. Alrededor de mi caja yo haba izado 
      una vela pequea, fcil de manejar, con una escota cuyo chicote tena yo 
      en mis manos y que pasaba por la boca de la vasija; hice esto porque 
      pensaba que con tal arte, cuando estuviese en el aire, podra aprovechar 
      todo el viento que me fuese necesario para llegar a Colignac; pero en un 
      abrir y cerrar de ojos, el Sol, que daba de lleno y oblicuamente sobre los 
      espejos del icosaedro, me elev a tal altura que perd de vista Tolosa. 
      Esto me oblig a abandonar mi escota; poco tiempo despus advert, mirando 
      por una de las ventanillas que haba practicado en los cuatro costados de 
      la mquina, que mi pequea vela, arrancada por el viento, volaba a la 
      merced de un torbellino que dentro de ella haca el aire. Recuerdo que en 
      menos de una hora me encontr por encima de la regin media. De esto me di 
      cuenta fcilmente porque vi llover y granizar por debajo de m. Acaso se 
      me preguntar que de dnde proceda entonces el viento necesario para que 
      mi mquina pudiera elevarse, ya que estaba en una parte del Cielo exenta 
      de meteoros. Pero si se tiene buena voluntad para escucharme, pronto dar 
      yo satisfactoria respuesta a esa objecin. Ya os he dicho que el Sol, que 
      daba vigorosamente con sus rayos sobre los cristales cncavos, uniendo sus 
      rayos en el centro de la vasija, repela el aire con su ardor, 
      expulsndolo por el tubo alto de que sta estaba llena; de tal modo, que 
      al producirse el vaco en la vasija, como la Naturaleza aborrece a ste, 
      la llenaba de otro aire por la parte baja; as, tanto perda como 
      recuperaba; por esto no hay que asombrarse de que en una regin situada 
      sobre la regin media en que se forman los vientos yo siguiese elevndome, 
      pues el ter se converta en viento por la frentica velocidad con que se 
      adentraba en mi mquina para impedir su vaco, con lo cual y como 
      consecuencia deba empujar sin tregua a mi mquina.
           Casi no me molest nunca el hambre, si se exceptan los momentos en 
      que atravesaba esta regin media; porque, verdaderamente, la frialdad del 
      clima me la hizo ver desde lejos; y digo desde lejos porque una botella de 
      licor que siempre yo llevaba conmigo, y de la cual beb algunos sorbos, 
      impidi que el hambre se me acercase.
           Durante el resto de mi viaje no me sent alcanzado por ella; antes 
      bien, cuanto ms avanzaba hacia el Sol, ese mundo inflamado, ms robusto 
      me encontraba. Senta mi rostro ms caliente y alegre que de costumbre, 
      mis manos se me tean con un color bermejo y agradable, y no s qu 
      alegra filtraba por mi sangre que me haca estar como fuera de m.
           Me acuerdo de que reflexionando acerca de esta aventura alguna vez 
      pens de esta manera: El hambre, sin duda, no ha podido alcanzarme porque 
      como su dolor no es ms que un intento de la Naturaleza, que obliga a los 
      animales a reparar con la alimentacin lo que de su substancia pierden, y 
      hoy siento que el Sol, con su cura constante y cercana irradiacin, me 
      hace reparar todo el calor radical que voy perdiendo, ya con ello no 
      siento los deseos de un hambre que en este caso sera vana. A estas 
      razones mas yo mismo me objetaba que puesto que el temperamento, que es 
      lo que constituye la vida, no slo consista en ese calor natural, sino 
      tambin en esa humedad sobre la que el fuego debe prenderse como la llama 
      en el aceite de una lmpara, los rayos de ese brasero vital no podran 
      alimentarnos el alma si no encontraban alguna materia untuosa que los 
      atrajese hacia s. Pero muy luego venc esta dificultad, reparando en que 
      en nuestros cuerpos la humedad radical y el calor natural no son ms que 
      una misma cosa; pues lo que se llama hmedo, sea en los animales, sea en 
      el Sol, esa grande alma del mundo, no es ms que una fluxin de chispas, 
      ms continuas a causa de su movilidad, y lo que se llama calor es una 
      confusin de tomos de fuego que parecen menos sueltos a causa de su 
      interrupcin. Pero aun cuando el calor y la humedad radical fuesen dos 
      cosas distintas, es desde luego cierto que la humedad no sera necesaria 
      para vivir cerca del Sol, porque puesto que esta humedad no sirve entre 
      los vivos sino para detener el calor que de otro modo se exhalara 
      demasiado rpidamente y no se reparara con suficiente prontitud, no 
      habra que temer su falta en una regin en la cual se reunan muchos ms 
      corpsculos llameantes constitutivos de la vida que los que de mi cuerpo 
      se desprendan.
           Otra cosa puede tambin asombrar; es a saber: que las cercanas de 
      este globo ardiente no me consumieron, puesto que yo casi habla alcanzado 
      la plena actividad de su esfera; pero he aqu la razn de ello. Hablando 
      con exactitud, no es precisamente el fuego el que quema, sino una materia 
      ms densa a la que el fuego empuja aqu y all merced a los impulsos de su 
      naturaleza movediza. Y el polvo de chispas que yo llamo fuego, al moverse, 
      ejerce seguramente su accin merced a la redondez de esos tomos, pues 
      ellos entibian, calientan o queman segn la naturaleza de los cuerpos que 
      arrastran consigo. As, la paja no produce una llama tan ardiente como la 
      madera; la madera se quema con menos violencia que el hierro, y esto por 
      la razn de que el fuego del hierro, de la paja y de la madera, aunque en 
      realidad sean el mismo fuego, obran sin embargo distintamente, segn la 
      diversidad de los cuerpos quemados. Por esto en el caso de la paja, el 
      fuego, ese polvo casi espiritual, como no est estorbado sino por un 
      cuerpo blando, es menos corrosivo; en la madera, cuya substancia es ms 
      compacta, entra con ms dificultad, y en el hierro, cuya masa es casi 
      totalmente slida y bien trabada por parte angulares, penetra y consume en 
      un periquete todo lo que se le opone. Como estas observaciones son tan 
      familiares, no creo ya que extrae a nadie que aun aproximndome al Sol no 
      me quemase; pues lo que quema no es el fuego, sino la materia en que ste 
      se fija, y como el fuego del Sol no puede mezclarse a ninguna materia, no 
      puede quemar. Nosotros mismos no sentimos que la alegra, que en realidad 
      no es ms que un fuego, porque slo acta sobre una sangre area, cuyas 
      partculas muy libres resbalan suavemente sobre las membranas de nuestra 
      carne, nos consuela con tibieza y hace nacer en nuestro cuerpo no s qu 
      ciega voluptuosidad? Y esa voluptuosidad o, mejor dicho, este primer 
      progreso del dolor, no llegan a veces hasta amenazar con la muerte y 
      hacernos sentir que el deseo causa un movimiento en nuestros espritus que 
      nosotros llamamos alegra? Por esto la fiebre, aunque produzca muy 
      distintos efectos, no es otra cosa que un fuego como lo es el de la 
      alegra; pero est envuelto por un cuerpo cuyos tomos son cornudos, como 
      la bilis negra o la melancola, que dando pinchazos, con sus puntas 
      encorvadas, por all donde su naturaleza movible le arrastra, taladra, 
      corta, desuella y produce con toda esta violenta agitacin lo que se llama 
      ardor de fiebre.
           Pero toda esta trabazn de pruebas no sirve para nada; en cambio las 
      ms vulgares experiencias bastan para convencer a los obstinados. Yo no 
      tengo tiempo que desperdiciar y he de pensar en m. Como Faetn, estoy en 
      medio de un camino del que ya no podra retroceder y en el cual, si diese 
      un paso en falso, ni todas las fuerzas de la Naturaleza unidas podran 
      salvarme.
           Yo vi con mucha claridad que, como sospech al subir a la Luna, la 
      Tierra daba vueltas en torno del Sol, en direccin de Oriente a Occidente, 
      y no el Sol en torno de la Tierra; y esto porque vea a continuacin de 
      Francia el pie de la bota de Italia, despus el mar Mediterrneo, despus 
      Grecia, despus el Ponto Euxino y Persia y las Indias y China, y 
      finalmente Japn, pasar sucesivamente por el agujero de mi caja, y luego 
      de algunas horas de ascensin, habiendo dado ya la vuelta a todo el mar 
      del Sur, psose en su lugar el continente de Amrica.
           Yo distingua claramente todas estas vueltas, y recuerdo que bastante 
      tiempo despus todava vi aparecer a Europa de nuevo en la escena; pero ya 
      no poda distinguir separadamente sus Estados, a causa de mi altura, que 
      ya era harto inmensurable. De camino iba dejando a mi derecha y a mi 
      izquierda varias tierras como la nuestra, por cuyas esferas de actividad 
      me senta atrado por poco que hacia ellas me acercase; pero el rpido 
      vuelo de mi caja sobrepujaba el vigor de esas atracciones.
           Borde la Luna, que por entonces se haba interpuesto entre el Sol y 
      la Tierra, y dej a Venus a mi derecha. A propsito de esta estrella, la 
      astronoma antigua ha dicho tantas veces que los planetas son astros que 
      giran en torno de la Tierra, que la moderna no sabra dudar de ello. Con 
      todo, yo me permitir observar que durante todo el tiempo en que Venus 
      apareci ms ac del Sol, en torno al cual gira, yo siempre la vi 
      creciente; pero cuando acab su giro observ que, a medida que se quedaba 
      detrs, sus cuernos se acercaron y su vientre negro se redor. Pues esta 
      vicisitud de luces y de tinieblas viene a demostrar que los planetas como 
      la Luna y la Tierra son globos sin claridad propia y slo capaces de 
      reflejar la que de prestado reciben.
           Efectivamente, avanzando en mi ascensin, al observar a Mercurio pude 
      repetir la misma experiencia. Tambin vi ms tarde que todos los mundos 
      tienen otros pequeos mundos que giran en torno a ellos. Pensando despus 
      en las causas de la construccin de este gran Universo, di en imaginar que 
      al desenmaraarse el Caos, luego que Dios hubo creado la materia, los 
      cuerpos de naturaleza semejante se reunieron por ese principio de amor 
      desconocido que, segn vemos, acerca todas las cosas a las que les son 
      parejas. Partculas que estaran formadas de cierta manera parecida se 
      unieron y con ello se cre el aire. Otras que por su figura seran capaces 
      de tener un movimiento circular compondran, reunindose, los globos que 
      se llaman astros, y que no slo se habrn conglomerado con formas redondas 
      merced a esa inclinacin de rodar sobre sus ejes a que los impulsa su 
      misma figura, como nosotros vemos, sino que, evaporndose de su masa y 
      andando en su huida de tal manera, habrn hecho girar hasta los orbes ms 
      pequeos que se hallaban en la esfera de su actividad. Por esto Mercurio, 
      Venus, la Tierra, Marte, Jpiter y Saturno estn obligados a girar y 
      piruetear en torno del Sol. Lo cual no quiere decir que sea absurdo pensar 
      que en otro tiempo todos estos globos fuesen otros tantos soles, puesto 
      que todava queda en la Tierra, a pesar de que constantemente se va 
      extinguiendo, bastante calor para hacer que la Luna gire en su torno por 
      el movimiento circular de los cuerpos que se desprenden de su masa y 
      tambin lo tiene Jpiter para hacer girar a cuatro. Pero estos soles, con 
      el tiempo, han sufrido una prdida de luz y de fuego tan considerable (a 
      causa de la emisin continua de pequeos cuerpos que producan ese calor y 
      esa claridad) que han acabado por no ser otra cosa que materia fra, 
      tenebrosa y casi impotente. Hoy mismo, nosotros descubrimos que las 
      manchas que tiene el Sol, y en las cuales los antiguos no haban reparado, 
      crecen de da en da. Y quin sabe si esas manchas son tan slo una 
      corteza que se forma en la superficie del Sol porque su masa se va 
      extinguiendo a medida que ese astro nos va dando su luz? Y quin sabe si 
      no llegar a un punto en que, abandonado por todos esos cuerpos movedizos, 
      el Sol acabar por ser un cuerpo opaco como es la Tierra? Ha habido siglos 
      inmensamente lejanos, ms all de los cuales no aparece ningn vestigio 
      del gnero humano; pues bien, es muy posible que entonces la Tierra no 
      fuese sino un sol poblado por animales proporcionados al clima que los 
      haba creado, y es posible tambin que esos animales fuesen los demonios 
      de quienes tantas aventuras nos cuenta la tradicin. Por qu no? No 
      puede ocurrir que estos animales, despus de apagarse la Tierra, hayan 
      permanecido en ella algn tiempo todava y que la alteracin de su morada 
      no llegase a extinguir por entero toda su raza? Debi de ser as, y su 
      vida, segn acredita Plutarco, alcanz hasta la de Augusto. Hasta parece 
      que el testamento proftico y sagrado de nuestros patriarcas haya querido 
      conducirnos de la mano a la prueba de esta verdad, pues en l se ve que 
      antes nos habla de la rebelin de los ngeles que de la del hombre. Esta 
      sucesin de tiempo que la Escritura observa, no es como una media prueba 
      de que los ngeles han habitado la Tierra antes que nosotros? No lo es 
      tambin de que estos orgullosos, que haban vivido en nuestro mundo en los 
      tiempos en que ste era un Sol, desdeaban acaso seguir en l viviendo 
      porque se hubiese apagado, y sabidores de que Dios haba puesto su trono 
      en el Sol, tuvieron el atrevimiento de intentar ocuparle? Pero Dios, que 
      quiso castigar su audacia, los expuls tambin de la Tierra, y para 
      substituir a los ngeles cre al hombre, menos perfecto y, por ende, menos 
      soberbio. Despus de cuatro meses de viaje aproximadamente, o al menos 
      tanto me pareci a m, que no tena noche ni da para orientarme en el 
      tiempo, abord una de esas pequeas tierras que dan vueltas en torno del 
      Sol (que los matemticos llaman mculas), donde a causa de las nubes entre 
      el Sol y mi mquina interpuestas, y como mis vidrios no reuniesen ya tanto 
      calor, y el aire, por ende, no empujase mi cabaa con tanto vigor, el 
      viento que quedaba no fue capaz de detener mi cada y descend sobre la 
      cspide de una montaa, a la que baj suavemente.
           Dejo a vosotros el pensar la alegra que yo experimentara al sentir 
      mis pies apoyados sobre un piso slido, despus de estar durante tanto 
      tiempo haciendo el papel de pjaro. Realmente las palabras son dbiles 
      para expresar el desbordado regocijo que me invada cuando por fin sent 
      mi cabeza coronada por la claridad de los cielos. Este xtasis, sin 
      embargo, no me lleg a transportar tanto que antes de abandonar mi caja no 
      pusiese mi camisa para tapar su recipiente, pensando que si el aire al 
      serenarse hubiese dado libertad al Sol y ste se hubiese reencendido en 
      los cristales de mi caja, como era lo ms probable, ya no encontrara mi 
      casa nunca ms.
           Por unas grietas de la montaa, que el agua seguramente habra 
      causado, baj a la llanura, en donde por el espesor del barro con que la 
      tierra estaba mullida, apenas poda andar. A pesar de esto, al cabo de 
      algn espacio recorrido llegu a un bache en donde encontr a un hombre 
      completamente desnudo, que echado en una piedra estaba en actitud de 
      descansar. No me acuerdo si fui yo quien le llam primero o si fue l 
      quien lo hizo y me pregunt a m; pero todava conservo fresco en la 
      memoria, como si lo escuchase ahora, todo lo que durante tres largas horas 
      me estuvo diciendo, en una lengua que yo no haba odo en mi vida y que no 
      tiene ninguna relacin con las de este mundo; no obstante lo cual, la 
      entend mucho ms aprisa y con ms profundidad que la que me ense mi 
      nodriza. Cuando yo le pregunt cmo poda suceder maravilla semejante, l 
      me explic que en las ciencias tan slo haba una sola verdad, y que en 
      salindose de ella siempre se alejaba uno de lo fcil; por tanto, que 
      cuanto ms un idioma se alejaba de la verdad se haca tanto ms 
      incomprensible, quedando por bajo de los alcances de nuestra inteligencia. 
      De la misma manera -continu l- en la msica, tan pronto como esta 
      verdad es hallada, el alma se siente transportada y se adhiere al sonido 
      ciegamente. Y nosotros no lo vemos, pero sentimos que la Naturaleza lo ve, 
      y sin que podamos comprender de qu suerte por esta msica estamos 
      absorbidos, no deja ella de maravillarnos, aunque no sepamos observar de 
      dnde viene. Pues lo mismo sucede con los idiomas. El que encuentra esa 
      verdad en las letras, en las palabras y en la unin de todos los signos, 
      nunca podr al expresarse hacerlo con medios que estn ms bajos que su 
      concepcin; de modo que siempre hablar conforme a su pensar, y slo 
      cuando vos no conozcis con perfeccin ese idioma os quedaris perplejo y 
      no conoceris el orden y las palabras que puedan explicar lo que 
      imaginis. Yo le dije que el primer hombre de nuestro mundo 
      indudablemente se habra servido de esa lengua, porque los nombres que 
      haba empleado para designar cada cosa venan a declarar con exactitud su 
      propia esencia. l me interrumpi y continu: No es que nuestra lengua 
      tan slo sea necesaria para expresar todo lo que el espritu siente, sino 
      que sin ella no podramos hacernos entender por todos. Pues si este idioma 
      es instinto o voz de la Naturaleza, necesario es que sea inteligible para 
      todo aquello que vive bajo el imperio de esa Naturaleza. Por esto, si vos 
      conocieseis bien el idioma de la Naturaleza, podrais expresar y comunicar 
      vuestros pensamientos a las bestias, y stas a su vez podran comunicaros 
      los suyos, pues siendo la lengua de la Naturaleza, de todos los animales 
      ha de ser entendida.
           No os asombre, pues, la facilidad con que vos comprendis los 
      sonidos de una lengua que no osteis jams. Cuando yo hablo, vuestra alma 
      encuentra en cada una de mis palabras esa verdad que ella busca a tientas; 
      y aunque su razn no pueda entenderla, dentro de ella hay cierta 
      naturaleza que no dejar de hacerlo.
           Ah! -exclam yo entonces-, sin duda, merced a ese enrgico idioma 
      nuestro primer padre, en tiempos remotos, poda conversar con los animales 
      y hacer que stos le entendiesen. Porque como le haba sido dado el 
      dominio sobre todas las especies, stas le obedecan porque l las mandaba 
      en una lengua que no desconocan. Y como ahora esta lengua ha 
      desaparecido, ya las bestias no se llegan a nosotros como antes, cuando 
      las llamamos, y no por otra cosa sino porque no entienden esa llamada.
           No dio muestras el hombrecillo de quererme contestar, sino que 
      reanudando el hilo de su discurso ya iba a continuar, y lo hubiese hecho 
      si de nuevo yo no viniese a interrumpirle. Y lo hice preguntndole cul 
      era el mundo en que ahora estbamos, y si estaba muy poblado, y qu 
      gobierno estaba encargado de mantener la polica de sus costumbres. l 
      entonces me dijo: Voy a explicaros algunos secretos que no son conocidos 
      en vuestro mundo:
           Contemplad bien la tierra en que ahora estamos. No hace mucho era 
      una masa desordenada y revuelta, un caos de materia confusa, un polvo 
      negro y pegajoso que se haba separado del Sol. Pero luego (cuando por el 
      vigor de los rayos que todava en l se concentraban mezcl, comprimi y 
      condens estos abundantsimos tomos, hacindolos compactos); luego, digo, 
      que merced a una larga y poderosa coccin separ de s los cuerpos ms 
      contrarios y congreg los ms semejantes; esta masa, arrebatada por el 
      calor, sud de tal modo que todo el sudor se convirti en un diluvio que 
      casi la ha tenido inundada durante ms de cuarenta das, porque todos 
      stos han sido necesarios para que el agua se llegara a filtrar hasta las 
      regiones ms pendientes y ms bajas de nuestro globo.
           De todos estos torrentes de humores ha llegado a formarse el mar, 
      que acredita todava con su sal que esta agua no es sino sudor, pues que 
      todo sudor es salado. Luego que las aguas se retiraron ha quedado sobre la 
      tierra un cieno resbaladizo y fecundo, del cual, por efecto de los rayos 
      del Sol, se levant a modo de una ampolla que a causa del fro no pudo 
      sacar fuera su germen. Por ello recibi una segunda coccin, y como esta 
      coccin viniese a rectificar y perfeccionar su materia, hacindola 
      adquirir una mezcla ms perfecta, dio por fin vida a ese germen, que no 
      siendo capaz sino de vegetar, le hizo sentir. Pero como las aguas que 
      tanto tiempo estuvieron encharcadas en el barro le haban enfriado la 
      ampolla no lleg a reventar; de suerte que el Sol la volvi a cocer una 
      vez ms; al cabo de esta tercera coccin, como la matriz estaba ya muy 
      ardiente y el fro no opona ningn obstculo a su parto, se abri y dio a 
      luz un hombre, el cual ha conservado en el hgado, que es la residencia 
      del alma vegetativa y el lugar de la primera coccin, la potencia de 
      crecer; en el corazn, que es la sede de la actividad y el lugar de la 
      segunda coccin, la potencia vital, y en el cerebro, que es la sede de lo 
      intelectual y el lugar de la tercera coccin, la potencia de razonar. Si 
      no fuese por todo esto, a qu causa habramos de atribuir que la 
      permanencia nuestra en el vientre de nuestras madres fuese ms duradera 
      que la del resto de los animales en el seno de las suyas? No se hallar 
      otra razn si no es la de que el embrin nuestro ha de recibir tres 
      cocciones distintas para lograr las tres distintas facultades de nuestra 
      alma, en tanto que las bestias slo necesitan dos para formar la de las 
      suyas. Ya s yo que el caballo permanece diez, doce o catorce meses en el 
      vientre de la yegua. Como es de un temperamento tan contrario del que a 
      nosotros nos hace hombres, nunca puede alcanzar la vida ms que en los 
      meses (fijaos!) tan distintos de los que nosotros tardamos en recibirla, 
      cuando no nos quedamos en la matriz, fuera del tiempo natural.
           Alguien, sin embargo, me replicar: S; pero, en fin, el caballo 
      vive ms tiempo que nosotros en el vientre de su madre, y por tanto ha de 
      recibir cocciones ms numerosas o ms perfectas. Yo le replicar que esto 
      no es una exacta deduccin; porque sin apoyarme en las observaciones que 
      tantos sabios han hecho sobre la virtud de los nmeros cuando nos prueban 
      que, aunque toda la materia est en movimiento, ciertos seres se acaban en 
      una determinada revolucin de das y se destruyen en otra revolucin, y 
      sin apoyarme en el argumento de esas pruebas que ellos aducen, despus de 
      haber explicado la causa de todos los movimientos, para demostrar que el 
      nmero nueve es el ms perfecto, me contentar con contestar que como el 
      germen del hombre es ms clido el Sol acta sobre l y da trmino a ms 
      de sus rganos en nueve meses que los que en un ao puede abocetar en un 
      potro. Por lo dems, el que un caballo no sea mucho ms fro que un hombre 
      nadie lo pondra en duda, puesto que esta bestia slo muere de hinchazn 
      del cuajo o de otros males que proceden de melancola. Entonces -me 
      replicaris vos-, cmo es que en nuestra Tierra no se ve nunca un hombre 
      engendrado de barro y producido de ese modo? Pues voy a decroslo; no es 
      nada difcil; vuestro mundo est hoy caliente; por ello, cuando el Sol 
      atrae a un germen de la Tierra, como ya no encuentra en l ese fro hmedo 
      o, mejor dicho, ese perodo evidente de un movimiento acabado que le 
      obliga a varias cocciones, inmediatamente crea de l un vegetal, y si hace 
      dos cocciones, como la segunda no puede acabarse con xito perfecto, slo 
      engendra un insecto. As, he observado yo que el mono, que lleva como 
      nosotros sus pequeos cerca de nueve meses, en tantos detalles se nos 
      parece, que muchos naturalistas han credo que pertenecamos a la misma 
      especie, y el motivo de esto es que su simiente, poco ms o menos del 
      mismo temple que la nuestra, en ese tiempo tiene casi el suficiente para 
      dar trmino a sus tres cocciones.
           Seguramente vos me preguntaris de quin he tomado yo estas ideas 
      que os refiero; me diris seguramente que no las he podido recoger de 
      aquellos que no existan. Verdad es que yo soy el nico que ha podido 
      presenciarlo y que, en consecuencia, puedo dar testimonio de ello porque 
      esto ocurri no antes que yo naciese. Esto realmente es cierto; pero 
      tambin debis creer que en una regin cercana al Sol, como es la nuestra, 
      las almas estn llenas de fuego y son ms claras, ms sutiles y ms 
      penetrantes que las de otros animales que viven en mundos ms alejados de 
      este astro. Por lo dems, puesto que en vuestro mismo mundo ha habido en 
      otro tiempo profetas que con el espritu encendido por un vigoroso 
      entusiasmo tuvieron presentimientos del futuro, no es imposible que en 
      nuestro mundo, mucho ms cercano del Sol, y por consiguiente ms ardiente 
      que el vuestro, un gran genio tenga la sensacin del pasado y que su 
      razn, muy movediza, no sepa tanto de las cosas del pretrito como del 
      futuro, puesto que puede adivinar los efectos por sus causas.
           De esta manera acab su relato; pero despus de una conferencia 
      todava ms interesante acerca de los secretos muy escondidos que me fue 
      revelando, de los que yo quiero callarme una parte y no puedo deciros otra 
      que ha escapado a mi memoria, acab por declararme que an no haca tres 
      semanas cuando una mota de tierra fecundada por el Sol le haba dado a l 
      el ser. Mirad bien este tumor. Diciendo esto me hizo reparar en algo muy 
      hinchado que como un montecillo haba sobre el barro: Esto es, me 
      advirti, una postema o, mejor dicho, una matriz que desde hace nueve 
      meses oculta el embrin de un hermano mo. Yo estoy aqu esperando, con el 
      propsito de servirle de comadrn.
           Hubiese continuado su charla de no advertir que en torno de este 
      montecillo de arcilla la tierra se estremeca. Este estremecimiento, con 
      la preez de la postema, me hicieron sospechar que la tierra estaba 
      conmovindose y que sus sacudidas eran ya el anuncio de las conmociones 
      del parto; as que, abandonndome inmediatamente, fuese a asistir a este 
      alumbramiento y yo me march a buscar mi cabaa.
           Trep hacia la cspide de la montaa de la cual haba bajado y llegu 
      a ella con mucho cansancio. No podis imaginar cul fue mi tristeza cuando 
      me di cuenta de que mi mquina ya no estaba all. Ya suspiraba yo por su 
      prdida, cuando repar en ella y la vi volteando muy lejos de este lugar. 
      Tanto como pudieron correr mis piernas lo hice yo hacia mi mquina, con 
      tanta prisa que no me quedaban alientos. Y era ciertamente una diversin 
      contemplar esta nueva manera de cazar; porque algunas veces, cuando ya 
      pareca que iba yo a tener la presa en mi mano, entraba en la vasija de 
      vidrio una ligera cantidad de calor que atrayendo al aire con ms mpetu y 
      hacindose este aire ms elevadizo, mi mquina se levantaba por encima de 
      m y me haca empinarme tras ella como un gato se empina hacia un vasar 
      sobre el cual ha visto una liebre. Y si mi camisa no se hubiera mantenido 
      sujeta sobre el techo de la mquina, para contrarrestar la fuerza del 
      calor de los cristales, seguramente mi artefacto hubiese continuado solo 
      su viaje.
           Pero a qu recordar una aventura que no trae a mi memoria el dolor 
      que sent cuando sucedi? Bsteos el saber que mi mquina brinc, corri y 
      vol muchsimo; que yo salt, corr y recorr tanto como ella, y que 
      finalmente la vi caer al pie de una montaa muy alta. Quiz mi mquina me 
      hubiese conducido mucho ms lejos todava si en esta orgullosa hinchazn 
      de la Tierra las sombras que ennegrecan el cielo hasta muy avanzada la 
      llanura no hubiesen esparcido en torno una noche de media legua; pues mi 
      mquina, encontrndose en estas tinieblas, no tuvo ocasin para que su 
      vasija sintiese calor; antes al contrario, con la frescura de la sombra ya 
      no se engendr el vaco y el viento no entr por su agujero, y por ende ya 
      no tuvo ninguna impulsin que la gobernase; de suerte que cay al suelo, y 
      acaso se hubiese roto en mil pedazos si no encontrase, por fortuna, una 
      charca que disminuy la violencia que a su cada daba el peso. Yo saqu a 
      mi mquina del agua, repar convenientemente lo que se haba roto, y luego 
      de abrazarme a ella con todas mis fuerzas la llev hacia la cspide de un 
      altozano que muy cerca de all haba. Ya aqu, quit mi camisa de 
      alrededor del vaso; pero no tuve tiempo de ponrmela, porque como mis 
      cristales empezasen a surtir su efecto, mi mquina se alter en seguida 
      con el temblor de las ansias del vuelo. De modo que slo tuve tiempo a 
      entrar en ella y a encerrarme como antes lo haba hecho.
           Ya en camino, la esfera de nuestro mundo se me apareca como un astro 
      aproximadamente del tamao de la Luna, y aun a medida que iba ascendiendo 
      se empequeeca hasta reducirse al tamao de un lucero, y luego al de una 
      chispa, y luego ya se convirti en nada, pues su punto luminoso tanto se 
      agudiz para igualarse al que termina el ltimo rayo de mi vista, que 
      finalmente sta perdi a la Tierra hasta unirla con el color de los 
      cielos. Puede ser que alguien se extrae de que durante tan largo viaje 
      nunca me hallase por el sueo rendido. Mas como ste slo es producido por 
      la dulce exhalacin de las viandas que se evaporan desde el estmago hasta 
      la cabeza o por una necesidad que siente la naturaleza de aquietar nuestra 
      alma para reparar con el reposo tanta cantidad de espritu como en el 
      trabajo perdemos, no es extrao que no tuviese ganas de dormir, puesto que 
      no coma y puesto que el Sol me restitua mucho ms calor radical del que 
      yo consuma. Con todo esto, mi ascensin prosigui, y a medida que me iba 
      acercando a este mundo inflamado senta cmo se iban instilando en mi 
      sangre los humores de cierta alegra que la renovaban a ella y pasaban 
      hasta mi alma. De cuando en cuando volva la mirada hacia lo alto de mi 
      caja para admirar los varios matices que refulgan en mi pequea cpula de 
      cristal; todava tengo presente en la memoria que como dirigiese entonces 
      mis ojos hacia la abertura de mi vasija, sbitamente, y lleno de 
      sobresalto, sent como si desde todas las partes de mi cuerpo se separase 
      volando un no s qu pesado. Un torbellino de humo, tan espeso que casi 
      poda palparse, ahog mi vasija entre sus tinieblas, y cuando quise yo 
      ponerme de pie para contemplar esa nube negra que me cegaba, ya no vi ni 
      vasija, ni cristales, ni vidrieras, ni el techo de mi cabaa. Entonces 
      baj la vista para mirar cul podra ser la causa de la ruina de mi 
      mquina; pero en su lugar tan slo encontr el cielo, que me rodeaba por 
      todas partes. Ms espantado que esto me dej el sentir que, como si las 
      ondas del aire se hubiesen petrificado, no s qu obstculo invisible 
      rechazaba mis brazos cuando yo intentaba extenderlos. Pens entonces que a 
      fuerza de ascender haba llegado hasta el firmamento, que segn han dicho 
      algunos filsofos y algunos astrnomos es un trmino slido. Empec a 
      temer si me quedara aqu detenido; pero el horror con que me sorprendi 
      la extraeza de esta aventura vino a acrecerse con los acontecimientos que 
      luego me sucedieron; porque como fuese con la vista vagando ac y acull, 
      vinieron mis ojos a caer sobre mi pecho, y en lugar de contemplar tan slo 
      la superficie de ste pasaron a travs de todo mi cuerpo; en seguida 
      advert que tambin vea por detrs, y esto sin que casi hubiese 
      diferencia alguna en el tiempo. Como si mi cuerpo hubiese sido todo l un 
      rgano de visin, sent que mi carne, libertada ya de su opacidad, dejaba 
      ver a mis ojos todos los objetos y aun los dejaba ver a travs de ella. 
      Finalmente, despus de haber tropezado muchas veces, sin verlos, con la 
      bveda, los muros y el piso de mi caja, comprend que, por un secreto 
      misterio de la luz y de la claridad que sta tena en su nacimiento, mi 
      caja y yo nos habamos vuelto transparentes. No es explicable que por ser 
      difana yo no pudiese ver mi mquina, pues vemos el cristal, el vidrio y 
      los diamantes que tambin son difanos, pero creo yo que el Sol, en una 
      regin tan cercana a l, limpiaba con mayor perfeccin los cuerpos de su 
      opacidad, y dejaba ms limpios los poros imperceptibles de la materia que 
      lo hace en nuestro mundo, donde su fuerza, desvirtuada por tan largo 
      camino, casi es incapaz de traspasar con su brillo las piedras preciosas; 
      sin embargo, a causa de la interior igualdad de sus superficies las hace 
      brillar a travs de sus cristales como si tuviesen unos ojos pequeos 
      teidos con el verde de la esmeralda, el escarlata de los rubes o el 
      violeta de las amatistas, segn que los diferentes poros de la piedra, ora 
      sinuosos, ora lisos, enciendan o apaguen con la cantidad de sus reflejos 
      esa luz debilitada. Puede ser que una dificultad acometa al lector, y es 
      la que tenga para comprender cmo yo poda ver y no ver al mismo tiempo mi 
      cabina, puesto que yo me haba vuelto tan difano como lo eran los cuerpos 
      de mi alrededor. A lo que yo contestar que sin duda el Sol obra de 
      distinto modo sobre los cuerpos vivos que sobre los inanimados, puesto que 
      ningn lugar de mi carne, de mis huesos ni de mis entraas, aunque se 
      tornasen transparentes, llegaron a perder su color natural; antes al 
      contrario, mis pulmones conservaban todava, junto a su escarlata rojizo, 
      su blanda delicadeza; mi corazn, siempre bermejo, oscilaba cmodamente 
      entre sus sstoles y distoles; mi hgado pareca quemarse en un fuego de 
      prpura, y cociendo el aire que yo respiraba ayudaba a la circulacin de 
      mi sangre; finalmente, yo me vea, me palpaba y sentame el mismo aunque 
      ya no lo fuese.
           Mientras iba yo considerando esta metamorfosis, mi viaje se iba 
      haciendo cada vez ms lento, aunque no dejase de adelantar a causa de la 
      serenidad del ter, que iba rarificndose a medida que yo me acercaba al 
      manantial de los das: porque como la materia en estas alturas es muy 
      ligera en virtud del gran vaco que la llena, y como esta materia es, por 
      consiguiente muy perezosa, porque el vaco no es capaz de accin, este 
      aire no poda producir, al pasar por el agujero de mi caja, sino un viento 
      muy sutil que apenas si bastaba a sostenerla.
           Tanto meditaba yo en el malicioso capricho de la fortuna, que se 
      opona siempre al xito de mi empresa con tan tornadizos antojos, que me 
      asombro de que no se me volvieran los sesos agua. Pero ahora escuchad un 
      milagro que los futuros siglos se resistirn a creer.
           Encerrado en una caja de luz que acababa de perder de vista, y ya tan 
      cansada mi voluntad por el esfuerzo que haca para no caer, hallndome en 
      un estado en que todos los recursos que puedan albergarse en el mecanismo 
      del mundo eran incapaces para salvarme, yo me encontraba reducido a los 
      lmites de una extrema desgracia. Con todo, as como cuando nos sentimos 
      expirar naturalmente nos vemos impulsados a abrazar a los que nos han dado 
      el ser, levantaba yo los ojos al Sol, nuestro comn padre. Este ardor de 
      mi voluntad no slo sostuvo mi cuerpo, sino que lo empuj hacia la cosa 
      que deseaba abrazar. Mi cuerpo, a su vez, empuj a mi caja, y de esta 
      guisa continu mi viaje. En cuanto me percat de esto, ergu con ms 
      atencin que nunca todas las facultades de mi alma para encadenarlas al 
      deseo que me atraa; pero mi cabeza, que estaba cargada con el peso de mi 
      cabina, contra cuyo techo los esfuerzos de mi voluntad, a pesar mo, me 
      erguan, tanto me estorb, que al fin ese peso me oblig a buscar a 
      tientas el lugar de la puerta invisible que en ella haba practicado. 
      Afortunadamente, la encontr, la abr y me ech fuera de ella; pero ese 
      natural temor de caer que tienen todos los animales cuando reparan en que 
      no estn asentados sobre nada, hizo que para asirme extendiese bruscamente 
      el brazo. Yo no tena otra gua que la naturaleza, que no sabe razonar; 
      por esto la fortuna, que es enemiga suya, empuj maliciosamente mi mano 
      sobre el remate de cristal. Ay! Qu trueno son en mis odos! Tal 
      desorden, tal desdicha, tal espanto no pueden expresarse con palabras. Los 
      cristales ya no traan aire alguno, porque ya no se haca el vaco; el 
      aire ya no se hizo viento, con la prisa de llenarlo, y el viento ces de 
      empujar a mi caja hacia lo alto. Pronto, despus de esta ruina, yo vi que 
      mi mquina caa largamente a travs de esas vastas campias del mundo; 
      ella reconcentr en la misma regin la opaca tiniebla que haba exhalado; 
      tanto, que como la enrgica virtud de la luz se extinguiese en ese lugar, 
      volvi ella a unirse vidamente con el obscuro espesor que le era 
      esencial; de la misma manera que se han visto algunas almas que para 
      volverse a unir con sus cuerpos, de los cuales se separaran haca ya mucho 
      tiempo, han tenido que ir errantes, alrededor de sus sepulturas, ms de 
      cien aos. Yo dudo que mi cabina perdiese por entero su diafanidad, pues 
      yo la vi despus en Polonia en el mismo estado que ofreca cuando yo entr 
      en ella por primera vez. Por lo dems, he sabido que cay sobre la lnea 
      equinoccial, en el reino de Borneo; que un mercader portugus la compr a 
      un insulano que la haba encontrado, y que yendo de mano en mano por fin 
      haba pasado al poder de este ingeniero polons, que la usaba para volar.
           As, pues, suspenso en el vaco de los cielos, y ya consternado por 
      el presentimiento de la muerte que me causara mi cada, volv hacia el 
      Sol, como os he dicho, mis tristes ojos. Mi vista gui mi pensamiento 
      hacia el mismo punto, y mis miradas, fijamente prendidas de su globo, 
      marcaron un camino cuyas huellas sigui mi voluntad para conducir mi 
      cuerpo hasta el trmino de su viaje.
           Este vigoroso arranque de mi alma no parecer incomprensible al que 
      considere los ms simples efectos de nuestra voluntad; pues sabido es que, 
      por ejemplo, cuando yo quiero saltar, mi voluntad, impulsada por mi 
      fantasa, habiendo puesto en actividad a todo su microcosmo, intenta 
      transportarme hasta el trmino que ella se propone, y si algunas veces no 
      lo consigue totalmente es porque los principios universales de la 
      Naturaleza prevalecen sobre los particulares, y como la potencia de querer 
      es particular de las cosas sensibles, y el caer en el centro es 
      generalmente un principio extendido por toda la materia, mi salto qued 
      obligado a cesar tan pronto como la masa, luego de haber vencido el mpetu 
      de la voluntad que la acometa, se acerca al punto a que tiende.
           Dejo por deciros todo lo que sucedi en el resto de mi viaje, por 
      miedo a tardar ms en contarlo de lo que tard en hacerlo. Basta saber que 
      al trmino de veintids meses llegu por fin muy dichosamente a las 
      grandes llanuras del Sol.
      Esta tierra es semejante a copos de nieve inflamados; tan luminosa es; sin 
      embargo, es algo muy increble el que yo nunca haya podido comprender, 
      desde que mi mquina cay, si sub o baj al Sol. Slo me acuerdo de que 
      cuando llegu andaba ligeramente por encima de su superficie. Apenas 
      rozaba el suelo ms que de puntillas o rodaba como una bola, sin que me 
      resultase incmodo el andar tan pronto con la cabeza como con los pies. 
      Aunque algunas veces tuviese las piernas hacia el cielo y las espaldas 
      contra la tierra, me senta tan a mi gusto en esta postura como si hubiese 
      tenido las piernas en el suelo y las espaldas en el aire. Cualquiera que 
      fuese el lugar del cuerpo sobre que me asentase, ora el vientre, ora la 
      espalda, ora un codo, ora una oreja, siempre me senta como si estuviese 
      de pie. Esto me hizo conocer que el Sol es un mundo sin centro, y que como 
      yo estaba muy lejos de la esfera activa del nuestro y de todos los que 
      haba visto, era, por consiguiente, imposible que yo siguiese pesando, ya 
      que el peso tan slo es una atraccin del centro en la esfera de su 
      actividad.
           El respeto con que yo hollaba con mis pies esta luminosa campia 
      suspenda el ardor que de continuar mi viaje se encenda en mi alma. Me 
      senta vergonzoso de andar sobre la luz. Mi cuerpo asombrado quera 
      apoyarse sobre mis ojos; pero como por stos penetraba esta tierra 
      transparente que no los poda sostener, mi instinto, que contra mi 
      voluntad se haban hecho dueo de mi pensamiento, arrastraba mi cuerpo 
      hacia lo hondo de esta luz sin fondo. Mi razn, sin embargo, poco a poco, 
      desvirtu mi instinto; apoy sobre la llanura mis pasos con firmeza y sin 
      temblores, y con tanto orgullo los daba, que si los hombres hubiesen 
      podido verme desde la Tierra me hubiesen tomado por el Dios que anda sobre 
      las nubes. Luego que anduve, segn yo creo, durante un espacio de quince 
      das, llegu a una regin del Sol menos resplandeciente que la que os 
      acabo de describir; me sent lleno de alegra e imagin que indudablemente 
      este sentimiento proceda de una secreta simpata que an guardaba mi ser 
      por su opacidad. Esto, sin embargo, no hizo que desistiese de mi empresa, 
      porque entonces yo me pareca a esos viejos dormidos que aunque saben que 
      el sueo los perjudica, y aunque hayan encargado a sus criados que los 
      despierten, cuando stos lo hacen se incomodan mucho. As, aunque mi 
      cuerpo se obscureca a medida que yo alcanzaba provincias ms tenebrosas, 
      volvi a sentir las debilidades que acarrea esta flojedad de la materia: 
      me cans, y el sueo me embarg. Esas suaves languideces con que la 
      vecindad del sueo nos acaricia me llenaban los sentidos con tan alto 
      placer, que stos, ganados por la voluptuosidad, forzaron a mi alma a que 
      sirviese de buen grado a los tiranos que encadenaban tales siervos; porque 
      el sueo, este viejo tirano de la mitad de nuestros das, que por ser muy 
      viejo no puede soportar la luz ni mirarla sin perecer, se haba visto 
      obligado a abandonarme cuando yo entr en las brillantes tierras del Sol y 
      haba vuelto a apoderarse de m en los confines de la regin tenebrosa de 
      que ahora os hablo; en la cual, habindome cogido, me detuvo prisionero, 
      cerr bajo la bveda de mis prpados a mis ojos, sus enemigos declarados, 
      y temiendo que mis otros sentidos le traicionasen como me haban 
      traicionado a m y le inquietasen en la muelle posesin de su conquista, 
      los fue aprisionando uno a uno en la cama. Todo esto quiere decir, en dos 
      palabras, que me acost sobre la arena y qued luego muy dormido. Era en 
      una rida campia, tan monda que mi vista, aunque se extendiese mucho, ni 
      siquiera encontraba en toda ella una maleza; a pesar de esto, cuando me 
      despert me hall sobre un rbol tan alto, que con l comparados los ms 
      altos cedros parecan livianas hierbas. Su tronco era de color ureo, su 
      ramas de plata y sus hojas esmeraldas, en cuya superficie de luminoso 
      verdor se reflejaban como en un espejo las imgenes de los frutos que del 
      rbol pendan; estos frutos nada tenan que envidiar a la belleza de las 
      hojas. El escarlata, inflamado de un gran carbunclo, formaba la mitad de 
      cada uno de estos frutos, y la otra mitad nadie podra asegurar si era una 
      crisolita o trozo de dorado mbar; las flores abiertas eran como rosas de 
      diamantes enormes y los capullos como grandes perlas.
           Un ruiseor, cuyo suavsimo plumaje proclamaba su excelencia, 
      encaramado en lo ms alto de la copa pareca con su meloda querer que los 
      odos obligadamente proclamasen a los ojos que no era indigno de estar en 
      el alto trono en que se haba posado.
           Mucho tiempo estuve yo suspenso con la vista de tan rico espectculo: 
      no poda evitar el mirarlo constantemente; pero como toda mi atencin 
      estaba embargada en la contemplacin de una granada en extremo hermosa, 
      cuya carne era un engarce de muchos y muy grandes rubes apretados, vi 
      moverse esa pequea corona, que es como la cabeza de ese fruto, que se fue 
      alargando tanto como era preciso para parecer el cuello de la granada. 
      Seguidamente vi que se agitaba por encima no s qu cosa blanca que a 
      fuerza de espesarse y crecer, y a fuerza de irse avanzando y retirndose 
      la materia de algunas de sus partes, form por fin el rostro de un pequeo 
      busto de carne. Este pequeo busto se fue terminando redondeadamente por 
      su cintura, es decir, que todava conserv parte de su aspecto de granada. 
      Pero luego fue poco a poco extendindose y su cola se convirti en dos 
      piernas, y cada una de stas en cinco dedos. De este modo, una vez ya del 
      todo humanizada, la granada se desprendi de su tallo, y haciendo una 
      graciosa pirueta vino a caer precisamente a mis pies. En verdad os 
      confieso que cuando vi delante de m a esta granada racional, a este 
      pequeo enano no ms grande que un pulgar, y sin embargo, bastante fuerte 
      para crearse a s mismo, y advert que andaba tan orgullosamente, qued 
      lleno de admiracin por l. Animal humano -me dijo, empleando esa misma 
      lengua matriz que ya os he descrito-, despus de haberte mirado largamente 
      desde lo alto de la rama de la cual yo penda, me ha parecido adivinar en 
      tu rostro que t no pertenecas a este mundo, y para asegurarme de ello es 
      por lo que he bajado hasta aqu. Cuando yo satisfice su curiosidad por 
      todas las cosas que me pregunt... Pero ahora decidme vos quin sois. 
      Porque esto que yo acabo de ver es tan asombroso que temo que nunca sabr 
      la causa, si no es que vos me la decs. Cmo un rbol tan grande hecho 
      todo l de puro oro, cuyas hojas son esmeraldas, cuyas flores diamantes, 
      cuyos capullos perlas, y adems con frutos que se convierten en hombres en 
      un abrir y cerrar de ojos! A fe ma os confieso que la explicacin de tan 
      gran milagro est por encima de mi ingenio. Dicho esto, y como yo 
      esperase su respuesta, l me dijo: No debis vos extraaros de que siendo 
      yo el rey de todo el pueblo que forma este rbol lo utilice para que me 
      sirva. Cuando hubo dicho esto yo pens que se volvera a tornar granada. 
      Pero no s si agitando los resortes interiores de su voluntad produjo 
      fuera de s algn movimiento, que sucedi lo que vais a or. Luego que 
      dijo aquellas razones, todos los frutos, todas las flores, finalmente del 
      rbol todo fue cayndose a pedazos con la forma de hombres diminutos que 
      vean, sentan y andaban. Los cuales, como para celebrar el da de su 
      nacimiento, en el instante mismo en que fueron alumbrados pusironse a 
      bailar en torno de m. Tan slo el ruiseor qued con su misma figura y no 
      se metamorfose; vino a posarse sobre la espalda de nuestro pequeo 
      monarca, donde cant un aria, tan melanclica y amorosa, que toda la 
      asamblea y hasta el mismo prncipe, enternecidos por las dulces 
      languideces de su voz moribunda, dejaron libertad a algunas lgrimas. La 
      curiosidad por saber de dnde vena este pjaro me produjo una comezn de 
      hablar tan extraordinaria que no pude contenerme: Seor -dije 
      dirigindome al rey-, si no creyese molestar a Vuestra Majestad, os 
      preguntara por qu entre tanta metamorfosis tan slo el ruiseor ha 
      conservado el ser que tena. Nuestro pequeo prncipe me escuch con una 
      complacencia que acreditaba su bondad natural, y accediendo a mi 
      curiosidad, me dijo estas razones: El ruiseor no ha cambiado de forma 
      como nosotros porque no ha podido; es un pjaro verdadero y no es ms que 
      tal como lo veis. Pero encaminmonos hacia las regiones opacas y os 
      contar, mientras andamos, quin soy yo, con la historia del ruiseor. 
      Apenas le hube yo protestado la satisfaccin que su ofrecimiento me 
      produca, cuando l salto ligeramente sobre uno de mis hombros, e 
      irguindose sobre sus pequeos pies para as alcanzar con su boca a mi 
      odo, ya balancendose hacia mis cabellos, ya movindose en la estrapada, 
      me dijo: Por Dios!, perdonad a una persona que ya se siente sin 
      alientos. Como tengo los pulmones apretados en un cuerpo estrecho y, por 
      ende, lo voz muy poco penetrante, he de esforzarme mucho para que podis 
      orme; el ruiseor tendr la bondad de hablar y contaros l mismo su 
      historia. Que cante, pues, si quiere hacerlo; de este modo al menos 
      tendremos nosotros el placer de escuchar su historia en msica. Yo le 
      repliqu que todava no conoca bastante bien la lengua de los pjaros, y 
      que aunque durante mi camino hacia el Sol cierto filsofo me haba 
      enseado algunos principios generales para entender a los brutos, no eran 
      aqullos bastantes para conocer todas las palabras ni para percatarme de 
      todos los detalles y delicadezas que seguramente habra en la aventura del 
      ruiseor. Pues bien -dijo l-; puesto que t lo quieres, no slo 
      halagarn tus odos las canciones del ruiseor, sino tambin toda su 
      aventura, pues yo podr contarte lo que de ella ha llegado a mi 
      conocimiento. Con todo, habrs de contentarte con lo que yo te cuente, 
      pues aunque la supiese entera la brevedad del camino desde este lugar 
      hasta su pas, adonde he de conducirle, no me permitira empezar mi relato 
      desde el principio de su vida. Dichas estas razones, salt desde mis 
      hombros al suelo, y dando la mano a sus sbditos se puso a bailar con 
      ellos, con unos movimientos tan raros que yo nunca podr describroslos, 
      porque jams vi cosa semejante. Pero escuchad, pueblos de la Tierra, lo 
      que voy a deciros ahora, sin que os obligue a creerlo, pues en vuestro 
      mundo, donde los milagros no son ms que efectos naturales, esto tan slo 
      podra pasar por tal. Tan pronto como estos hombrecillos se pusieron a 
      bailar, parecime a m que su agitacin conmova todo mi ser y que mi 
      agitacin a su vez les conmova a ellos. De modo que no poda mirar esta 
      danza sin que fuese sensiblemente arrastrado por ella como por un 
      torbellino que, al agitarse con el propio ritmo de cada uno de los 
      danzarines, viniese a conmover todas las partes de mi cuerpo, y senta que 
      se reflejaba sobre mi rostro la misma alegra que brillaba en el rostro de 
      ellos. A medida que la danza se fue refinando, los danzarines se removan 
      con un temblor ms rpido, hasta que se hizo casi imperceptible, de modo 
      que pareca que el propsito del baile fuese el de representar un enorme 
      gigante, pues a fuerza de acercarse y de crecer la velocidad de sus 
      movimientos, tan espesamente se mezclaron que yo ya no poda distinguir 
      ms que un gran coloso brillante y casi transparente; pero pude, sin 
      embargo, observar que unos se iban introduciendo en el cuerpo de los 
      otros. Entonces fue cuando yo no pude ya distinguir sus diversos 
      movimientos, a causa de su enorme volubilidad, y tambin porque sta 
      volubilidad, que se iba estrechando cada vez ms a medida que se acercaban 
      al centro, haca que cada vrtice ocupase finalmente tan poco espacio que 
      escapaban a mi vista. Creo por todo esto que las masas de los bailarines 
      se fueron uniendo cada vez ms, porque si antes era verdaderamente 
      desmesurada, poco a poco fue reducindose, hasta adquirir la forma de un 
      hombre joven de mediana estatura, pero con todos los miembros muy bien 
      proporcionados y con una simetra a cuya perfeccin nunca ha podido llegar 
      la ms pura idea. Era ms hermoso que todas las fantasas creadas por los 
      pintores; pero lo que ms me maravillaba a m era que la trabazn de todas 
      las partes que constituan este perfecto microcosmos se realiz en un 
      abrir y cerrar de ojos. Algunos de los ms giles de aquellos pequeos 
      danzarines en una pirueta se levantaron hacia lo alto y tomaron la 
      especial postura que haba de dar forma a su cabeza; otros ms ardientes y 
      menos tornadizos formaron su corazn; otros mucho ms pesados no 
      constituyeron ms que sus huesos, su carne y su corpulencia.
           Cuando este joven y hermoso grande hombre estuvo totalmente acabado, 
      aunque su rpida construccin no me hubiese dejado tiempo para reparar en 
      ninguno de los intervalos de su progreso, vi entrar dentro de su boca al 
      rey de los pueblos, cuyo caos era, este hombre. Y aun creo que fue atrado 
      a este cuerpo por la respiracin del cuerpo mismo. Antes de esto ese 
      pequeo amasijo de hombre an no haba dado ninguna seal de vida; pero 
      tan pronto como se trag al reyecito no se vio ms ser que uno. Estuvo 
      mucho tiempo contemplndome, y como si se hubiese emocionado al mirarme, 
      se acerc a m, me acarici y me dio la mano: Ahora es cuando sin daar 
      la delicadeza de mis pulmones podr contarte cosas que t deseabas saber 
      -me dijo-; pero ante todo es razn que te refiera los escondidos secretos 
      de nuestro origen. Sabe, pues, que nosotros somos animales nacidos en las 
      regiones luminosas del Sol. La ms til y ms comn de nuestras 
      ocupaciones es el viajar por las dilatadas comarcas de este gran mundo. 
      Observamos curiosamente las costumbres de los pueblos, la condicin de los 
      climas y la naturaleza de todas las cosas que pueden merecer nuestra 
      atencin; as vamos formando una ciencia cierta de lo que es este mundo. 
      Por lo dems, debes saber que mis vasallos viajaban bajo mi direccin, y 
      para tener tiempo para contemplar las cosas con mayor detenimiento no 
      conservbamos esa particular conformacin de nuestro cuerpo, que no pueden 
      percibir tus sentidos y cuya sutileza nos hubiese obligado a andar 
      demasiado de prisa; antes bien, nos habamos convertido en pjaros; todos 
      los individuos de mi alcurnia se haban convertido en guilas; pero yo, 
      medroso de que se enojasen, me metamorfose en ruiseor para suavizar sus 
      trabajos con los encantos de la msica. Sin que me fuese necesario el 
      volar, segua yo el rpido vuelo de mi pueblo, porque me haba posado 
      sobre la cabeza de uno de mis vasallos, y as bamos haciendo nuestro 
      camino, cuando un ruiseor que viva en una provincia del pas opaco que a 
      la sazn atravesbamos, asombrado de verme sobre la cabeza de un guila 
      (pues l no poda juzgarnos ms que por nuestras apariencias) se puso a 
      lamentar mi desdicha; yo hice hacer alto a mis gentes, y descendimos a la 
      cspide de algunos rboles, en uno de los cuales suspiraba este piadoso 
      ruiseor. Tanto placer me causaron sus tristes canciones y la dulzura de 
      su acento, que para gozar de ella ms tiempo y con ms libertad no quise 
      desengaarle; antes al contrario, e improvisadamente, fing una historia 
      de las desdichas imaginarias que me haban hecho caer en las garras del 
      guila. Cont tantas aventuras sorprendentes, y las pasiones estaban tan 
      hbilmente exaltadas y tan acordado el canto con la letra, que el ruiseor 
      se qued completamente fuera de s. Pusmonos a murmurar uno tras otro y 
      recprocamente, con el lenguaje de nuestra msica, la historia de nuestros 
      mutuos amores; yo le deca con mis canciones que ya no slo me consolaba, 
      sino que hasta me alegraba de mi desastre, puesto que l me haba 
      proporcionado la gloria de que me plaesen tan hermosas canciones; a lo 
      que este diminuto desconsolado me contest con las suyas que con alegra 
      aceptara toda la estima que yo le demostraba si supiese que ella me 
      consentira otorgarle el honor de morir en lugar mo; pero que si la 
      fortuna no tuviese reservada tanta gloria para un desdichado como l, 
      aceptara tan slo de mi estima lo que era necesario para impedirme que me 
      sonrojase de su amistad. Yo le volv a replicar con ternuras y delicadezas 
      llenas de una pasin tan emocionante, que dos o tres veces le vi sobre la 
      rama a punto casi de morirse de amor. Realmente pona yo tanta maa en la 
      dulzura de mi voz, halagaba su odo con sones tan sabios y frases tan poco 
      frecuentes en los de su especie, que arrastraba su alma a todas las 
      pasiones con que yo quera dominarla. En esta charla casi invertimos 
      veinticuatro horas, y creo que no hubisemos llegado a cansarnos de 
      hacernos el amor si nuestras gargantas no se hubieran negado a 
      suministrarnos ms voz. Este fue el nico obstculo que nos impidi 
      continuar. Porque como yo sintiese que el habla comenzaba a destrozarme la 
      garganta, y que ya no poda continuar sin que me cogiese un desmayo, le 
      indiqu que se acercase a m. El peligro en que l crea que yo estaba en 
      medio de tantas guilas le hizo creer que yo le llamaba en mi ayuda; as 
      que rpidamente volvi en mi socorro, y queriendo darme un glorioso 
      testimonio de que l saba, por un amigo, desafiar a la muerte hasta 
      sentarse en su trono, vino a posarse orgullosamente sobre el gran pico del 
      guila en la que yo estaba subido. Tan arriesgado valor en el pecho de un 
      animal tan dbil me inspir alguna veneracin; porque aunque yo no hubiese 
      reclamado su socorro, como l lo imaginaba, y aunque en ciertos animales 
      d especie semejante, el ayudar al menesteroso sea una ley, el instinto de 
      su tmida naturaleza debi hacerle dudar; sin embargo, no dud l nada, 
      antes al contrario, con tanta prisa parti, que yo no s quin vol 
      primero, si mi gesto o el ruiseor. Orgulloso de ver bajo sus pies la 
      cabeza de su gran tirano, y traspuesto por la emocin que le produca el 
      pensar que en aras del amor que me tena iba a sacrificarse casi entre mis 
      alas, y que acaso hasta algunas dichosas gotas de su sangre salpicaran 
      mis plumas, volvi dulcemente sus ojos hacia m, y habindome dicho 
      adis! con una mirada que pareca pedirme permiso para morir, tan 
      bruscamente precipit su pico dentro de los ojos del guila, que yo vi a 
      estos ms bien reventados que pinchados. Tan pronto como mi pjaro se 
      sinti ciego, instantneamente se cre otra vista nueva. Yo recrimin 
      dulcemente al ruiseor por la poca meditacin que haba puesto en su 
      venganza, y juzgando que sera peligroso ocultarle por ms tiempo nuestra 
      existencia verdadera, revelndole mi secreto le cont que ramos; pero el 
      pobre pajarillo, temiendo que esos brbaros de los que l me imaginaba 
      prisionero me obligasen a fingir este cuento, no dio ninguna fe a todo lo 
      que yo le pude decir. Cuando comprend que todas las razones con que 
      pretenda convencerle se las llevaba el viento, di en voz baja algunas 
      rdenes a diez o doce mil sbditos, e inmediatamente el ruiseor vio que 
      bajo sus pies discurra un ro, que sota de una nave iba, la cual nave en 
      sus aguas estaba flotando. Esta nave era no ms grande que el doble del 
      tamao necesario para que yo cupiese en ella. A la primera sea que yo 
      hice a mis guilas, stas se fueron volando y yo me met en mi esquife, 
      desde el cual llam al ruiseor, dicindole que si an no se resolva su 
      nimo a abandonarme que se embarcase conmigo. Tan pronto como entr en la 
      nave yo mand al ro que nos llevase con su corriente a la regin a la 
      cual mi pueblo volaba; pero como la fluidez de la onda era menor que la 
      del aire y, por ende, la rapidez de su vuelo mayor que la de nuestra 
      navegacin, nos quedamos un poco detrs. Durante todo el camino estuve 
      esforzndome para desengaar a mi pajarillo; le demostr que no deba 
      esperar ningn fruto de su pasin puesto que no ramos de la misma 
      especie, que l lo poda haber observado cuando el guila, a la que haba 
      arrancado los ojos, se haba forjado otro a su presencia, y cuando 
      obedeciendo rdenes mas doce mil de mis vasallos se haban metamorfoseado 
      en este ro y en este bajel en el que ahora bamos. Mis observaciones no 
      tuvieron ningn xito; me replic que respecto al guila y a los ojos que 
      se haba de nuevo forjado, y todo esto que le quera hacer creer, no era 
      nada evidente; pues si el guila no haba cegado era porque l con su pico 
      no le haba tocado las pupilas, y que en cuanto al ro y al bajel, que, 
      segn yo deca, haban sido creados por la metamorfosis de mis sbditos ya 
      existan desde el principio de la creacin en este bosque sin que nadie 
      todava hubiese reparado en ello. Vindole tan dispuesto a equivocarse, yo 
      hice que me prometiera que si tanto mis vasallos como yo nos 
      metamorfosebamos ante sus ojos en aquello que l quisiera, luego de esto 
      se marchara a su casa. Tan pronto l pidi que esta metamorfosis fuese en 
      rbol, como dese que fuese en flor, o en fruto, o en metal, o en piedra. 
      Finalmente, para satisfacer todos sus deseos a la vez, luego que llegamos 
      al lugar donde yo haba ordenado a mi corte que me esperase, nos 
      metamorfoseamos a los ojos del ruiseor en ese hermoso rbol que t has 
      encontrado en tu camino y cuya forma acabamos nosotros de abandonar. Por 
      lo dems, como yo veo que este pequeo pajarillo est resuelto a vivir en 
      su pas, vamos mis sbditos y yo a recuperar nuestra natural figura para 
      emprender el camino de nuestro viaje; pero la razn es que antes te 
      descubra que nosotros somos animales nacidos en la parte luminosa del Sol, 
      pues hay una diferencia muy sealada entre los pueblos que produce esta 
      regin y los del pas opaco. Nosotros somos lo que vosotros en el mundo de 
      la Tierra llamis Espritus, y la presuntuosa estupidez vuestra nos ha 
      calificado con este nombre, porque como no imaginis que haya animales ms 
      perfectos que el hombre, y como veis que algunas criaturas hacen cosas que 
      estn por encima de todo poder humano, creis que estos animales son 
      espritus. Os equivocis: somos tan animales como lo sois vosotros; pues 
      aunque cuando nos place damos a nuestra materia, como acabis de ver, la 
      figura y forma esencial de las cosas en que queremos metamorfosearnos, 
      esto no prueba que seamos espritus. Pero ahora escucha, que voy a 
      revelarte cmo todas estas metamorfosis que a ti te parecen milagros son 
      tan slo puros efectos naturales. Preciso es que t sepas que como 
      nosotros hemos nacido en la parte clara de este gran mundo, cuya materia, 
      por principio, siempre est en accin, nosotros hemos de tener la 
      imaginacin mucho ms activa que los habitantes de las regiones opacas y 
      tambin mucho ms libre la substancia de nuestro cuerpo. Ahora bien; una 
      vez esto supuesto, es evidente que como nuestra imaginacin no encuentra 
      ningn obstculo en nuestra materia, la dispone como quiere, y aduendose 
      de toda nuestra masa la hace pasar, revolviendo todas sus partculas en el 
      orden necesario, para construir en grande lo que ella haba formado en 
      pequeo. As, como cada uno de nosotros se haba imaginado la parte de 
      este hermoso rbol en que quera convertirse, con el esfuerzo de la 
      imaginacin produjo en nuestra materia los movimientos necesarios para 
      producirlo, y as se hizo la metamorfosis. Tambin de este modo el guila, 
      cuando le reventaron los ojos, no necesit para recuperarlos sino 
      imaginarse a un guila clarividente, ya que todas nuestras 
      transformaciones acaecen merced al movimiento que el esfuerzo de esa 
      imaginacin imprime a la materia. Por esto, cuando de hojas, flores y 
      frutos nos hemos convertido en hombres, t nos has visto danzar hasta un 
      poco despus, y ello porque nosotros no estbamos todava repuestos de la 
      agitacin que habamos tenido que dar a nuestra materia para convertirnos 
      en hombres: as tambin las campanas, que aun cuando hayan dejado de 
      voltear, siguen resonando algn tiempo despus y sordamente prolongan el 
      mismo son con que el badajo las hiciera clamar. Por esto tambin t no has 
      visto danzar antes de que formsemos aquel hombre grande, porque para 
      producirlo nos ha sido necesario hacer todos los movimientos generales y 
      particulares que para su constitucin se requeran, a fin de que esta 
      agitacin, estrechando poco a poco nuestros cuerpos y absorbiendo a cada 
      uno de nosotros, en virtud de su individual movimiento crease cada parte 
      el movimiento especfico que el nuevo cuerpo haba de tener. Los hombres 
      no podis hacer estas mismas cosas, a causa del peso de vuestra masa y de 
      la cortedad de vuestra imaginacin.
           l continu sus pruebas y apoy sus argumentos con ejemplos tan 
      familiares y palpables que por fin yo me desenga de muchas opiniones mal 
      demostradas que nuestros doctores obstinadamente inculcan a los 
      entendimientos dbiles. En este punto empec a creer que, en efecto, la 
      imaginacin de estos pueblos solares, a causa del clima, debe de ser ms 
      clida y sus cuerpos por la misma razn ms ligeros, y sus individuos ms 
      movedizos (pues en este mundo no tienen que sufrir, como en el nuestro, la 
      actividad del centro, que es la que puede desviar el movimiento que la 
      imaginacin imprime a la materia); entonces comprend yo, digo, que esta 
      imaginacin poda producir sin milagro todos los que acababa de ver. Mil 
      ejemplos de parecidos acontecimientos, de los cuales dan fe los pueblos de 
      nuestro Globo, acabaron por persuadirme. Son stos: Cippus, rey de Italia, 
      que habiendo asistido a un torneo de toros, y como toda la noche estuviese 
      embargada su imaginacin por representaciones de cuernos, al da siguiente 
      encontr que en su frente haban nacido verdaderos cuernos; Gallus 
      Vitinos, que tanto excit y agit su alma vigorosamente para averiguar la 
      esencia de la locura, que con tal esfuerzo de imaginacin acab por dar a 
      su materia los mismos movimientos que esta materia debe tener para 
      constituir la locura, de modo que se volvi loco; el rey Codrus, que 
      estando afligido por una pulmona, como fijase sus ojos y su pensamiento 
      en la frescura de un rostro joven, y llegase hasta l la primaveral 
      alegra de la adolescencia del mozo, adquiri su cuerpo y el mismo 
      movimiento que haba imaginado en la salud del joven, y entr en 
      convalecencia; finalmente, muchas mujeres embarazadas han hecho monstruos 
      a sus hijos, cuando ya estaban formados en su matriz, porque, aunque su 
      imaginacin no era lo bastante fuerte para que ellas mismas tomasen la 
      figura de los monstruos que conceban, era lo suficiente para ordenar la 
      materia del feto, mucho ms clida y movible que la suya, con el orden 
      esencial y necesario para la produccin de esos monstruos. Tambin me 
      convenc de que si cuando ese famoso hipocondrio de la humanidad se 
      imagin ser cntaro, su materia, demasiado compacta y pesada, hubiera 
      podido seguir la emocin de su fantasa, habra formado de todo su cuerpo 
      un cntaro perfecto y hubiese parecido a todo el mundo un verdadero 
      cntaro, como ya se lo pareca a l mismo. Todos estos ejemplos y otros 
      muchos con cuyo recuerdo me satisfice me convencieron de tal modo, que ya 
      no dud de las maravillas que el hombre espritu me haba contado. Luego 
      me pregunt si yo no deseaba nada de l; yo se lo agradec de todo 
      corazn. Luego todava tuvo la bondad de aconsejarme que, puesto que era 
      habitante de la Tierra, deba seguir al ruiseor hacia las regiones opacas 
      del Sol, pues stas se conformaban ms con los placeres que regala la 
      naturaleza humana. Apenas hubo dicho estas razones, cuando abri su boca 
      desmesuradamente y del fondo de su garganta vi salir al rey de estos 
      pequeos animales, en forma de ruiseor. El hombre grande se cay 
      seguidamente, y en el mismo tiempo todos sus miembros, hechos pedazos, se 
      elevaron en forma de guilas. Este ruiseor, creador de s mismo, se pos 
      sobre la cabeza del guila ms hermosa, y desde all enton una admirable 
      cancin, con la cual, segn yo creo, quera decirme: adis! El verdadero 
      ruiseor comenz luego su vuelo, pero no en la misma direccin ni tampoco 
      tan alto, de modo que yo no le perd de vista. bamos aproximadamente con 
      la misma velocidad, pues como yo no tena gran empeo en llegar a 
      determinada parte de esta tierra, tuve mucho gusto en acompaarle, porque 
      las regiones opacas en que vivan los pjaros convenan mucho ms a mi 
      temperamento y yo tena tambin la esperanza de encontrar en ellas las 
      aventuras ms adecuadas a mi humor. Con esta esperanza anduve por lo menos 
      tres semanas seguidas, y lo hubiese hecho muy contento si slo tuviese que 
      dar satisfaccin a mis odos, porque el ruiseor no dejaba nunca de 
      regalarme con su msica; cuando yo me cansaba vena a posarse sobre mis 
      espaldas, y cuando me detena, me esperaba. Finalmente llegu a una 
      comarca del reino de este pequeo tenor, que ya entonces no sinti ms la 
      inquietud de acompaarme. Como yo le perdiese de vista, le busqu, le 
      llam; pero tanto me cans, por fin, de correr tras l vanamente, que 
      decid descansar. Para ello me acost sobre un musgo blando y suave que 
      tapizaba las faldas de una roca muy grande. Esta roca estaba cubierta con 
      muchos rboles jvenes, verdes y espesos, cuya sombra acarici mis 
      fatigados sentidos con el ms suave agrado, haciendo que los abandonase 
      para reparar mis fuerzas descansadamente en un lugar tan tranquilo y tan 
      fresco.




      Donde se trata de la Historia de los pjaros

           Empezaba a dormirme bajo la sombra de este rbol cuando advert que 
      sobre mi cabeza un pjaro maravilloso volaba planeando y con tan 
      imperceptible y ligero movimiento se mantena en el aire, que yo pensaba 
      si sera un mundo pequeo sostenido all por su propio centro que 
      ligeramente le moviese; pero fue bajando poco a poco, y finalmente lleg 
      tan cerca de m, que mis ojos, maravillados, se quedaron llenos de la 
      gracia de su imagen. Su cola pareca de verde color, de azul su panza, y 
      las alas eran encarnadas, y su cabeza de prpura tan brillante que al 
      moverse se dira que llevaba una corona de oro, sobre la que brillaban los 
      encendidos rayos de sus ojos.
           Mucho tiempo estuvo volando por el espacio, y de tal modo yo le 
      segua por todas partes, que mi alma, concentrndose y limitndose tan 
      slo al placer de contemplar, no alcanzaba casi a gozar el sentido del 
      odo y no me permita escuchar al pjaro que me hablaba cantando.
           Mas cuando poco a poco fui volviendo de mi xtasis, observ 
      distintamente las slabas, las palabras y todas las razones que l me 
dijo.
           He aqu, pues, como mejor puedo recordarlos, los trminos con que l 
      teji la urdimbre de su cancin:
           Vos sois extranjero -pi el pjaro con muy grata voz- y nacisteis en 
      un mundo del que yo soy natural, y esa propensin secreta que tenemos a 
      emocionarnos ante nuestros compatriotas es el instinto que me impulsa a 
      querer que vos conozcis mi vida.
           Yo veo que vuestro espritu est inclinado a dudar cmo sea posible 
      que yo me explique ante vos con un discurso prolongado, ya que aunque los 
      pjaros imiten la humana palabra no pueden pensarla; pero reparad que del 
      mismo modo cuando vos parodiis el ladrido del perro o el trino de 
      Filomela, no concebs tampoco lo que el perro o el ruiseor han querido 
      decir. De todo esto podis deducir que no por ello los pjaros ni los 
      hombres son menos razonables.
           Sin embargo, del mismo modo que entre vosotros hubo varones tan 
      esclarecidos que llegaron a entender y a hablar nuestra lengua, como 
      Apolonio Tianeo, Anaximander, Esopo y muchos ms cuyos nombres no os digo 
      porque nunca vosotros los habis conocido, as tambin entre nosotros hay 
      pjaros que hablan y entienden vuestra lengua. Algunos, realmente, no 
      saben ms que la de una nacin. Pero as como hay pjaros que no dicen ni 
      una palabra, otros que torpemente pronuncian alguna y otros que realmente 
      hablan, los hay tambin tan perfectos que saben todo gnero de idiomas. 
      Entre stos, que son muy pocos, tengo yo el honor de contarme.
           Adems, seguramente vos sabris que en todas partes la Naturaleza ha 
      infligido a los pjaros una secreta ansia de volar hasta este mundo, y 
      quiz esta emocin nos haya hecho crecer las alas, como las mujeres 
      embarazadas imprimen sobre sus hijos la figura de las cosas que durante su 
      embarazo desean, o, ms bien, como a esos que deseando saber nadar, cuando 
      estaban dormidos, se les ha visto tirarse a la corriente de los ros y 
      flanquear con ms destreza que un experimentado nadador obstculos que 
      estando despiertos no se hubiesen atrevido a considerar, o como el hijo 
      del rey Cresus, a quien un vehemente deseo de hablar para defender a su 
      padre le ense de pronto un idioma, o, por ltimo, como ese anciano que, 
      perseguido por su enemigo, que le sorprendi sin armas, sinti crecer 
      sobre su frente cuernos de toro por el deseo que un furor parecido al de 
      este animal le inspir.
           Cuando los pjaros llegan al Sol van a unirse a la repblica de su 
      especie. Ya veo que estis impaciente por saber quin soy yo. Yo soy el 
      pjaro que vosotros llamis fnix. En cada mundo, y al mismo tiempo, no 
      hay ms que uno, el cual habita durante cien aos all; pues al cabo de un 
      siglo, cuando sobre alguna montaa de Arabia pone un gran huevo en medio 
      de los carbones de su hoguera, para la cual ha escogido madera de loes, o 
      ramas de canela, o incienso, emprende su vuelo y lo dirige hacia el Sol, 
      que es desde hace mucho tiempo la patria anhelada por su corazn. Antes ya 
      hizo l todos sus esfuerzos para realizar ese viaje; pero la pesadez de su 
      huevo, cuyos cascarones son tan espesos que se necesita un siglo para 
      incubarlo, siempre retrasa su empresa.
           Ya s yo que difcilmente concebiris esta milagrosa evolucin; por 
      esto quiero explicrosla mejor. El fnix es hermafrodita; pero entre los 
      hermafroditas hay todava un fnix completamente extraordinario, pues...
           Estuvo sin hablar casi un cuarto de hora, pasado el cual, aadi: Yo 
      veo que sospechis que lo que acabo de contaros es falso; pero si no digo 
      verdad, que me devore un guila cuando vaya a vuestro Globo.
           Estuvo todava mucho tiempo balancendose en el cielo, y despus 
      emprendi el vuelo.
           La admiracin que me haba causado su relato despertme el deseo de 
      seguirle, y como henda la onda de los cielos con pausado volar, con la 
      vista y con el paso fcilmente fui siguindole.
           Cuando hube andado cincuenta leguas aproximadamente me encontr en un 
      pas tan lleno de pjaros que stos casi igualaban el nmero de hojas que 
      les daban albergue. Lo que ms me sorprendi fue que estos pjaros, lejos 
      de huir a mi encuentro, pusironse a volar en torno a m, y ora uno me 
      cantaba a los odos, ora otro giraba sus vuelos sobre mi cabeza; pronto, 
      cuando sus pequeas piruetas Ya no tuvieron ocupada mi atencin tanto 
      tiempo distrada, sent mis brazos cargados con un milln de ellos, de muy 
      varias especies, y me pesaban tan gravemente que no los poda mover.
           En este estado me tuvieron hasta que vi llegar cuatro grandes 
      guilas, de las cuales algunas cogindome con sus garras por las piernas, 
      y otras por los brazos, me elevaron hasta muy alto.
           Entre esta muchedumbre repar en una urraca que iba volando tan 
      pronto aqu como all, con mucha prisa; y o que a gritos me deca que no 
      me defendiese, pues ya las guilas haban acordado sacarme los ojos. Esta 
      advertencia suspendi toda la resistencia que yo pens oponer; de suerte 
      que stas guilas me arrastraron a ms de mil leguas de ac, hasta un gran 
      bosque que era, segn dijo mi urraca, la ciudad donde resida el rey de 
      los pjaros.
           Lo primero que stos hicieron fue aprisionarme en el tronco hueco de 
      una gran encina, en cuyas ramas se posaron las ms robustas de las guilas 
      para ejercer las funciones de una compaa de soldados centinelas.
           Despus que pasaron veinticuatro horas aproximadamente, otras guilas 
      relevaron a stas, y mientras yo esperaba lleno de melancola el destino 
      que a la Fortuna pluguiese depararme, mi compasiva urraca me explic todo 
      lo que ocurra.
           Recuerdo que entre otras cosas me advirti que todo el pueblo de 
      estos pjaros se haba extraado mucho de que en tanto tiempo an no me 
      hubiesen devorado; pero luego haba pensado que naturalmente yo 
      adelgazara tanto que en m no encontraran sino huesos que roer.
           Este rumor enardeci de tal manera a los pjaros, que como mi urraca 
      se atreviese a decir que todo eso era un procedimiento brbaro para hacer 
      morir sin juicio alguno de causa a un animal que en cierto modo tena una 
      razn semejante a la de los pjaros, pensaron despedazarla, alegando que 
      sera muy ridculo creer que un animal completamente desnudo, al cual la 
      Naturaleza al darle la vida no se haba preocupado de suministrarle lo 
      necesario para conservarla, fuese como ellos capaz de razn. Todava 
      -agregaban-, si este animal tuviese una figura algo ms parecida a la 
      nuestra! Pero precisamente no puede ser ms dispar ni ms espantosa; en 
      resumen, una bestia calva, un pjaro desplumado, una quimera hecha con 
      toda clase de seres e igualmente repugnante para todos. Es, en fin, el 
      hombre, tan necio y tan vano que cree que nosotros tan slo hemos sido 
      creados para diversin suya; el hombre, que a pesar de la clarividencia de 
      su alma no podra distinguir el azcar del arsnico y que se tragara la 
      cicuta que con su buen juicio confundiera con el perejil; el hombre, que 
      afirma que no puede razonarse ms que con los datos de los sentidos que, 
      sin embargo, tiene tan dbiles y ms tardos y ms falsos que los de todas 
      las criaturas; el hombre, en fin, al que la Naturaleza ha creado solamente 
      para que hubiera en ella de todo, como ha creado los monstruos, pero al 
      que a pesar de esto ha infundido la ambicin de mandar y exterminar a 
      todos los animales.
           Esto es lo que decan los ms inteligentes: todos los dems decan a 
      gritos que era horrible creer que una bestia que no tena el rostro como 
      ellos tuviese tambin razn. Cmo -murmuraban entre s- no tiene pico, 
      ni plumas, ni garras, y quiere que su alma sea espiritual? Dios, qu 
      impertinencia!
           La compasin que por m tuvieron los ms generosos no impidi que se 
      instruyese mi proceso criminal. Todos los escritos se imprimieron sobre la 
      corteza de un ciprs, y luego, al cabo de unos das me llevaron ante el 
      tribunal de los pjaros. Como abogados, consejeros y jueces lo constituan 
      tan slo urracas, arrendajos y estorninos, y entre stos haban escogido a 
      los que conocan y entendan mi lengua. En vez de preguntarme sentndome 
      en un banquillo, para hacerlo me sentaron a horcajadas en un cimal de 
      madera podrida; luego que estuve sentado, el que presida el consejo, 
      despus de atusarse el pico con dos o tres golpes y de esponjar 
      majestuosamente sus plumas, me pregunt de dnde era, en qu nacin haba 
      nacido y a qu ejrcito perteneca. Mi compasiva urraca me haba dado de 
      antemano algunas instrucciones que me fueron muy tiles, y entre ellas que 
      me guardase muy bien de confesar que fuera un hombre; yo contest, pues, 
      que era natural de un pequeo mundo que se llamaba Tierra, y del cual 
      podran hablarles el fnix y otros, que, segn yo vea, estaban en la 
      asamblea; que el clima en que haba nacido era el de la zona templada del 
      polo rtico, en un extremo de Europa que se llamaba Francia, y que en lo 
      que a mi especie se refera, yo no era un hombre como ellos lo 
      sospechaban, sino un mico; que unos hombres, siendo yo muy joven, me 
      haban robado de mi nido y me haban criado con ellos; que su mala 
      educacin era la causa de que yo tuviese una piel tan delicada; que me 
      haban hecho olvidar mi natural lenguaje para que aprendiese su idioma; 
      que para complacer a aquellos animales feroces yo haba aprendido a andar 
      en dos pies, y, finalmente, que como es ms fcil degenerarse que superar 
      nuestra especie, el modo de ser, el vestido y el alimento de estas 
      inmundas bestias se haban arraigado tanto en m, que ya ni mis padres, 
      que eran muy honrados monos, me podran conocer. A todo esto aad que, 
      como justificacin, hiciesen que me visitasen pjaros expertos, y que si 
      ellos me encontraban hombre, yo me sometera a ser anonadado como un 
      monstruo.
           Seores -dijo a la sazn una golondrina de la asamblea-, yo estoy 
      completamente convencida de que es hombre; no olvidis que, segn acaba de 
      decir, se llama Francia el pas en que vio la luz; pues bien: sabed que en 
      Francia no hay monos; despus de esto, juzgad si puede ser lo que se 
      gloria de ser.
           Yo le repliqu a mi acusadora que era tan joven cuando me arrebataron 
      al cuidado de mis padres y me llevaron a Francia, que bien poda decir que 
      mi pas natal era se, pues de l me acordaba desde mi niez.
           Aunque esta razn fuese de bastante peso, no tena el suficiente; 
      pero la mayor parte de los pjaros, entusiasmados al or que yo no era 
      hombre, no tardaron mucho en creerla, pues los que no haban visto nunca 
      hombres no podan convencerse de que stos no fuesen ms horribles de lo 
      que yo les pareca, y los ms sensatos aadan que el hombre era algo tan 
      abominable que se poda tener por cierto que tan slo fuese un engendro de 
      la imaginacin.
           Todo el auditorio bati las alas lleno de entusiasmo, y al punto, 
      para que fuese examinado se me puso en poder de los sndicos, a los cuales 
      se encarg que al da siguiente me volvieran a presentar y que cuando se 
      abriesen las cmaras informasen sobre m a la asamblea. As lo hicieron, y 
      me llevaron a un boscaje apartado. En ste, mientras yo estuve en su 
      poder, no hicieron otra cosa que dar en torno mo mil extraas piruetas y 
      pasearse por encima de mi cabeza en una extraa teora, como si fuesen 
      barquichuelas, con sus alas tendidas. Tan pronto chocaban sus pies uno 
      contra otro, tan pronto cavaban hoyuelos que luego llenaban, y de pronto 
      me dejaban sorprendido, pues desaparecan todos de mi vista. Pasaron el 
      da y la noche entretenidos con estas bagatelas, hasta que al da 
      siguiente, cuando son la hora prescripta, me llevaron de nuevo ante mis 
      jueces, y all mis sndicos, conminados a decir verdad, contestaron que, 
      en descargo de su conciencia, se crean en el deber de advertir a la corte 
      que yo no era un mono como vanamente deca: Porque -razonaban ellos- por 
      ms que nosotros hemos saltado, corrido, pirueteado y realizado en su 
      presencia mil giros de danza, no hemos conseguido inducirle a la 
      imitacin, como es costumbre entre los monos. Pues aunque l diga que ha 
      sido criado entre los hombres, como la mona aunque se vista de hombre, 
      mona se queda, nosotros afirmamos que no hubiese podido abstenerse de 
      imitar nuestras moneras si realmente hubiera sido un mico. Este es, 
      seores, nuestro informe.
           Entonces los jueces se reunieron para deliberar; pero como 
      advirtiesen que el cielo se encapotaba y amenazaba tormenta, levantaron la 
      asamblea.
           Pensaba yo que la mala apariencia del tiempo les habra decidido a 
      hacerlo, cuando el abogado general vino a decirme, por encargo de la 
      corte, que no se me juzgara aquel da; que nunca se vea un proceso 
      criminal si el cielo no estaba sereno, porque ellos teman que la mala 
      temperatura del aire alterase un poco la buena constitucin del espritu 
      de los jueces que el disgusto que invade el alma de los pjaros durante la 
      lluvia obscureciese su razn o que la corte se vengase de su tristeza en 
      el acusado. Por esto la celebracin de mi juicio se aplaz hasta que 
      hiciese mejor tiempo. Se me condujo, pues, hacia mi prisin y recuerdo que 
      durante el camino mi compasiva urraca no me abandon nunca y fue volando 
      siempre a mi lado; y aun creo que no me hubiese abandonado si sus 
      compaeros no se acercaran hacia nosotros.
           Finalmente, llegu al lugar de mi prisin, en donde durante mi 
      cautiverio slo me alimentaron con pan del rey: as llamaban ellos a una 
      cincuentena de gusanos y otras tantas larvas que me traan para comer de 
      siete en siete horas.
           Yo siempre crea que comparecera ante mis jueces al da siguiente, y 
      todo el mundo crea lo mismo, pero cuando ya hubieron pasado cinco, uno de 
      mis guardas me cont que la asamblea haba estado ocupada en hacer 
      justicia a una comunidad de jilguero que la haban implorado contra uno de 
      sus compaeros. Yo le pregunt al guarda de qu crimen se acusaba a este 
      desdichado. l me contest: Del crimen ms enorme con que un pjaro pueda 
      deshonrarse. Se le acusa... podrais creerlo?, se le acusa... pero Dios 
      Santo!, slo de pensarlo se me erizan las plumas...; s, se le acusa de no 
      haber tenido an, desde hace seis aos, el merecimiento de una amistad; 
      por esto ha sido condenado a ser rey, y rey de un pueblo diferente de su 
      especie.
           Si sus sbditos hubieran sido de su misma raza, quiz hubiese podido 
      gozar, al menos con los ojos y el deseo, de las voluptuosidades del 
      reinado; pero como los placeres de una especie no tienen ninguna relacin 
      con los placeres de otra, soportar todas las fatigas y beber todas las 
      amarguras de la realeza sin que pueda gustar ninguna de sus dulzuras. Esta 
      maana le han puesto en camino, rodendole de muchos mdicos para cuidar 
      de que no se envenene en el camino.
           Aunque mi guarda fuese de natural muy hablador, no se atrevi a 
      conversar conmigo a solas ms tiempo, temeroso de que yo le juzgase 
      inteligente.
           Aproximadamente al final de la semana volvieron a conducirme ante mis 
      jueces.
           Me metieron sobre la horquilla de un arbolillo sin hojas. Los pjaros 
      de toga, lo mismo los abogados que los consejeros y el presidente, se 
      posaron todos en la copa de un gran cedro, a tanta ms altura cuanto mayor 
      era su dignidad. En cuanto a los otros pjaros, los que tan slo asistan 
      a la asamblea por curiosidad, se fueron mezclando sin orden ninguno hasta 
      que estuvieron llenos todos los escaos; es decir, hasta que las ramas del 
      cedro estuvieron cubiertas de pjaros.
           La urraca en que yo siempre haba reparado por la compasin que me 
      tena, vino a posarse sobre mi mismo rbol, y all, fingiendo distraerse 
      picoteando el musgo me dijo: Nunca podris imaginar exactamente cunto me 
      aflige vuestra desgracia; porque aunque no ignoro que el hombre es uno de 
      los seres vivos que constituyen una peste de la cual hay que purgar a todo 
      Estado que pretenda una buena polica, cuando recuerdo que desde mi 
      infancia he sido criada entre ellos, y que he aprendido su lengua tan 
      perfectamente, y que casi ya he olvidado la ma, y que he comido en sus 
      manos tan blandos y excelentes quesos de los que no puedo acordarme sin 
      que acuda el agua a mis ojos y a mi boca, siento por vos tantas ternuras 
      que no puedo inclinarme al ms justo partido.
           Acababa de decir estas razones cuando a los dos nos sorprendi la 
      llegada de un guila que vino a posarse en la rama de un rbol al mo muy 
      cercano. Me hubiese yo levantado para ponerme de rodillas creyendo que era 
      el rey, si mi urraca, con su patita, no me contuviera en mi asiento. 
      Creais vos acaso -me dijo- que esta guila era nuestro soberano? Eso es 
      tan slo una creencia de los hombres, que como, con muy gran verdad, se 
      dejan mandar por sus semejantes ms grandes, ms fuertes y ms crueles, 
      juzgan a los dems por s mismos y creen que debe mandarnos un guila.
           Pero nuestra poltica es muy distinta; pues nosotros elegimos como 
      reyes nuestros a los ms dbiles, los ms dulces y los ms pacficos, y 
      aun los cambiamos cada seis meses para reemplazarlos con otros, tambin 
      dbiles, a fin de que a la menor ofensa podamos de ellos vengarnos. Los 
      elegimos dulces para que, no hacindose odiar de nadie, nadie tampoco los 
      odie, y queremos que sean pacficos, para evitar as las guerras, que son 
      caudal de todas las injusticias.
           Cada semana nuestro rey convoca una asamblea, en la que todo el 
      mundo es recibido, para exponerle sus quejas, y si a esta asamblea 
      concurren tan slo tres pjaros descontentos de la gestin del rey, ste 
      es desposedo y all mismo se procede a la eleccin de otro.
           Mientras dura la asamblea, nuestro rey est encaramado en la cspide 
      de un tejo, al borde de un estanque, con los pies y las alas plegadas. 
      Todos los pjaros, uno a uno, pasan ante l, y si alguno de ellos sabe que 
      ha cometido pecado mortal, puede tirarlo al agua. Pero es preciso que al 
      punto justifique la razn que para hacerlo ha tenido, porque si no lo hace 
      se le condena a la muerte triste.
           No pude yo contener mi curiosidad y le interrump para preguntarle 
      qu quera l decir con eso de la muerte triste; a lo que me contest con 
      estas razones:
           Cuando el crimen de algn pjaro se juzga tan enorme que una muerte 
      se considera como leve expiacin de su culpa, se procura escoger otra que 
      en s encierre el dolor de muchas, y esto se hace de la siguiente manera:
           Se delega a los que tenemos la voz ms melanclica y ms fnebre 
      para que se acerquen al culpable, que es conducido a un funesto ciprs. 
      Una vez all, los tristes msicos se renen en torno de l y por el 
      conducto de su odo le llenan el alma de tristes canciones, tan lgubres y 
      trgicas, que con la amargura de su disgusto alteran la economa de sus 
      rganos y le estrechan el corazn hasta que con esto se va consumiendo y 
      muere sofocado de tristezas.
           Sin embargo, este espectculo no sucede casi nunca, pues como 
      nuestros reyes son de tan dulce condicin, jams obligan a que nadie en 
      venganza suya sufra una muerte tan cruel.
           Ahora reina un palomo cuyo carcter es tan sosegado que el otro da, 
      como fuese necesario reconciliar a dos gorriones, se pasaron mil trabajos 
      para hacerle comprender lo que era la enemistad.
           Mi urraca no pudo continuar tan larga pltica sin que reparasen en 
      ella varios asistentes a la asamblea, y como sospechasen que tena alguna 
      complicidad conmigo, los principales de la asamblea hicieron que fuese 
      detenida, lo cual realiz un guila de la Guardia Real que se apoder de 
      su persona. En esto lleg el rey Palomo; todo el mundo se call, y las 
      primeras palabras que vinieron a quebrar el silencio fueron las de la 
      queja que el gran censor de los pjaros dirigi en contra de la urraca. El 
      rey, plenamente informado del escndalo a que ella haba dado lugar, le 
      pregunt su nombre e inquiri la ocasin que la haba hecho conocerme.
           Seor -contest ella llena de asombro-, yo me llamo Margot; hay aqu 
      muchos pjaros principales que respondern de m. En el mundo de la 
      Tierra, donde yo nac, supe un da, por Guillery el Constipado (que como 
      oyese gritar en mi jaula vino a visitarme a la ventana de la cual yo 
      estaba colgada), que mi padre era paje y mi madre msico. Esto yo no lo 
      hubiese sabido si l no me lo hubiera dicho, pues cuando yo era muy 
      pequeita fui robada de debajo de las alas de mis padres, cuyo regazo me 
      serva de cuna. Poco despus de esto mi madre muri de tristeza, y mi 
      padre, que ya era bastante viejo para tener otros hijos, desesperado al 
      verse sin herederos se fue a la guerra de los arrendajos, en la cual muri 
      de un picotazo en el cerebro. Lo que ms me maravillaron fueron ciertos 
      animales salvajes llamados porqueros, los cuales me llevaron, para 
      venderme, a un castillo en el cual vi yo a este hombre cuyo proceso ahora 
      os ocupa. Yo no s si concibi por m algn afecto; pero siempre tena 
      buen cuidado de advertir a los servidores que me diesen el gobierno. 
      Muchas veces hasta tena la bondad de drmelo l mismo. Si en el invierno 
      yo me enfriaba, l me coga y me llevaba al lado del fuego, abrigaba mi 
      jaula o encargaba al jardinero que me diese abrigo en su camisa. Los 
      criados no se atrevan a irritarme en presencia suya, y recuerdo que un 
      da me salv de las fauces de un gato que ya me tena entre sus uas, a 
      las cuales me haba abandonado el lacayuelo de mi duea. No estar de ms 
      que os explique la causa de esta crueldad. Para complacer a Verderet (ste 
      es el nombre del lacayuelo) repeta yo un da las majaderas que l me 
      haba enseado; pero sucedi que, por desgracia, aunque yo recitase 
      siempre mis quodlibetos de carrerilla, en esta ocasin, alterando el 
      orden, y precisamente cuando l entraba para decir una mentira, exclam 
      yo: Cllate, hijo de puta! Has mentido! Este hombre al que ahora 
      acusis y que aqu veis, como conociese el natural mentiroso del lacayuelo 
      bribn, pens que quiz yo habra hablado como un profeta, y al punto 
      mand que averiguasen si Verderet haba mentido: Verderet fue convicto de 
      su bribonera, Verderet fue disciplinado y Verderet, si este hombre no me 
      hubiera socorrido, me hubiese hecho comer por el gatazo. El rey, bajando 
      la cabeza, mostr cun contento estaba por la piedad que la urraca haba 
      tenido conmigo; pero, con todo, le prohibi para siempre que volviera a 
      hablar en secreto. En seguida pregunt al abogado de mi parte contraria si 
      su discurso estaba ya acabado. ste hizo sea con la pata de que iba a 
      hablar, y he aqu, segn creo, las mismas razones que aleg en contra ma:
      Alegato pronunciado en el Parlamento de los Pjaros, estando las Cmaras 
      reunidas, contra un animal al que se acusa de ser hombre.
           Seores: La parte acusadora de este criminal es Guillemette la 
      Charnue, perdiz de nacimiento, recin llegada del mundo de la Tierra y con 
      la garganta an abierta por un perdign de plomo que le tiraron los 
      hombres; y comparece como demandante contra todo el gnero humano y, por 
      consiguiente, en contra de un animal que, a su juicio, pertenece, como un 
      miembro ms, a ese gnero. No sera difcil impedir con su muerte las 
      violencias que puede hacer; sin embargo, como la salud y la prdida de 
      todo lo que vive importa a la repblica de todos los vivientes, parceme 
      que nosotros mereceramos haber nacido hombres, y por tanto degradados de 
      la razn y de la inmortalidad que poseemos como una ventaja sobre ellos, 
      si les parecisemos cometiendo las mismas injusticias suyas.
           Examinemos, pues, seores, las dificultades de este proceso con toda 
      la serenidad de que son capaces nuestros divinos espritus.
           La piedra angular de este asunto consiste en saber si este animal es 
      hombre; y cuando hubisemos averiguado que lo sea, si por ello merece la 
      muerte.
           Por mi parte yo no tengo dificultad ninguna en creerlo as; primero, 
      porque a todos nosotros nos ha tomado muy grande horror al verle, aunque 
      no hayamos podido averiguar la causa de este horror; segundo, porque se 
      re como un loco; tercero, porque llora como un necio; cuarto, porque se 
      suena como un bellaco; quinto, porque est ms pelado que un sarnoso; 
      sexto, porque lleva la cola delante; sptimo, porque tiene siempre muchos 
      ladrillitos cuadrados en la boca y no posee el pudor de esconderlos o 
      comerselos, y octavo, y finalmente, porque todas las maanas levanta hacia 
      lo alto los ojos, la nariz y su largo pico; junta sus manos abiertas 
      unindolas por las palmas y dirigiendo la punta hacia el cielo, hace con 
      ellas una sola mano muy ceida, como si se aburriese de tener las dos 
      libres; quiebra sus piernas Por la mitad de modo que cae sobre las 
      rodillas, y luego, con palabras mgicas, que susurra, veo que sus piernas 
      rotas se recomponen y se levanta en seguida tan alegre como antes. Ahora 
      bien: vosotros sabis, seores, que de todos los animales slo el hombre 
      tiene un alma lo bastante negra para dedicarse a la magia; luego este 
      animal es hombre. Fltame ahora examinar si por ser hombre merece la 
      muerte.
           Yo creo, seores, que nunca se ha puesto en duda que todas las 
      criaturas han sido creadas por nuestra comn madre para que vivan en 
      sociedad. Por tanto, si yo pruebo que el hombre parece haber nacido para 
      destruir el orden de esta sociedad, no probar con ello que al atentar 
      contra el fin para que fue creado merece que la Naturaleza se arrepienta 
      de su obra?
           La primera y la ms fundamental de todas las leyes para la 
      mantenencia de una repblica es el respeto a la igualdad; pero el hombre 
      no sabe guardarlo eternamente: se abalanza sobre nosotros para comernos; 
      parece creer que nosotros no fuimos creados sino para regalo de su gusto, 
      y como argumento de su pretendida superioridad habla de la barbarie que 
      emplea para matarnos y de la poca resistencia que encuentra para vencer 
      nuestra debilidad; pero no quiere, sin embargo, confesar que superan a los 
      hombres ms robustos las guilas, los cndores y los burros.
           Pero aunque los hombres tuviesen esa grandeza y especial disposicin 
      de sus miembros, sealarase con esto una superioridad suya, pues que 
      entre ellos mismos hay enanos y gigantes?
           Adems, ese derecho imaginario con cuyo imperio se gloran es una 
      fantasa, pues realmente estn tan inclinados a la servidumbre que unos a 
      los otros se venden la libertad. As es que los jvenes son esclavos de 
      los viejos; los pobres, de los ricos; los villanos, de los hidalgos; los 
      prncipes, de los monarcas, y los reyes, de las mismas leyes que ellos 
      dictan. Pero con todo, estos pobres siervos tienen tanto miedo de que les 
      falten seores a quienes servir que, como si pensasen que la libertad no 
      les viene sino de algn lugar inesperado, se forjan dioses en todas 
      partes: en el aire, en el agua, en el fuego y bajo la Tierra; y aun harn 
      ms santos de madera de los que realmente tienen, y aun creo que se 
      consuelan de las falsas esperanzas de la humanidad, no tanto por el horror 
      con que el no ser les espanta, como por el temor de no tener en el otro 
      mundo quin les mande despus de la muerte. Este es el hermoso efecto de 
      esa fantstica monarqua e imperio natural del hombre sobre los animales y 
      sobre nosotros mismos, porque su insolencia ha llegado hasta los pjaros. 
      Sin embargo, como consecuencia de esa superioridad ridcula, l se 
      atribuye vanamente sobre nosotros el derecho de vida y de muerte, nos 
      prepara emboscadas, nos esclaviza, nos aprisiona, nos estrangula, nos 
      come, y de la habilidad para matar a los que deja libres hace un 
      distintivo de nobleza. Cree que el Sol slo se ha encendido para que l 
      tenga luz para hacernos la guerra; que si la Naturaleza nos ha permitido 
      extender nuestros paseos por el cielo slo lo ha hecho para que de nuestro 
      vuelo pueda l deducir dichosos o funestos augurios, y que si Dios puso 
      entraas dentro de nuestros cuerpos nicamente lo hizo con la intencin de 
      escribir un gran libro en el que el hombre pudiera aprender la ciencia de 
      las cosas futuras.
           Pues bien; todo esto no nos demuestra un orgullo insoportable? El 
      que en s lo abrigase, podra merecer peor castigo que el haber nacido 
      hombre? No es ste, sin embargo, el que yo os aconsejo que deis a este 
      acusado. Porque como la pobre bestia no tiene, como nosotros, uso de 
      razn, yo disculpo sus errores cuando stos son producidos por una 
      deficiencia del intelecto; mas cuando no son sino hijos de la voluntad, 
      pido que se haga justicia: por ejemplo, de que nos mate sin que nosotros 
      le ataquemos; de que nos coma pudiendo saciar su hambre con substancias 
      ms provechosas, y de lo que todava me parece ms cobarde, de que 
      corrompa el buen natural de algunos de nosotros, como los alcotanes, los 
      halcones y los gavilanes, instruyndolos en la matanza de los suyos, 
      ensendolos a encarnizarse sobre nosotros, abandonndonos en sus garras.
           Esta consideracin por s sola encierra tanta gravedad que yo pido a 
      la corte que se extermine al acusado por medio de la muerte triste.
           Todo el Foro se estremeci al considerar el horror de tan gran 
      suplicio; por esto y para ver si se le poda moderar, el rey hizo una 
      indicacin a mi abogado para que replicase.
           Era ste un estornino, gran jurisconsulto; despus de dar con su pata 
      tres veces en la rama que le serva de sostn, habl as a la asamblea:
           Cierto es, seores, que, conmovidos por un sentimiento de piedad, me 
      haba yo encargado de la defensa de esta desdichada bestia; pero ya en el 
      trance de defenderla me ha tomado muy gran remordimiento de conciencia, y 
      sta me habl con una extraa voz secreta que me impeda cumplir una 
      accin tan detestable. As, seores, os declaro ante toda la corte que, 
      para lograr la salud de mi alma, no quiero contribuir en nada a la vida de 
      un monstruo como el hombre.
           Toda la asamblea chasque sus picos en seal de regocijo y en 
      aprobacin de la sinceridad de un juez tan pjaro de bien.
           Mi urraca se present para defenderme en su lugar; pero no pudo 
      lograr audiencia porque, como se haba criado entre los hombres y quiz se 
      contagiase de su moral, era de temer que para juzgar mi causa tuviese un 
      espritu parcial, pues la corte de los pjaros no tolera que el abogado 
      que se interesa ms por un cliente que por otro sea odo mientras no pueda 
      justificar que esta inclinacin procede del buen derecho que a la parte 
      asiste.
           Cuando los jueces vieron que nadie se aprestaba a mi defensa 
      extendieron las alas, sacudindolas, y en seguida volaron a reunirse en 
      Consejo.
           La mayor parte, como luego supe, insisti mucho en que fuese 
      exterminado por la muerte triste; pero, con todo, cuando advirti que el 
      rey se inclinaba a la dulzura, todos rectificaron su opinin. De modo que 
      mis jueces, moderando su saa, en lugar de la muerte triste, con la cual 
      me obsequiaban, encontraron ms conveniente, para proporcionar la dureza 
      de mi castigo a la gravedad de mis crmenes y para mortificarme con un 
      suplicio que me desengaase del pretendido imperio del hombre sobre los 
      pjaros, el abandonarme a la clera de los ms dbiles entre ellos: quiere 
      decir que me condenaron a ser comido de moscas.
           En este punto la asamblea se levant y, segn yo supe despus, no se 
      haban detenido ms en particularizar las circunstancias de mi trgico 
      castigo porque a un pjaro a la asamblea le haba dado un accidente al 
      querer dirigirse al rey. Se crey que este desmayo le haba ocurrido por 
      el dolor que le causara contemplar al hombre con demasiada fijeza.
           Ya la sentencia haba sido pronunciada y cuando el pigargo que serva 
      de escribano de lo criminal acab de leerla, yo vi que alrededor de m el 
      cielo estaba totalmente negro de moscas, moscardones, mosquitos, abejas, 
      avispas y pulgas, que zumbaban de impaciencia.
           Yo esperaba todava que mis guilas me llevasen como de costumbre; 
      pero en vez de stas vi un enorme avestruz negro que me puso 
      vergonzosamente a horcajadas sobre sus espaldas, pues esta postura es 
      entre ellos la ms ignominiosa con que puede castigarse a un animal; 
      tanto, que nunca ningn pjaro, sea cual fuere la ofensa que cometiere, 
      puede ser condenado a cosa semejante.
           Los corchetes que me condujeron al suplicio eran una cincuentena de 
      cndores y otros tantos buitres; delante y detrs de stos iba, volando 
      lentamente, una procesin de cuervos que croaban no s qu lgubres 
      cantos, y ms lejos me pareca or unas lechuzas que los contestaban. A 
      partir del momento en que se haba comenzado a cumplir mi pena, dos 
      pjaros paradisacos, a los que se les haba encargado que me asistiesen 
      durante mi muerte, vinieron a posarse encima de mis espaldas.
           Aunque entonces mi alma, por el horror de cuanto pudiese sucederme, 
      estaba muy turbada, me acuerdo de casi todas las razones con las cuales 
      ellos intentaron consolarme.
           La muerte -me decan, metindome su pico en los odos- no es, sin 
      duda, un gran mal, puesto que la Naturaleza, nuestra madre buena, tiene a 
      todos sus hijos sometidos a ella; tampoco debe de ser una cosa muy 
      importante, puesto que sucede a cada momento y por cosas de tan poca 
      monta; porque si la vida fuese tan excelente no estara en nuestras manos 
      el darla a otros seres; y si arrastrase tras s, como t crees, problemas 
      de la importancia que t le atribuyes, no nos sera dado a nosotros el 
      poder de quitrosla. Pero hay muchas razones que nos inclinan a creer, en 
      contra de vuestra opinin, que si el animal empieza por juego debe acabar 
      lo mismo. Te hablo a ti de esta manera porque, como tu alma no es 
      inmortal, como la nuestra, cuando te mueras podrs observar que todas las 
      cosas acaban contigo. No te aflijas, pues, de hacer ms pronto lo que 
      algunos compaeros tuyos harn ms tarde. Su condicin es ms deplorable 
      que la tuya, porque si la muerte es un mal, slo lo es para los que tienen 
      que morirse; y mientras que t ya slo tienes que esperar una hora, ellos 
      durante cincuenta o sesenta aos estarn en trance de poder morirse. Y 
      luego dime: no es verdad que el que no ha nacido es dichoso? Pues t vas 
      a estar como el que no ha nacido; un momento despus de tu vida estars 
      como un momento antes de tenerla, y luego que haya pasado aquel momento te 
      parecer que has estado muerto tanto tiempo como el que muri hace mil 
      siglos. Pero, en todo caso, si supones que la vida es un bien, el mismo 
      evento que en la infinidad del mundo ha podido dar ocasin a tu ser, no 
      har que cualquier da t puedas volver a nacer? La materia, que a fuerza 
      de mezclarse ha llegado por fin a ese orden y disposicin necesarios para 
      la constitucin de tu ser, no puede, volviendo a mezclarse, llegar a una 
      disposicin adecuada para hacer que t te sientas vivo otra vez? S; pero 
      me acordar yo entonces de que he existido?, me replicars t. Pues 
      hermano mo, qu te importa eso con tal de que te sientas vivir! Y luego, 
      no puedes, para consolarte de la prdida de tu vida, imaginar las mismas 
      razones sobre las cuales yo te hago meditar?
           He aqu consideraciones bastante fuertes para obligarte a beber con 
      resignacin esa mala absenta; pero todava me quedan otras ms 
      convincentes que te invitarn seguramente a desearla. Es necesario, 
      querido hermano mo, que te convenzas de que t, como otros brutos, eres 
      material, y como la muerte en vez de anular la materia no hace otra cosa 
      que modificar su substancia, debes creer con certeza que aunque dejes de 
      ser hombre sers cualquier otra cosa, y aun suponiendo que no te 
      convirtieses ms que en una partcula de tierra o en una piedra, aun 
      seras algo menos cruel que el hombre; pero voy a descubrirte ahora un 
      secreto que no quisiera que ninguno de mis compaeros oyese de labios 
      mos, y es que al ser comido de los pjaros, como lo vas a ser 
      seguramente, te convertirs en substancia suya. S; tendrs el honor de 
      contribuir, aunque ciegamente, a las operaciones intelectuales de nuestras 
      moscas y la gloria de, ya que no razonas por tu propia cuenta, razonar al 
      menos con su inteligencia.
           Cuando lleg a este punto de su exhortacin alcanzamos nosotros el 
      lugar destinado para mi suplicio.
           Haba en l cuatro rboles, casi a la misma distancia y muy cercanos 
      uno al otro; sobre cada uno de estos rboles, y aproximadamente a la misma 
      altura, se haba posado una enorme garza. Me apearon de mi gran avestruz 
      negro y al punto muchos cuervos marinos me subieron hasta las ramas donde 
      las cuatro garzas me esperaban. Estos pjaros estaban frente a frente uno 
      de otro, apoyados con firmeza en sendos rboles. Con su cuello de 
      prodigiosa longitud me enroscaron como con una cuerda, unos por los 
      brazos, otros por las piernas, y lo hicieron apretando tanto, que aunque 
      cada uno de mis miembros slo estuviese atenazado por el cuello de una de 
      las garzas, no poda moverme lo ms mnimo.
           Mucho tiempo debieron de estar en esta postura, pues o cmo mandaron 
      a sus cuervos, que hasta ellos me haban elevado, que fuesen al mercado 
      para traerles comida y drsela al pico.
           Todava tuvimos que esperar a las moscas, porque no haban hendido el 
      aire tan velozmente como nosotros; sin embargo, ya se empezaba a orlas.
           En cuanto llegaron distribuyronse las partes de mi cuerpo, y lo 
      hicieron con tanta malicia que dejaron mis ojos a cargo de las abejas, a 
      fin de que con sus aguijones me los vaciasen; mis orejas las destinaron a 
      los moscardones, para que al mismo tiempo las aturdiesen y devorasen; mis 
      espaldas, a las pulgas, para que las llenasen de picaduras que me 
      desazonasen, y as sucesivamente. An no se haban dado todas las rdenes 
      necesarias para esa distribucin, cuando ya vi yo que se acercaban a m. 
      Pareca que todos los tomos del aire se hubieran convertido en moscas, 
      pues ya no vea yo ms que dos o tres dbiles rayos de luz que tmidamente 
      llegaban hasta m: tan espesos y apretados y cercanos a mi carne estaban 
      estos batallones!
           An cada mosca no haba escogido con el deseo el lugar de mi carne 
      que deba morder, cuando de pronto las vi retroceder bruscamente, y entre 
      la confusin de un infinito nmero de exclamaciones que resonaban hasta en 
      las nubes distingu varias veces esta palabra: Favor! Favor! Favor!
           Inmediatamente dos tortolillas se acercaron a m. Al verlas llegar 
      todos los funestos aparatos de mi muerte se disiparon; sent que mis 
      garzas relajaban los crculos de sus cuellos con que me apretaban y que mi 
      cuerpo, como sostenido por unos tirantes, caa desde lo alto de la copa de 
      estos rboles hasta el pie de sus races.
           No esperaba yo sino que con esta cada vendra a romperme la cabeza 
      contra cualquier roca; pero a pesar de mi miedo qued lleno de asombro al 
      encontrarme en el trmino de mi porrazo sentado sobre un avestruz blanco, 
      que tan pronto como me sinti sobre sus espaldas se puso a galopar.
           Segu en este viaje otro camino que el que haba andado antes, pues 
      me acuerdo que atraves un gran bosque de mirtos y otro de terebintos que 
      acababa en una vasta selva de olivos, donde me esperaba el rey Palomo 
      rodeado por toda su corte.
           Tan pronto como repar en m, mand que me ayudasen a bajar. En 
      seguida dos guilas de la guardia me tendieron sus patas y me llevaron 
      hasta donde su prncipe estaba.
           Por respeto quise yo abrazar y besar los diminutos espolones de su 
      majestad; pero l se retir. Yo os pregunto si conocis a este pjaro, 
      dijo.
           Y en hacindome esta pregunta me mostr un papagayo que se puso a 
      pavonear y batir las alas en cuanto not que yo le contemplaba: Pues me 
      parece -dije yo al rey- que le he visto en alguna parte; pero el miedo y 
      la alegra de tal modo turban mis recuerdos, que no puedo todava fijar 
      con claridad en dnde le he visto.
           Al or estas palabras el papagayo vino a abrazarme el rostro con sus 
      dos alas y me dijo: Cmo! Ya no conocis a Csar, el papagayo de 
      vuestra prima, por el cual tantas veces habis dicho que los pjaros 
      tienen entendimiento? Yo soy el que hace un momento, durante vuestro 
      proceso, he querido declarar a la asamblea los motivos de agradecimiento 
      que a vos me obligan; pero el dolor de veros ahora en tan gran peligro me 
      ha hecho caer desmayado. Sus razones acabaron de abrirme los ojos, y 
      habindole reconocido le abrac y le bes; l tambin me abraz y me bes. 
      Entonces -le dije yo- eres t, mi pobre Csar, el papagayo a quin yo 
      abr la jaula para restituirle la libertad, que la tirnica costumbre de 
      nuestro mundo te haba robado?
           El rey puso trmino a nuestras caricias y me habl de esta manera: 
      Hombre: entre nosotros jams es perdido hacer buenas acciones; por esto, 
      si por ser hombre merecas morir, aunque slo sea para expiar el delito de 
      haber nacido, ahora el Senado te otorga la vida. Bien puedes agradecer as 
      las luces con que la Naturaleza ilumin tu espritu hacindote presentir 
      en nosotros la razn que t no eras capaz de conocer. Anda, pues, en paz; 
      ve con Dios y vive dichoso.
           Luego, en voz muy baja dio algunas rdenes, y el avestruz blanco, 
      guiado por dos tortolillas, me sac de la asamblea.
           Despus de ir sobre l a galope casi media jornada me dej prximo a 
      una selva, por la que cuando l se parti yo me fui adentrando. En ella 
      comenc a gustar los placeres de la libertad y el de comer la miel que las 
      cortezas de los rboles destilaban. Creo que nunca hubiese puesto fin a mi 
      paseo, pues la agradable amenidad de este lugar siempre daba ocasin a mis 
      ojos para descubrir algo ms bello, si mi cuerpo hubiese podido resistir 
      al trabajo de buscarlo. Pero como realmente yo me encontraba muy rendido 
      por el cansancio, me tend sobre la hierba.
           Y estando as tendido a la sombra de los rboles, sintindome 
      invitado al sueo por la dulce frescura y el silencio de la soledad, un 
      rumor incierto de voces confusas, que me pareca or a mi alrededor, me 
      despert sobresaltadamente.
           El terreno era muy llano y no estaba erizado por ninguna maleza que 
      interrumpiese el libre viaje de la mirada; por esto la ma se alejaba 
      mucho, yendo ms all de los rboles y de la selva. Yo no vea a nadie, y 
      sin embargo el rumor de las voces que hasta mi odo llegaba no poda salir 
      sino de algn sitio cercano de m; de suerte que, fijando todava ms mi 
      atencin, o muy claramente algunas palabras griegas, y entre las muchas 
      personas a las que se oa hablar pude distinguir a una que con tales 
      razones lo haca:
           Su Excelencia el mdico, uno de mis aliados, el Olmo de tres 
      cabezas, acaba de enviarme a un Pinzn por el cual me hace saber que est 
      aquejado de una fiebre htica y por un gran sarampin de musgo que desde 
      la cabeza hasta los pies le cubre. Yo os suplico, en nombre de la amistad 
      con que me honris, que le recetis cualquier cosa.
           Estuve algn tiempo despus sin or nada, pero al cabo de un rato me 
      pareci escuchar estas razones:
           Aunque el Olmo de las tres cabezas no fuese amigo vuestro, y aunque 
      no me lo pidieseis vos, que lo sois mo, y vuestro ruego me lo hiciese el 
      ms extrao de nuestra especie, mi profesin me obligara a socorrerle 
      porque mi deber es hacerlo as con todo el mundo. Diris, por tanto, al 
      Olmo de tres cabezas que para curarse su mal necesita sorber la mayor 
      cantidad de alimento hmedo que pueda y la menor de seco; que al efecto 
      debe conducir las menudas ramitas de sus races hacia el ms blando lugar 
      de su lecho, no pensar ms que en cosas alegres y hacer que todos los das 
      le halaguen con su msica algunos ruiseores excelentes. Luego, que os 
      haga saber cmo le ha ido con ese rgimen de vida, y despus, segn el 
      progreso de su salud, cuando convenientemente nosotros hayamos dispuesto 
      sus humores, alguna cigea amiga nuestra le dar de mi parte un clister 
      que le dejar francamente en la convalecencia.
           Cuando dijeron estas razones yo no o el menor ruido; hasta que un 
      cuarto de hora despus una voz en la que todava, segn creo, no haba 
      reparado, lleg hasta mi odo, y he aqu lo que deca: Hola, horquillita, 
      dorms? Luego o otra voz que as contestaba: No, fresca corteza. Por 
      qu? Porque -replic la voz que primero rompi el silencio-, porque yo 
      me siento emocionada del mismo modo que acostumbramos a estremecernos 
      cuando esos animales que se llaman hombres estn cerca de nosotros, y 
      quera preguntarte si t sientes lo mismo.
           Tard un poco en responder la otra voz, como si en ese intervalo 
      hubiese querido aplicar todos sus sentidos ms secretos al descubrimiento 
      del hombre; mas luego exclam: Dios mo, razn tenais, y os juro que 
      encuentro a mis rganos tan alterados por las especies del hombre, que o 
      mucho me equivoco, o alguno hay muy cerca de aqu!
           Entonces se oyeron muchas voces, y todas a coro afirmaban que sentan 
      la presencia de un hombre.
           Por ms que yo miraba por todas partes no descubra de dnde pudiesen 
      venir esas palabras. Por fin, luego que me repuse un poco del horror con 
      que este acontecimiento me haba consternado, contest a la voz que 
      advirti que senta a un hombre y le dije que estaba efectivamente en lo 
      cierto. Pero os suplico -agregu- quienquiera que seis, voz que de m 
      decs esas razones, me enseis en dnde estis. Un momento despus 
      escuch estas palabras:
           Nosotros estamos ante tu presencia. Tus ojos nos miran y no nos 
      ves! Fjate en las encinas, en las que nosotros sentimos que tienes la 
      vista puesta; somos nosotros los que te hablamos, y si te extraa que lo 
      hagamos en una lengua del pueblo al que t perteneces, sepas que nuestros 
      primeros padres de all son originarios; ellos vivan en Epiro, en el 
      bosque de Dodona, en el cual su bondad natural los inclin a decir los 
      orculos a los afligidos que por ellos preguntaban; para cumplir este 
      menester haban aprendido la lengua griega, que entonces era la ms 
      universal, a fin de que todo el mundo los entendiese; y como nosotros 
      descendemos de ellos, el don de la profeca ha llegado hasta nosotros 
      transmitindose de padre a hijos. Ahora bien; t sabrs que una grande 
      guila de Dodona, a la. que nuestros padres daban albergue, como no poda 
      ir a buscarse el gobierno porque se le haba roto una pata, se alimentaba 
      con las bellotas que las ramas de las encinas le suministraban; esto hizo 
      hasta que un da, cansada de vivir en un mundo en el que tanto sufra, 
      encamin su vuelo hacia el Sol, y tan dichoso trmino dio a su viaje que 
      lleg por fin hasta el globo luminoso en que ahora estamos; pero al llegar 
      aqu el calor del clima la hizo provocar; con la cual ech fuera de s 
      muchas bellotas que no haba an digerido; estas bellotas germinaron y 
      crecieron varias encinas de las que nosotros somos nietos.
           As es como nosotros cambiamos de morada. Ahora bien; aunque vos nos 
      oigis hablar una lengua humana no pensis por esto que los otros rboles 
      se producen lo mismo; solamente nosotros, las encinas nacidas en la 
      floresta de Dodona, hablamos como los hombres. Pues los otros vegetales se 
      expresan del modo que voy a deciros. Nunca habis observado ese cfiro 
      dulce y sutil que siempre alienta en el borde de este bosque? Pues se es 
      el rumor de su palabra, y ese pequeo murmullo, ese delicado son con que 
      ellos rompen el sagrado silencio de su soledad es precisamente su idioma. 
      Y aunque el ruido de los bosques parezca siempre el mismo es sin embargo 
      distinto, y cada especie de rbol tiene uno propio, de modo que el abedul 
      no habla como el arce, ni el arce como el haya, ni sta como el cerezo. Si 
      las necias gentes de vuestro mundo me oyesen hablar como lo estoy haciendo 
      creeran que el diablo se haba albergado en mi corteza, pues como ni 
      siquiera creen que seamos sensitivos, tampoco creen que podamos razonar. Y 
      esto aunque todos los das estn viendo que al primer golpe con que el 
      leador asalta a un rbol el hacha entra en la carne de ste hasta una 
      profundidad cuatro veces mayor que la que alcanza al segundo golpe; de lo 
      cual debiera inducir que ciertamente el primer golpe ha sorprendido y 
      acometido al rbol estando ste desprevenido, pues tan pronto como el 
      dolor le advirti su desventura se recogi en s mismo y reuni sus 
      fuerzas para combatir hasta quedarse como petrificado, para resistir la 
      dureza de las armas de su enemigo. Pero mi obligacin no es el hacer ver 
      la luz a los ciegos; un individuo me parece que es toda la especie y a 
      toda la especie la considero como un individuo cuando ste no est 
      infectado por los errores de la especie; por esto os ruego que estis 
      atento, porque al propio tiempo que a vos os hablo voy a hacerlo a todo el 
      gnero humano.
           En primer lugar, habris de saber que casi todos los conciertos de 
      los pjaros estn acordados en honor y alabanza de los rboles; pero 
      tambin, en recompensa del cuidado con que ellos agradecen nuestras buenas 
      acciones, nosotros tomamos el de esconder sus amores; porque no os 
      imaginis que cuando a vosotros os cuesta tanto el descubrir sus nidos es 
      por la prudencia con que ellos los esconden. Es el mismo rbol el que 
      repliega sus ramas en torno del nido para guardar a la familia de su 
      husped de las crueldades de los hombres, y si no lo creis as, fijaos en 
      esos otros pjaros que parecen haber nacido para destruir a sus hermanos, 
      como, por ejemplo, los gavilanes, los vampiros, los milanos, los halcones, 
      etc., o que tan slo hablan para reir, como los arrendajos y las urracas, 
      o que se complacen en hacerles miedo, como los bhos o los autillos, y 
      veris cmo abandonamos sus nidos a la vista de todo el mundo, retirando 
      de ellos la solicitud de nuestras ramas para que as puedan ser presa de 
      todo el mundo; pero no es necesario ir detallando tantas cosas para probar 
      que los rboles ejercen con el cuerpo o con el alma todas nuestras 
      funciones. Por ventura algn hombre habr dejado de observar que cuando 
      llega la primavera y el sol rejuvenece nuestra corteza, alegrndola con 
      una savia fecunda, alargamos nosotros nuestras ramas y las inclinamos 
      cargadas de fruto hacia el seno de la Tierra, cuyos amantes somos? La 
      Tierra, por su parte, se entreabre y se entibia con un calor idntico, y 
      como si cada una de nuestras ramas fuese un..., ella se acerca para 
      unrsenos, y entonces nuestras ramas, transidas de placer, descargan en su 
      regazo la semilla, que ya la Tierra est impaciente por fecundar. Y a 
      pesar de esta impaciencia est nueve meses para formar el embrin antes de 
      que a la luz lo d; pero el rbol, su marido, que teme que el fro del 
      invierno dae su embarazo, se despoja de su ropa verde para cubrirlo y l 
      se contenta, para ocultar un poco su desnudez, con un vicio manto de hojas 
      muertas.
           Y vosotros los hombres estis eternamente mirando estas cosas y no 
      las contemplis jams con atencin, y hasta habis tenido ante vuestros 
      ojos ms convincentes pruebas y ni siquiera han estremecido a los menos 
      obstinados.
           Tena yo la atencin muy embargada por las razones con que esta 
      arbrea voz me hablaba y esperaba que prosiguiese, cuando de pronto ces 
      de hacerlo, con el mismo tono que una persona a la que el aliento corto le 
      impidiese hablar.
           Como yo la viese muy obstinada en guardar el silencio, la rogu por 
      el amor de todas las cosas que ms pudiera emocionarla que se dignase 
      instruir a una persona que no haba corrido los peligros de tan largo 
      viaje sino para aprender. Entonces o tres o cuatro voces que por el amor 
      mo le repetan mi ruego, y o que una de ellas le deca, como con voz 
      enfadada:
           Est bien: puesto que vos os quejis tanto de vuestros pulmones, 
      reponeos; yo mismo le contar la historia de los rboles amantes. Ah! 
      -exclam yo entonces, hincndome de hinojos-. Quienquiera que seis, oh 
      la ms sabia de todas las encinas de Dodona, que os dignis tomaros el 
      trabajo de instruirme!, tened la seguridad de que yo no ser ingrato ni 
      desagradecido a la voluntad que tenis de darme vuestras lecciones, pues 
      hago voto de que si alguna vez vuelvo a mi pueblo natal all publicar las 
      maravillas de las cuales tengo la honra, por vos otorgada, de ser 
testigo.
           En haciendo yo esta promesa o que la misma voz prosegua de esta 
      manera: Mirad, hombrecillo, a diez o quince pasos de vuestra mano 
      derecha; veris all dos rboles gemelos, de mediana talla, que 
      confundiendo sus ramas y sus races se esfuerzan con mil deseos en 
      convertirse en un solo rbol.
           Yo volv los ojos hacia esas plantas de amor y observ que las hojas 
      de las dos, ligeramente agitadas por una emocin que casi pareca 
      voluntaria, producan al estremecerse un tan delicado murmullo que apenas 
      rozaba el odo. Y con l, sin embargo, ellas intentaban preguntarse y 
      contestarse!
           Despus que pas el tiempo aproximadamente necesario para observar 
      este doble vegetal, la buena encina amiga ma reanud de esta manera el 
      hilo de su discurso:
           Acaso durante vuestra vida nunca osteis hablar de la famosa 
      amistad de Plades y Orestes?
           Yo os contara todas las alegras de su dulce pasin y os 
      descubrira todos los milagros con que estos amantes han asombrado a su 
      siglo, si no temiese que tanta luz llegara a ofender vuestra razn. Por 
      esto tan slo os pintar a estos dos jvenes soles en el momento de su 
      eclipse.
           Bsteos saber que un da el bravo Orestes, comprometido en una 
      batalla, buscaba a su querido Plades para gozar el placer de vencer o 
      morir en su presencia, cuando repar que vena aqul aprisionado entre 
      cien brazos de hierro que le erguan por encima de su cabeza. Dios mo! 
      Qu pas entonces por l? Desesperado se lanz a travs de una selva de 
      lanzas y grit, aull, y fuese echando espumarajos. Pero qu mal os pinto 
      con estas palabras el horror de los movimientos de este desventurado! Se 
      arrancaba el cabello, se coma las manos, desgarraba sus heridas. He de 
      confesaros, al trmino de esta descripcin, que la manera de expresar su 
      dolor muri con su muerte. Cuando con su espada pensaba abrirse un camino 
      para ir en socorro de Plades, una montaa de hombres se opuso a su paso. 
      l, sin embargo, atraves esta montaa; y luego de andar mucho tiempo 
      sobre los trofeos yacentes de su victoria, fue poco a poco acercndose a 
      Plades; pero le pareci que estaba tan prximo de la muerte, que ya no se 
      atrevi siquiera a defenderse de sus enemigos, temeroso de sobrevivir a la 
      nica razn de su vida. Se dira tambin, al ver sus ojos cubiertos por 
      las sombras de la muerte, que tema con sus miradas envenenar las heridas 
      de su amigo. Finalmente cay Plades sin vida, y el amoroso Orestes, que 
      ya senta la suya temblndole en el borde de los labios, la retuvo en 
      ellos hasta que con una mirada perdida encontr a Plades, que entre los 
      muertos yaca; se acerc a l, y besndole la boca pareca querer 
      introducir su alma en el cuerpo difunto del amigo.
           El ms joven de estos hroes muri de dolor sobre el cadver de su 
      amigo, y sabris que de la podredumbre de su cuerpo, que sin duda haba 
      abonado la Tierra, se vio nacer entre los huesos, ya blancos, de sus 
      esqueletos dos tiernos arbustillos, cuyos tallos y ramas, entrelazndose 
      confusamente, pareca que slo creciesen para enlazarse todava ms. Bien 
      se vea que aun cambiando de ser no haban olvidado la amistad que tenan, 
      porque sus capullos perfumados se inclinaban unos sobre otros y 
      recprocamente se entibiaban con su aliento, como para ayudarse a abrir 
      ms tempranamente. Y qu decir de la amorosa equidad que gobernaba su 
      sociedad? Nunca el jugo donde reside el alimento se ofreca a sus venas 
      sin que lo partiesen con ceremonia; siempre, cuando uno estaba mal 
      nutrido, el otro estaba enfermo de inanicin y ambos sorban de su nodriza 
      el jugo de su seno, como vosotros le sorbis de los pechos de vuestras 
      madres; la nica diferencia era que as como ellos tomaban ese jugo de lo 
      profundo, vosotros lo tomis de la superficie del seno de la madre. 
      Finalmente, estos amantes bienaventurados vinieron a dar manzanas; pero 
      tan milagrosas eran, que todava hicieron ms milagros que sus padres. Tan 
      pronto como alguien coma una manzana de uno de estos rboles se enamoraba 
      apasionadamente de cualquiera que hubiese comido manzanas del otro; y esto 
      ocurra casi siempre porque todos los tallos de Plades rodeaban a los de 
      Orestes o estaban a su vez rodeados por ellos; y sus frutos, casi gemelos, 
      no podan decidirse a estar alejados.
           Sin embargo, la Naturaleza haba distinguido la energa de su doble 
      esencia con tanta precaucin, que cuando el fruto de esos rboles era 
      comido por un hombre y el fruto del otro rbol por otro hombre, se 
      engendraba una amistad recproca, y cuando lo mismo suceda entre personas 
      de sexos diferentes, engendrbase amor; pero un amor generoso, que siempre 
      guardaba la fuerza de su origen, porque aunque este fruto proporcionase su 
      efecto a la potencia, debilitando su virtud en la mujer, siempre 
      conservaba no s qu de masculino.
           Tambin hay que hacer notar que el amante que coma ms fruto era el 
      ms amado, y no hay que temer que fuese muy dulce y muy hermoso, pues nada 
      hay tan bello ni tan dulce como la amistad. Tambin estas dos cualidades 
      de bueno y hermoso, que pocas veces se encuentran juntas en un mismo 
      individuo, le hicieron a l famoso. Oh, cuntas veces con su milagrosa 
      virtud multiplic los ejemplos de Plades y de Orestes! Desde aquel tiempo 
      se vieron Hrcules y Teseos, Aquiles y Patroclos, Nises y Embiales; en 
      fin, incontables amantes de los que con sus pasiones sobrehumanas han 
      consagrado su memoria en el templo de la eternidad. Se llevaron al 
      Peloponeso retoos de estos rboles, con los cuales se adorn el parque de 
      ejercicios donde los tebanos educaban a la juventud. Estos rboles gemelos 
      estaban plantados en lnea, y cuando llegaba la sazn en que el fruto 
      penda de sus ramas, los jvenes que todos los das iban al campo tentados 
      por su belleza, no se abstuvieron de comer; su virtud, como de costumbre, 
      surti en seguida su efecto: se les vio que todos se entregaban las almas 
      recprocamente; cada uno se converta en la mitad del otro y viva menos 
      en s que en su amigo, de modo que el ms cobarde, pensando en el valor de 
      su compaero, acometa temerarias empresas.
           Esta celeste enfermedad enardeci la sangre de estos jvenes con tan 
      noble ardor que, por consejo de los sabios, todos estos amantes se 
      alistaron para la guerra en una misma compaa. En honor a las muchas 
      acciones heroicas que ejecut se la llam luego la Banda Sagrada. Sus 
      hazaas fueron mucho ms heroicas de lo que Tebas esperaba, porque cada 
      uno de estos bravos, para proteger a su amante o para merecer su amor, 
      acometa en el combate proezas tan increbles que la antigedad no vio 
      nunca cosas semejantes. As que mientras existi esta amorosa compaa, 
      los tebanos, que antes eran considerados como los peores soldados griegos, 
      ya superaron siempre a los ms belicosos pueblos de la Tierra, incluso los 
      lacedemonios.
           Pero entre las muchas y muy laudables acciones a que impulsaron 
      estas manzanas, inocentemente causaron otras muy vergonzosas.
           Mirra, joven y principal doncella, comi el fruto con su padre 
      Ciniro; desgraciadamente una manzana era de Plades y la otra de Orestes. 
      Por esta razn el amor confundi tanto sus naturalezas que Ciniro poda 
      decir: Yo soy mi yerno, y Mirra: Yo soy mi madrastra. En fin, creo que 
      ser bastante, para que sepis hasta dnde lleg este crimen, deciros que 
      el padre, al cabo de nueve meses, fue abuelo de lo que l mismo engendr y 
      que la hija dio a luz hermanos suyos.
           Todava no contento el azar con este crimen, quiso que un toro que 
      entr en los jardines del rey Minos encontrase, desgraciadamente, en un 
      rbol de Orestes algunas manzanas, que comi; y digo desgraciadamente 
      porque la reina Pasiphae coma todos los das estas manzanas. Por ende, 
      quedaron furiosamente enamorados. No os explicar la enorme monstruosidad 
      de este ayuntamiento; bsteos saber que Pasiphae descendi hasta un crimen 
      que an no haba tenido precedentes.
           El famoso escultor Pigmalin, precisamente por este tiempo, esculpa 
      en el Palacio una Venus de mrmol; la reina, amante de los buenos 
      artistas, para obsequiarle le hizo el presente de una pareja de estas 
      manzanas; el escultor comi la ms bella, y como el agua, que como 
      vosotros sabis es necesaria para trabajar el mrmol, le faltase por 
      casualidad entonces, con el jugo de la otra manzana humedeci su estatua. 
      El mrmol, penetrado en seguida por ese jugo se abland poco a poco, y la 
      enrgica virtud de esta manzana, conduciendo su accin segn el designio 
      del artista, sigui por dentro de la imagen los rasgos que encontrara en 
      su superficie y fue dilatando, dando calor y enardeciendo las partes del 
      mrmol que a su paso encontraba. Finalmente, el mrmol se convirti en una 
      cosa viva, y estremecido por la pasin de la manzana abraz a Pigmalin 
      con todas las fuerzas de su enamorado pecho, y Pigmalin, transido por una 
      pasin recproca, tom a su estatua como mujer.
           En esta misma provincia la joven Iphis haba comido estas manzanas 
      acompaada por la hermosa Yante, su amiga, con todas las circunstancias 
      precisas para producir una amistad recproca. El fruto produjo su efecto 
      acostumbrado; pero como Iphis encontrase su amistad de un gusto muy 
      sabroso y el cario iba creciendo a medida que aumentaba el nmero de 
      manzanas que coma sin que llegase a saciarse, usurp todas las funciones 
      del amor, el cual, a fuerza de aumentar, poco a poco se hizo ms masculino 
      y ms vigoroso. Pues como todo su cuerpo, exaltado por este fruto, ardiese 
      en deseos de producir movimientos que respondiesen a los entusiasmos de su 
      voluntad, tan fuertemente agit dentro de s a la materia, que se cre 
      rganos mucho ms fuertes capaces de realizar su pensamiento y dar plena 
      satisfaccin a su amor en la ms viril extensin; es decir, que Iphis se 
      convirti en lo que es necesario para casarse con una mujer.
           Si no me faltase luego la palabra justa para calificar lo que voy a 
      contaros, yo dira que esa aventura era un milagro. Pero reparad en esta 
      otra:
           Un hombre, joven y muy principal, haba merecido por las muestras de 
      su amor que le correspondiese con el suyo una doncella muy hermosa, a la 
      que los poetas han cantado con el nombre de Eco; pero como vos sabis que 
      las mujeres nunca se sienten bastante queridas ni a su gusto, Eco, que 
      haba odo hablar de las manzanas de Orestes, cogi muchas de ellas de 
      distintos rboles, y como siempre, muy temerosa, pensaba que las de un 
      rbol tuviesen menos fuerza amorosa que las del otro, quiso que Narciso 
      probase las manzanas de los dos; mas apenas las hubo comido, la imagen de 
      Eco se borr completamente de su memoria y todo su amor se volvi hacia el 
      que haba comido la otra manzana, es decir, fue su amante y su amada al 
      mismo tiempo, porque el jugo de la manzana de Plades abraz dentro de s 
      a la manzana de Orestes. Este fruto gemelo, extendido por toda la masa de 
      su sangre, excit todas las partes de su cuerpo a acariciarse; su corazn, 
      en donde se filtraba la doble virtud de los frutos, encendi en su 
      interior todas las llamas; todos sus miembros, animados por su pasin, 
      quisieron penetrarse unos a los otros, y hasta su imagen, que encendida se 
      volcaba en la frialdad de las fuentes, atraa su cuerpo para unirse con 
      l; en una palabra, el pobre Narciso qued locamente enamorado de s 
mismo.
           No os aburrir contndoos su deplorable catstrofe; los antiguos han 
      hablado ya bastante de esto; pero tengo que contaros todava dos aventuras 
      que os han de producir mayor contento.
           Seguramente, vos sabris que la hermosa Salmacis frecuentaba mucho 
      la amistad del pastor Hermafrodita; mas esta amistad no tena otra causa 
      que la de vivir cerca; pero la fortuna, que se complace en turbar la 
      tranquilidad de las vidas ms sosegadas, quiso que en una asamblea de 
      juegos, para los cuales el premio de belleza y de carreras eran dos de 
      estas manzanas, Hermafrodita tuviese la de la carrera y Salmacis la de la 
      belleza. Tales manzanas, aunque haban sido cogidas muy juntas, 
      pertenecan a dos ramas distintas, porque estos frutos amorosos se 
      mezclaban con tanta estrechez que uno de Plades estaba siempre con uno de 
      Orestes, y por esto, como parecan gemelos, todos cortaban siempre una 
      pareja. La hermosa Salmacis comi su manzana y el gentil Hermafrodita puso 
      la suya en su zurrn. Salmacis, inspirada por los ardores de su manzana y 
      de la del pastor, que ya comenzaba a entibiarse dentro de su zurrn, 
      empez a sentirse atrada hacia l por el flujo y reflujo amoroso de su 
      propia manzana y de la del pastor.
           Los padres de ste, que advirtieron los amores de la ninfa, 
      procuraron, porque crean que esta alianza haba de ser muy ventajosa, 
      entretener y acrecer esa pasin. Para ello, como oyesen alabar las 
      manzanas gemelas como un fruto cuyo jugo inclinaba los espritus al amor, 
      ellos las exprimieron y procuraron hacer beber su ms refinada 
      quintaesencia a su hijo y a su amante. La energa de esta destilacin, que 
      haban purificado hasta el ms alto grado, encendi en los corazones de 
      estos dos amantes tan vehementes deseos de unirse, que de pronto 
      Hermafrodita se adentr en Salmacis y Salmacis se fundi entre los brazos 
      de Hermafrodita. As penetraron el uno en el otro, y de dos personas de 
      sexo distinto vinieron a formar un cuerpo que ya no era ni hombre ni 
      mujer. Cuando Hermafrodita quiso abrazar a Salmacis sinti que l mismo 
      era la ninfa, y cuando Salmacis quiso que Hermafrodita la abrazase sinti 
      que su propio ser se haba convertido en el del pastor. Este doble tan 
      extrao guardaba, sin embargo, su unidad; engendraba y conceba sin ser 
      hombre ni mujer, de modo que la Naturaleza, en estos dos amantes, nos hizo 
      ver una maravilla que ha seguido siendo despus la ms sorprendente.
           No os parecen extraordinarias estas leyendas? As lo son; pues ver 
      a una hija ayuntarse con su padre, a una joven princesa gozar los amores 
      de un toro, a un hombre aspirar al goce de una piedra, a otro maridarse 
      consigo mismo y a otro llegar a casarse hombre cuando antes haba sido 
      mujer, y convertirse en gemelos fuera del vientre de la madre y gemelo de 
      una persona que no es pariente suyo, est muy lejos del natural camino que 
      las cosas siguen en la Naturaleza. Pero aun os sorprender ms lo que 
      ahora voy a contaros:
           Entre la suntuosa variedad de frutas que desde los ms lejanos 
      climas se haban llevado para el festn de las bodas de Cambises sirvieron 
      una que consista en un pltano injerto de manzana de Orestes; entre las 
      otras delicadezas que componan el postre se sirvieron manzanas del mismo 
      rbol.
           La ambrosa de los manjares invit a comerlos en abundancia, y como 
      la materia que compona este fruto se convirtiese despus de tres 
      cocciones en un germen perfecto, formse en el vientre de la reina el 
      embrin de su hijo Atajerjes, pues todas las particularidades de su vida 
      han hecho creer a los mdicos que debi engendrarse de tal modo.
           Cuando el corazn joven de este prncipe entr en la edad de merecer 
      la clera del amor nadie advirti que suspirase por sus semejantes: tan 
      slo amaba a los rboles, a los pastores y a los bosques; pero por encima 
      de todos los rboles, a los que pareca querer, suspiraba por el hermoso 
      pltano que su padre Cambises haba injertado antao del manzano de 
      Orestes. Tanto, que por l se consuma de amor.
           Su alma segua con tal cuidado los progresos del pltano, que 
      pareca crecer al mismo tiempo que las ramas de este rbol; iba todos los 
      das a abrazarle; cuando soaba tan slo lo haca con l y bajo el 
      contorno de su verde follaje tena todos sus pensamientos. Bien pronto se 
      advirti que el pltano, exaltado por un ardor recproco, estaba 
      emocionadsimo por sus caricias; y vino a dar prueba de ello el que de 
      repente, y sin que esto obedeciese a ninguna razn aparente, viose que sus 
      hojas temblaban y se estremecan como llenas de alegra y que sus ramas se 
      curvaban redondamente sobre la cabeza del prncipe, como para hacerle una 
      corona y acariciar su rostro; y todo esto, como era fcil de comprender, 
      lo haca tan slo por besarle, no por inclinacin natural de tender sus 
      brazos hacia el suelo. Se adverta tambin cun celosamente dispona sus 
      hojas, apretndolas una contra otra para que los rayos del Sol no se 
      tamizasen a travs de ellas y besasen al prncipe como ellas le besaban. 
      El prncipe, por su parte, ya no guard ningn respeto que impusiese 
      trabas a su amor: hizo que le llevasen su cama al pie del pltano, y ste, 
      no sabiendo cmo agradecer tanta prueba de amistad, le daba el don ms 
      querido y ms caro de los rboles; es decir, su miel y su roco, que todas 
      las maanas destilaba sobre l.
           Estas caricias hubiesen durado ms tiempo si la muerte, enemiga de 
      todo placer, no las hubiese puesto trmino: Atajerjes muri de amor entre 
      los abrazos de su querido pltano, y todos los persas, afligidos por la 
      muerte de tan buen prncipe, quisieron, para darle todava alguna 
      satisfaccin despus de la muerte, que su cuerpo fuese quemado con las 
      ramas de este rbol, sin que su madera se mezclase con ninguna otra para 
      encender el fuego que haba de consumirle.
           Cuando ya estuvo la hoguera encendida viose cmo su llama se 
      retorca abrazando las llamas que del cuerpo brotaban y cmo las melenas 
      ardientes del fuego, rizndose en confundidos bucles, se desvanecan 
      formando una pirmide cuyo vrtice se perda de vista en los mbitos del 
      cielo.
           Este fuego puro y sutilsimo no se dividi, y cuando lleg al Sol, 
      adonde, como vos sabis, toda materia pura asciende, dio forma al germen 
      del manzano de Orestes que aqu a vuestra diestra veis.
           Desde entonces la especie de estas manzanas se perdi en vuestro 
      mundo; lo que sucedi de esta manera:
           Los padres y las madres, que, como vos sabis, slo se dejan guiar 
      por el inters en el gobierno de sus familias, molestos de que sus hijos 
      tan pronto como probaban estas manzanas prodigaban a sus amigos todo lo 
      que posean, quemaron cuantos rboles de Orestes pudieron encontrar. Por 
      esto desde que se ha perdido esta especie arbrea ya no se encuentra en la 
      Tierra ningn amigo verdadero.
           A medida que estos rboles fueron consumindose por el fuego, las 
      lluvias que caan encima calcinaron sus cenizas de modo que su jugo, 
      congelado, se petrific del mismo modo que el helecho quemado se 
      metamorfosea en vidrio. Con esto, en todas las regiones de la Tierra, de 
      las cenizas de estos rboles gemelos produjronse dos piedras metlicas 
      que hoy se llaman hierro la una e imn la otra, y que a causa de la 
      simpata de los frutos de Plades y Orestes, cuya virtud han conservado 
      siempre, aspiran constantemente a abrazarse; y para convenceros observad 
      que si el pedazo de imn es ms grande atrae al hierro, y si ste posee 
      mayor cantidad de materia atrae al imn, como sucedi antao con las 
      manzanas de Plades y Orestes, pues el amante que coma mayor cantidad de 
      stas era ms amado que el que haba comido las de Plades.
           Por lo dems, el hierro se nutre de imn y el imn se nutre de 
      hierro, y esto es tan evidente que el imn pierde su fuerza, a menos de 
      que se los acerque uno a otro para reparar mutuamente las prdidas 
      sufridas en su substancia.
           Nunca habis reparado en un pedazo de imn apoyado sobre limaduras 
      de hierro? Si lo observis veris que el imn en un abrir y cerrar de ojos 
      se recubre con esos tomos metlicos; y el amoroso ardimiento con que se 
      aprietan hacia l es tan sbito y tan impaciente, que tan pronto como 
      totalmente le hayan abrazado veris cmo parece que no hay ni un solo 
      tomo de imn que no quiera besar a un tomo de hierro y ni un tomo de 
      hierro que no quiera unirse con un tomo de imn; porque el hierro o el 
      imn, cuando estn separados, envan continuamente los ms diminutos 
      cuerpos movibles de su masa hacia la de otros cuerpos que ellos aman; pero 
      una vez que han encontrado esos cuerpos, como ya no tienen nada que 
      desear, cada uno termina su viaje y el imn invierte su reposo en poseer 
      al hierro, como el hierro concentra toda la actividad de su ser en el goce 
      del imn. Es, pues, de la savia de estos dos rboles de donde se ha 
      destilado el humor que ha dado origen a estos dos metales. Antes de esto 
      eran completamente desconocidos, y si queris saber con qu materias se 
      hacan las armas de guerra, escuchad: Sansn se arm con una mandbula de 
      asno para luchar contra los filisteos; Jpiter, rey de Creta, para vencer 
      a sus enemigos, usaba los fuegos artificiales, con cuyos destellos imitaba 
      al rayo; finalmente, Hrcules venci a los tiranos y subyug a los 
      monstruos con una porra. Pero an tienen estos dos metales una relacin 
      ms directa con los dos rboles. Vos sabis que aunque esta pareja de 
      amantes sin vida se inclinan hacia el polo, nunca van hacia l sino en 
      compaa uno de otro, y de ello os voy a dar razn luego que os hable un 
      poco de los polos.
           Los polos son las bocas del Cielo y por ellas recibe ste la luz, el 
      calor y las influencias que sobre la Tierra reparte; si no fuese as, es 
      decir, si todos los tesoros del Sol no volviesen a su manantial, hara ya 
      mucho tiempo (puesto que su claridad no es ms que un polvo de tomos 
      encendidos que de su globo se desprenden) que se habra apagado y no 
      lucira, o bien esa abundancia de pequeos cuerpos gneos que se amontonan 
      sobre la Tierra al no salir de ella la habran consumido. Por esto es 
      necesario, como os digo, que haya en el Cielo unos agujeros por los cuales 
      expulse la Tierra las sobras de su materia y otros por donde el Cielo 
      pueda reparar sus prdidas, a fin de que la eterna circulacin de estos 
      cuerpos generadores de vida penetren sucesivamente en todos los globos de 
      este gran universo. Ahora bien; los agujeros del Cielo son los polos; por 
      ellos se alimentan con las almas de todo lo que muere en los mundos que 
      hay en l; y todos los astros son sus bocas y los poros por donde se 
      exhalan de nuevo sus espritus. Para demostraros que esto no es una 
      fantasa muy nueva os dir que cuando vuestros poetas antiguos, a quienes 
      la filosofa haba descubierto los ms escondidos secretos de la 
      Naturaleza, hablaban de un hroe de cuya alma queran decir que haba ido 
      a habitar con los dioses, venan a expresarlo con estas palabras: Ha 
      subido al polo, est sentado sobre el polo, ha atravesado el polo, porque 
      saban que los polos eran las nicas entradas por donde el Cielo reciba 
      todo lo que ha salido de l. Si la autoridad de estos grandes hombres no 
      os satisface plenamente, la experiencia de los contemporneos vuestros que 
      han viajado hacia el Norte quiz os convenza. stos se han encontrado con 
      que cuanto ms se acercaban a la Osa durante los seis meses de noche en 
      los cuales se ha credo que esa regin estaba completamente a obscuras, 
      una claridad mayor iluminaba el horizonte, y esa claridad seguramente 
      proceda del polo, pues a medida que a l se acercaban y que, por 
      consiguiente, se alejaban del Sol, esta luz se haca mayor. Es pues muy 
      probable que proceda de los rayos del da y de un gran montn de almas, 
      que, como vos sabis, estn hechas de tomos luminosos que se vuelven al 
      Cielo por sus acostumbradas puertas.
           Despus de esto no es difcil comprender por qu el hierro atrado 
      por el imn o ste atrado por el hierro se encaminan hacia el polo, pues 
      siendo aqullos parte del cuerpo de Plades y de Orestes, y como ambas 
      piedras han conservado siempre las inclinaciones de los dos rboles, como 
      los rboles conservaron las de los dos amantes, deben aspirar a unirse con 
      su alma. Por esto se elevan hacia el polo, adonde ellos creen que ha 
      ascendido; pero habis de saber que el hierro no se eleva hacia el polo si 
      no est atrado por el imn ni el imn lo hace si no est atrado por el 
      hierro, porque el hierro no quiere abandonar este mundo privado de la 
      compaa de su amigo el imn ni el imn quiere hacerlo privado de su amigo 
      el hierro, y no pueden resolverse a hacer este viaje el uno sin el otro.
           Creo que esta voz pretenda todava ensartar otro discurso; pero el 
      ruido de una grande alarma que en este punto sobrevino no le consinti 
      hacerlo. Todo el bosque resonaba con el rumor de estas palabras: Cuidado 
      con la peste!
           Yo conjur al rbol cuya voz tanto tiempo haba estado hablndome a 
      que me dijese cul era la causa de tan gran desorden.
           Amigo mo -respondime l-, en este trozo del bosque an no estamos 
      bien informados de los detalles del mal que ese rumor nos anuncia; tan 
      slo os dir en tres palabras que esta peste que nos amenaza es lo que 
      entre los hombres se llama incendio; y bien le podemos llamar as puesto 
      que entre nosotros no hay enfermedad tan contagiosa. El remedio que 
      nosotros pensamos utilizar es el contener nuestros alientos y luego soplar 
      todos juntos hacia el lugar de donde viene el incendio, a fin de rechazar 
      ese aire malo. Yo creo que quien nos ha trado esta fiebre ardiente es una 
      bestia de fuego que ronda desde hace algunos das alrededor de estos 
      bosques, pues como esas bestias nunca van a sitio alguno que no lleven 
      consigo el fuego, porque no pueden pasar sin l, sta seguramente habr 
      venido a prenderle en un rbol de nuestro bosque.
           Nosotros habamos llamado a un animal de Hielo para que acudiese en 
      socorro nuestro; pero todava no ha llegado. Y ahora, amigo, quedad con 
      Dios, que ya no tengo tiempo para seguir hablando; es necesario pensar en 
      la salvacin comn, y vos creo que tambin debis hacer lo mismo y 
      emprender la fuga; si no, temo que corris el peligro de perecer con 
      nuestra ruina.
           Yo segu su consejo, pero sin darme mucha prisa, porque conoca mis 
      piernas; sin embargo, conoca tan poco la geografa del pas que al cabo 
      de dieciocho horas de andar me encontr otra vez detrs de la selva de la 
      que quera huir; y aqu, para aumentar mi miedo, cien espantosos truenos 
      hicieron estremecer mi cerebro, mientras que la funesta y plida claridad 
      de mil relmpagos vena a cegarme las pupilas.
           Los truenos se oan cada vez con ms redoblada furia; ya pareca que 
      los cimientos del mundo iban a derrumbarse. A pesar de todo esto el cielo 
      no poda estar ms sereno. Como yo no hallase en mi razn trminos para 
      explicarme la de estos truenos, el deseo de conocer la causa de un suceso 
      tan extraordinario me invit a encaminarme hacia el lugar de donde su 
      ruido vena.
           Casi anduve el espacio de cuatrocientos estadios, al fin de los 
      cuales vi en medio de una gran campia algo as como dos olas que al cabo 
      de rodar una tras otra muy ruidosamente se acercaban y luego se 
      rechazaban. Y observ que cuando el choque se produca sonaban los enormes 
      truenos que yo oa; pero as que fui acercndome ms vi que lo que me 
      parecan olas eran dos animales, uno de los cuales, aunque redondo por 
      bajo, formaba un tringulo por su mitad; tena la cabeza muy levantada, y 
      su roja cabellera flotante se ergua como una pirmide; su cuerpo estaba 
      horadado corno una criba, y a travs de estos agujerillos, que le servan 
      de poros, se vean surtir pequeas llamas que parecan cubrirlo con un 
      plumaje de fuego.
           Pasendome por el alrededor encontr a un anciano muy venerable que 
      contemplaba este famoso combate con tanta curiosidad como yo lo haca. Me 
      indic que me acercase, yo le obedec y nos sentamos uno al lado del otro.
           Yo tena el propsito de preguntarle cmo haba llegado hasta aqu; 
      pero l cerr mi boca con estas palabras: Ea!, vais a saber el motivo 
      que me ha conducido hasta aqu. Y al punto me cont muy prolijamente las 
      particularidades de su viaje. Dejo a vosotros el imaginar lo muy suspenso 
      que yo quedara. Para acrecer ms mi sorpresa, cuando ya estaba yo 
      dispuesto a preguntarle qu demonio le revelaba mis pensamientos: No, no 
      -me dijo-; no es un demonio el que me revela vuestros pensamientos. Este 
      nuevo rasgo de adivino me hizo observar al anciano con ms atencin que 
      antes, y repar entonces que en todo imitaba mi porte, mis gestos, mi 
      aspecto, de modo que dispona todos sus miembros y adoptaba todos los 
      gestos de su rostro amoldndolos a los mos, y ello con tanta exactitud 
      que mi sombra en relieve no se me hubiera parecido ms. Veo -continu l- 
      que estis impaciente por saber por qu yo imito todo vuestro ser y voy a 
      daros la explicacin. Sabed, pues, que para mejor conocer vuestro interior 
      yo dispongo todas las partes de mi cuerpo con un orden parecido al 
      vuestro; pues estando en todas mis partes constituido como vos, yo excito 
      en m, merced a esta disposicin de la materia, los mismos pensamientos 
      que produce en vos esta misma disposicin material.
           No juzgaris esto imposible si alguna vez habis observado que los 
      gemelos que se parecen tienen ordinariamente el espritu, las pasiones y 
      la voluntad muy semejantes; y esto es tan cierto que en Pars ha habido 
      dos gemelos que siempre han tenido las mismas enfermedades y la misma 
      salud. Se han casado, sin conocer sus propsitos, el mismo da y a la 
      misma hora; se han escrito recprocamente cartas cuyas palabras, espritu 
      y construccin eran idnticos, y, finalmente, han compuesto sobre el mismo 
      asunto un idntico verso con los mismos puntos, el mismo giro y el mismo 
      ritmo. Pues bien; no comprendis cun imposible era que teniendo la 
      constitucin de su cuerpo tan semejante en todas sus circunstancias no 
      obrasen de una manera igual, lo mismo que dos instrumentos iguales y 
      tocados del mismo modo producen una armona idntica? Pues por la misma 
      razn, conformando mi cuerpo de modo completamente igual al vuestro, hasta 
      convertirme, por decirlo as, en vuestro gemelo, es imposible que un mismo 
      movimiento de la materia no nos cause a los dos el mismo movimiento del 
      espritu.
           Despus de esto prosigui imitndome y continu hablando de esta 
      manera: Vos estis muy intrigado por la causa del combate de estos dos 
      monstruos, pero yo voy a revelrosla. Sabed que los rboles de la selva 
      que nosotros tenemos a nuestras espaldas, como no pudiesen rechazar con su 
      soplo los violentos ataques de la Bestia de Fuego, han pedido socorro a 
      los animales de Hielo.
           Yo no he odo todava hablar de estos animales -le advert- mas que 
      a una encina de esta regin, y ello muy de prisa, pues no pensaba ms que 
      en su salvacin. Por ello os pido que me hablis de esto.
           He aqu cmo me habl: En este globo en que nosotros estamos se 
      veran los bosques muy despoblados, a causa del gran nmero de bestias de 
      Fuego que los devastan, si los animales de Hielo no acudiesen siempre, 
      complaciendo el ruego de las selvas, sus amigas, a curar los rboles 
      enfermos; y digo curar, porque apenas con su boca helada soplan ellos 
      sobre los carbones de esta peste, los apagan.
           En el mundo de la Tierra, al que pertenecemos los dos, la Bestia de 
      Fuego se llama Salamandra, y el animal de Hielo es conocido con el nombre 
      de Rmora. Seguramente vos sabris que las rmoras viven cerca de la 
      extremidad del Polo, en lo ms hondo del mar Glacial, y es precisamente el 
      fro de estos animales el que, evaporndose a travs de sus escamas, hace 
      helar en estas regiones el agua del mar, aunque sea salada. La mayor parte 
      de los pilotos que han viajado para descubrir Groenlandia han 
      experimentado que en cierta estacin ya no se encontraban los hielos que 
      otras veces los haban detenido; pero aunque este mar estuviese libre en 
      el tiempo ms spero del invierno, no han dejado de atribuir la causa a 
      algn calor secreto que haba fundido el hielo. Pero mucho ms verosmil 
      que esta razn es el que las rmoras, que slo se alimentaban de hielo, lo 
      hubiesen absorbido. Por lo dems, no debis vos ignorar que, algn tiempo 
      despus de haberlo comido, la horrible digestin de ese fro les deja el 
      estmago tan helado que luego con slo el aliento de su respiracin hielan 
      de nuevo todo el mar del Polo. Cuando las rmoras salen a la tierra (pues 
      lo mismo viven en este elemento que en el otro) no se alimentan ms que de 
      cicuta, de opio, de acnito y de mandrgora.
           En nuestro mundo se extraan de esto e ignoran de dnde puedan 
      proceder esos fros vientos del Norte que producen siempre las heladas; 
      pero si nuestros compatriotas supiesen, como lo sabemos nosotros, que las 
      rmoras viven en ese clima, conoceran como nosotros que proviene del 
      aliento con que estos animales pretenden rechazar el calor del Sol cuando 
      hacia ellos se aproxima.
           Esta agua estgida, con la cual envenenaron al gran Alejandro y cuya 
      frialdad petrific sus entraas, era los meados de uno de estos animales. 
      Finalmente, la rmora contiene tan esencialmente todos los principios del 
      fro, que cuando un buque pasa por encima de ella encuntrase aquejado por 
      su fro, hasta tal punto, que permanece impedido y no puede moverse de su 
      sitio. Por esto la mitad de los navegantes que han zarpado hacia el Norte 
      para descubrir el Polo no han regresado, pues es un milagro que las 
      rmoras, tan abundantes en ese mar, no detengan sus buques. He aqu lo que 
      puedo deciros de los animales de Hielo.
           En cuanto a las Bestias de Fuego os dir que viven en la Tierra bajo 
      unas montaas de lava encendida, como el Etna, el Vesubio y el Cabo Rojo. 
      Estos botones que vos veis en la garganta de ste, y que proceden de la 
      lumbre de su hgado, son...
           Cuando l hubo dicho estas razones nos quedamos los dos sin hablar 
      para prestar atencin al famoso duelo de la Salamandra y la Rmora.
           Aqulla atacaba con mucho ardimiento, pero sta resista sus ataques 
      impenetrablemente. Cada choque que entre ellas se produca engendraba un 
      gran trueno, como sucede en los mundos que hay alrededor de ste, en los 
      cuales cuando una nube clida se encuentra con una fra produce el mismo 
      ruido.
           A cada mirada de clera que diriga contra su enemigo, brotaba de los 
      ojos de la Salamandra una luz roja, con la cual el aire pareca 
      encenderse; al volar sudaba una especie de aceite hirviente y meaba 
      salfumn.
           La Rmora por su parte, gruesa, pesada y cuadrada, mostraba un cuerpo 
      lleno de escamas de hielo. Sus grandes ojos parecan dos platos de 
      cristal, cuyas miradas producan una luz tan fra que yo senta palpitar 
      el invierno en todas las partes de mi cuerpo donde ella los posaba. Si 
      quera protegerme con mi mano, era sta la que quedaba helada; hasta el 
      aire alrededor de esta bestia se converta en espesa nieve cuando sufra 
      su rigor; la tierra se endureca bajo sus pasos y podan contarse las 
      huellas de la bestia por la cantidad de escalofros que yo senta cuando 
      andaba por encima de ellas.
           Al empezar el combate, la Salamandra, merced a la vigorosa 
      impetuosidad de su primer ardor, haba hecho sudar a la Rmora; pero a la 
      larga, y como este sudor se enfriase, sta esmalt toda la llanura con una 
      escarcha tan resbaladiza que la Salamandra ya no poda alcanzarla sin 
      caerse. El filsofo y yo pudimos observar claramente que con tantas veces 
      de caerse y levantarse se haba cansado, pues los grandes truenos que 
      antes eran tan espantosos, producidos por el choque con que acometa a su 
      enemigo, ya no eran ms que ese sordo ruido de los pequeos truenos que 
      suceden al final de una tempestad; hasta que este ruido sordo, 
      disminuyendo poco a poco, degener en un estremecimiento parecido al que 
      produce un hierro rojo sumergido en agua fra.
           Cuando la Rmora advirti por el debilitamiento del choque, que ya 
      apenas la daaba, que el combate se acercaba a su fin, se irgui sobre un 
      ngulo de su cubo y dejse caer con todo su peso sobre el estmago de la 
      Salamandra, con tan buena fortuna que el corazn de la pobre Salamandra, 
      en el que todo el resto de su ardor se haba concentrado, se revent, 
      produciendo un trueno tan espantoso que no creo que pueda compararse con 
      ningn ruido de la Naturaleza.
           As muri la Bestia de Fuego, vencida por la lenta resistencia del 
      animal de Hielo.
           Poco tiempo despus de que la Rmora se retirase nosotros nos 
      acercarnos al campo de batalla, y el anciano, mojndose las manos con la 
      tierra sobre la que haba andado la Rmora para que le sirviese de 
      preservativo para las quemaduras, empu el cadver de la Salamandra. Con 
      el cuerpo de este animal -me dijo- no tengo que encender el fuego en mi 
      cocina, pues mientras lo tenga colgado en los llares har hervir y asar 
      todo lo que tenga puesto en el hogar. En cuanto a los ojos, pienso 
      guardarlos cuidadosamente; si no estuviesen obscurecidos por las sombras 
      de la muerte vos creerais que eran dos pequeos soles. Los ancianos de 
      nuestro mundo saban hacerlos aprovechar muy bien; con ellos hacan lo que 
      llamaban lmparas ardientes, las cuales lmparas no eran colgadas ms que 
      en las sepulturas suntuosas de las personas ilustres. Los modernos han 
      encontrado algunas al excavar esos famosos sepulcros; pero su ignorante 
      curiosidad los ha reventado, pensando encontrar detrs de las membranas 
      rotas el fuego que ellos vean relucir dentro.
           El anciano segua andando siempre y yo le iba siguiendo, atento a las 
      maravillas que me describa. As, a propsito del combate que acabbamos 
      de presenciar, no he de olvidar yo las razones que pasamos hablando del 
      animal de Hielo.
           Yo no creo que vos hayis visto nunca ninguna rmora, pues estos 
      pescados no se suelen elevar hasta la superficie del agua y adems no 
      suelen salir del Ocano Septentrional; pero sin duda habris visto algunos 
      animales que hasta cierto punto puede decirse que son de su especie. Ya os 
      he dicho hace poco que este mar que se dirige hacia el Polo est lleno de 
      rmoras, que desovan en el cieno como los otros peces; os aadir ahora 
      que su semilla, extrada de su masa, contiene tan esencialmente toda su 
      frialdad, que si un navo pasa por encima se le adhieren uno o varios 
      huevecillos que se convierten en pjaros y cuya sangre privada de calor 
      hace que se los considere como peces, aunque posean alas. Esto es tan 
      verdad, que el Papa, conocedor del origen de estos animales, no prohbe 
      que se coman en Cuaresma. Estos pjaros son los que vosotros llamis 
      negretas.
           Yo segua andando siempre, sin ms propsito que el de acompaarle, y 
      tan alegre por haber encontrado un hombre, que con el miedo de perderle no 
      osaba quitarle los ojos de encima: Joven mortal -me dijo entonces l- 
      (pues veo claramente que an no habis satisfecho como yo el tributo que 
      todos debemos a la Naturaleza), tan pronto como os he visto he observado 
      en vuestro rostro ese no s qu que provoca el deseo de conocer a las 
      gentes. Si yo no me equivoco, por los rasgos de vuestro cuerpo asegurara 
      que sois francs, y por aadidura nacido en Pars. En esta ciudad, despus 
      de haber paseado mis desgracias por toda Europa, llegu yo a darles 
      trmino.
           Yo me llamo Campanella y soy calabrs de nacimiento. Desde que he 
      venido al Sol he empleado mi tiempo visitando las regiones de este gran 
      globo para descubrir sus maravillas: est dividido en reinos, repblicas, 
      estados y principados, como la Tierra. As, los cuadrpedos, los 
      voltiles, etc., tienen cada uno su reino; y aunque algunos de stos no 
      permitan que con ellos se mezclen animales de especies extraas, y menos 
      los hombres, a quienes principalmente los pjaros odian de muerte, yo 
      puedo viajar por todas partes sin correr ningn riesgo, porque el alma de 
      un filsofo est hecha de elementos mucho ms agudos que los instrumentos 
      que pudieran utilizarse para atormentarle. Me encontr muy dichosamente en 
      la provincia de los rboles cuando los desrdenes de la Salamandra 
      comenzaron; los grandes truenos que vos debis de haber odo lo mismo que 
      los o yo me condujeron al campo de su batalla, al que vos llegasteis poco 
      tiempo despus. Por lo dems, ahora regreso a la provincia de los 
      filsofos... Cmo! -le repliqu yo-. Tambin hay filsofos en el Sol? 
      Que si hay! -replic Campanella-. Pues claro! Y son adems los 
      principales habitantes del Sol: los que tanta fama tienen en vuestro 
      mundo, cuyos habitantes se deshacen en alabanzas para ellos. Pronto 
      podris conversar con estos filsofos si tenis el valor de seguirme, pues 
      antes de tres das espero yo llegar a su ciudad. No creo que vos podis 
      concebir de qu modo estos filsofos hayan llegado hasta aqu. 
      Francamente, no. Pues tantas otras personas tendran hasta ahora los 
      ojos cerrados para no haber encontrado el camino? O es que despus de la 
      muerte caemos en manos de un examinador de los espritus, el cual, segn 
      nuestra capacidad, nos confa o nos niega el derecho de ciudadana en el 
      Sol?
           Nada de esto -replic el anciano-; aqu vienen las almas a unirse 
      con esta masa de luz en virtud de un principio de semejanza; pues este 
      mundo no est formado ms que de los espritus de todo lo que muere en los 
      orbes del alrededor; es decir, en Mercurio, Venus, la Tierra, Marte, 
      Jpiter y Saturno.
           As, cuando una planta, una bestia, un hombre mueren, sus almas 
      ascienden sin apagarse hasta la esfera del Sol del mismo modo que, como 
      vos habris visto, asciende la llama de una candela y vuela agudamente, a 
      pesar del sebo que la contiene y retiene. Luego, cuando todas estas almas 
      se unen en el manantial de la luz y se limpian de la materia grasa que las 
      empecia, ejercen funciones mucho ms nobles que las de crecer, sentir y 
      razonar, pues son destinadas a construir la sangre y los espritus vitales 
      del Sol, ese grande y perfecto animal. Y por esto debis tener vos la 
      seguridad de que el Sol posee un espritu mucho ms perfecto que el 
      vuestro, pues con el calor de un milln de almas purificadas, de las 
      cuales la suya es un elixir, conoce el secreto de la vida, infunde en la 
      materia de vuestros mundos la potencia de engendrar, hace a los cuerpos 
      capaces de sentirse ser, y, finalmente, se hace ver y a la vez hace ver 
      todas las cosas.
           He de explicaros todava por qu las almas de los filsofos no se 
      unen tan esencialmente con la masa del Sol como las de los dems hombres.
           Hay tres clases de espritus en todos los planetas; es decir, en 
      todos los mundos pequeos que giran alrededor de ste.
           Los ms burdos tan slo sirven para reparar la substancia del Sol. 
      Los sutiles ocupan el lugar de sus rayos; pero los de los filsofos, como 
      nada impuro tenan en s al emprender su viaje, llegan intactos a la 
      esfera del Sol para convertirse en habitantes suyos. Por esto no se 
      convierten, como los otros, en una parte integrante de su masa, porque la 
      materia de que se componen, al engendrarse, se mezcl tan 
      proporcionadamente y con tal exactitud que nada puede ya alterarla; del 
      mismo modo que ocurre con la materia que compone el oro, los diamantes y 
      los astros, pues toda su materia con tan estrecha unin est mezclada que 
      no podra desunirla ni el ms fuerte disolvente.
           Por tanto, estas almas de filsofos estn tan separadas de las otras 
      almas -como el oro, los astros y los diamantes estn separados de los 
      dems cuerpos- que el Epicuro que hay ahora en el Sol es el mismo Epicuro 
      que antao viva en la Tierra.
           El placer que me produca escuchar a este gran hombre iba acortando 
      mi camino; frecuentemente y muy de propsito yo aluda a problemas sabios 
      y curiosos acerca de los cuales requera su pensamiento para que l me 
      instruyese. Y os aseguro que jams vi tan gran bondad como la suya; porque 
      aunque l solo pudiese, merced a la agilidad de su substancia, llegar en 
      muy pocas jornadas al reino de los filsofos, prefiri irse aburriendo 
      largo tiempo conmigo que abandonarme por estas vastas soledades.
           Y, sin embargo, tena mucha prisa; pues recuerdo que como yo le 
      preguntase por qu l volva a ese reino antes de examinar todas las 
      regiones de este gran mundo, contestme que la impaciencia por ver a uno 
      de sus amigos que recientemente haba llegado le obligaba a acortar su 
      viaje. Por lo que luego me fue diciendo comprend que este amigo era el 
      famoso filsofo de nuestro tiempo llamado Descartes y que todas sus prisas 
      eran debidas al deseo de reunirse con l.
           Como yo le preguntase acerca de la estima que tena por la Fsica de 
      este filsofo, l me contest que era un libro que haba de leerse con el 
      mismo respeto con que deben escucharse los orculos. No es -aadi l- 
      que la ciencia de las cosas naturales no precise, como las otras ciencias, 
      el preocupar nuestro juicio con axiomas que no prueba; pero los principios 
      de su fsica son tan simples y naturales que una vez supuestos no se 
      encontraran otros que mejor satisficieren necesariamente a todas las 
      apariencias.
           Al llegar a este punto yo no pude evitar el interrumpirle: Pero a m 
      me parece -le dije- que este filsofo siempre ha impugnado el sistema del 
      vaco, y, sin embargo, aunque fuese epicreo, a fin de tener el honor de 
      dar un principio a los principios de Epicuro, es decir a los tomos, ha 
      establecido como gnesis de las cosas un caos de materias completamente 
      slidas que Dios dividi en un nmero incontable de pequeos cuadrados, 
      dando a cada uno movimientos opuestos. Ahora bien; l quiere que esos 
      cubos, rozndose uno con el otro se hayan molido en parcelas que adoptaron 
      toda clase de figuras. Pero cmo puede concebir que esas piezas cuadradas 
      hayan comenzado a girar separadamente, sin confesar que se ha hecho el 
      vaco entre sus ngulos? No exista tambin el vaco, necesariamente, en 
      los espacios que los ngulos de esos cuadrados estaban obligados a 
      abandonar para poderse mover? Y luego, esos cuadrados, que no ocupaban 
      ms que una cierta extensin antes de girar, pueden haberse movido en 
      crculo sin que hayan ocupado en sus circunferencias por lo menos otro 
      tanto? La geometra nos ensea que esto es imposible; por tanto, la mitad 
      de ese espacio necesariamente ha tenido que permanecer vaco, puesto que 
      no haba todava tomos para llenarlo. Mi filsofo me contest que el 
      seor Descartes nos explicara esto mismo, y que como era tan bien nacido 
      y corts como buen filsofo, se quedara muy contento al encontrar en este 
      mundo un hombre mortal para esclarecerle las dudas que al sorprenderle a 
      l la muerte se haba visto obligado a dejar en la tierra que acababa de 
      abandonar; que no crea que tuviese mucha dificultad para contestarme 
      siguiendo sus principios, que yo no haba examinado sino hasta el punto en 
      que la debilidad de mi espritu me permita hacerlo, porque -me deca l- 
      las obras de este grande hombre son tan hondas y sutiles que para 
      entenderlas es necesario tener la atencin de un verdadero y consumado 
      filsofo. Lo cual hace que todos los filsofos del Sol tengan una gran 
      veneracin por l, hasta el punto que todos quieren otorgarle la ms alta 
      jerarqua si su modestia no la rechaza.
           Para distraer el esfuerzo de nuestro largo camino y el cansancio que 
      ste pueda producirnos iremos discutiendo sus principios, que ciertamente 
      son tan claros y parecen satisfacer tan cumplidamente a la inteligencia 
      con la admirable claridad de este genio, que podra decirse que l ha 
      contribuido a la hermosa y magnfica estructura de este Universo.
           Vos debis recordar que l afirma que nuestro entendimiento es 
      finito. Por tanto, como la materia, por el contrario, es divisible hasta 
      lo infinito, no cabe duda que ser una de las cosas que nuestra 
      inteligencia no puede concebir ni imaginar y que est muy por encima de 
      sus fuerzas el poder dar razn de lo que sea. Pero aunque esto -aade l- 
      no puedan concebirlo nuestros sentidos, no dejamos por ello de comprender 
      que el conocimiento de esta impotencia lo tenemos porque conocemos la 
      condicin de la materia; por tanto, no debemos -segn l dice- vacilar al 
      determinar nuestro juicio sobre las cosas que nosotros concebimos. Y as 
      es en efecto; pues podemos nosotros imaginar de qu modo el alma obra 
      sobre el cuerpo? Sin embargo, no puede negarse esa verdad ni ponerla en 
      duda, pues mucho ms absurdo es atribuir al vaco determinado espacio, 
      puesto que el espacio es una propiedad que pertenece a los cuerpos con 
      extensin, pues con ellos confundiramos la idea de nada con la idea de 
      ser y se le atribuiran al vaco cualidades que no posee, puesto que l no 
      puede producir nada ni ser autor de ninguna cosa. Pero, pobre mortal -me 
      dijo-, veo que estas especulaciones te cansan porque, como dice este 
      excelente hombre, t nunca te has tomado el trabajo de depurar tu espritu 
      separndolo de la masa de tu cuerpo y lo has hecho tan perezoso que no 
      quiere ya desempear ninguna funcin sin la ayuda de los sentidos.
           Ya iba yo a replicarle, cuando l me interrumpi tirndome del brazo 
      para mostrarme un vallezuelo de maravillosa belleza. Veis -me dijo- esa 
      hondonada de tierra a la cual vamos a descender? Parece que la cspide de 
      los altozanos que la forman se haya coronado a propsito de verdura para 
      regalar con la frescura de sus sombras a los peregrinos que aqu buscan 
      reposo. Es precisamente al lado de uno de esos altozanos donde nace el 
      lago del Sueo. Slo lo alimentan las linfas de las Cinco Fuentes.
           Por lo dems, si no se mezclase con los tres ros y con su caudal no 
      aumentase el de sus aguas, no podra dormir ningn animal de nuestro 
      mundo.
           No podis imaginaros el impaciente deseo que tena de preguntarle por 
      estos tres ros de los cuales yo todava no haba odo hablar; pero me 
      qued muy contento cuando l me prometi que todo lo ira viendo.
           Muy poco despus de esto llegamos al valle, y casi al mismo tiempo a 
      la pradera que bordea la orilla del lago.
           Verdaderamente -me dijo mi anciano- es muy grande vuestra dicha, 
      pues antes de morir podis ver todas las maravillas de este mundo. Es un 
      bien para los habitantes de la Tierra el haber enviado a un hombre al Sol, 
      pues l podr contarles luego las maravillas de este astro, ya que sin vos 
      corran aqullos el peligro de permanecer en una grosera ignorancia y 
      gustar mil felicidades y dulzuras sin conocer su origen. Porque realmente 
      no podis imaginar los favores que el Sol hace y dispensa a todos vuestros 
      pequeos globos. Slo este vallezuelo reparte tan gran nmero de bienes 
      por todo el Universo que sin ellos no podrais vivir ni ver la luz del 
      da. Me parece que aunque slo hubieseis visto esta regin del Sol era ya 
      suficiente para sentiros obligado a declarar que este astro es vuestro 
      padre y el autor de todas las cosas.
           Como estos cinco ros vienen a desembocar dentro del lago, no corren 
      ms qu quince o diecisis horas, y a pesar de ello, al llegar aqu 
      parecen tan cansados que ya apenas pueden moverse, y demuestran su 
      cansancio de muy distinta manera. As, el ro de la Vista se estrecha a 
      medida que se acerca al estanque del Sueo; el del Odo, en su 
      desembocadura se confunde, se desva y pierde su cauce; el del Olfato 
      canta con un murmullo semejante al que produce un hombre cuando ronca; el 
      del Gusto, desazonado por el camino, se hace completamente inspido; y el 
      del Tacto, antes tan poderoso que nutra a todos sus compaeros, ahora se 
      reduce a esconderse en su morada. Por su parte, la ninfa de la Paz, que 
      vive en medio del Lago, recibe a sus huspedes con los brazos abiertos, 
      los acuesta en su cama y los arrulla con tanta delicadeza que, para que se 
      duerman, ella misma se encarga cuidadosamente de mecerlos. Despus que se 
      han confundido de esta manera con tan dilatado lago, se ve que por la otra 
      orilla de ste salen, dividindose en cinco riachuelos que al salir 
      vuelven a recibir los mismos nombres que haban dejado al entrar. Pero los 
      ms rpidos en partir y los que parecen arrastrar a sus compaeros para 
      ponerse en camino son el del Odo y el del Tacto; los otros esperan a que 
      stos los despierten, y especialmente lo hace as el del Gusto, que 
      siempre se queda detrs de todos.
           La negra concavidad de una gruta se aboveda por encima del lago del 
      Sueo. Muchas tortugas, con pasos muy lentos, se pasean por sus orillas; 
      muchas flores de adormidera comunican al agua, con mirarse en ella, la 
      virtud de adormecer; hasta se ven muchas marmotas, que llegan desde ms de 
      cincuenta leguas hasta el lago, para beber en l; y el rizadillo de la ola 
      es tan encantador que parece que roce con cuidado las piedras y 
      mesuradamente intente componer una msica adormecedora.
           El sabio Campanella crey sin duda que iban a alcanzarme los efectos 
      de estas aguas, por lo cual me aconsej que apresurase el paso. Yo le 
      hubiese obedecido; pero los encantos del agua me haban envuelto de tal 
      modo la razn que casi no me qued la suficiente para entender sus ltimas 
      palabras, que fueron:Dormid, pues, dormid; os dejo, porque los sueos que 
      se tienen aqu son tan perfectos que algn da estaris muy contento de 
      poder recordar el que ahora vais a tener. Yo, sin embargo, pienso 
      distraerme visitando algunas maravillas de este lugar, y luego volver a 
      buscaros. Creo que no me dijo nada ms; o si no fue as, los vapores del 
      sueo me haban ya puesto en trance de no poderle escuchar.
           Estaba yo soando el ms sabio y bien ordenado sueo del mundo, 
      cuando vino mi filsofo a despertarme. Ya os contar yo lo que so, 
      cuando mi relato no interrumpa el hilo de mi discurso, pues es muy 
      interesante que lo sepis para que conozcis con cunta libertad obra el 
      espritu de los habitantes del Sol mientras el sueo cautiva sus sentidos. 
      Por mi parte creo que de este lago se evapora un aire que tiene la 
      propiedad de depurar enteramente al espritu del embarazo de los sentidos, 
      pues nada se presenta ante stos que no parezca perfeccionarlos e 
      instruirlos; por ello tengo el mayor respeto del mundo por esos filsofos 
      que llaman soadores, y de los cuales se burlan nuestros ignorantes.
           Abr yo los ojos como sobresaltado y me pareci or que Campanella me 
      deca: Mortal, basta ya de dormir; levantaos si queris ver una maravilla 
      que no se concebira nunca en vuestro mundo. Desde hace aproximadamente 
      una hora, en que os abandon para no turbar vuestro reposo, me he paseado 
      constantemente alrededor de las cinco fuentes que brotan del estanque del 
      Sueo. Podis juzgar con cunta atencin las he considerado; llevan por 
      nombre el de los cinco sentidos, y en su curso se deslizan muy cerca la 
      una de la otra. La fuente de la Vista parece un tubo encendido lleno de 
      diamantes en polvo y de pequeos espejos que roban y restituyen las 
      imgenes de todo lo que en ellos se refleja; esta fuente rodea con su 
      curso el reino de los Linces. La del Odo tiene el aspecto de dos fuentes; 
      su curso gira ovillndose como un laberinto, y en lo ms hondo de las 
      concavidades de su cauce suena un eco de todo el ruido que en su alrededor 
      se produce. No creo equivocarme al afirmar que eran zorros unos animales 
      que he visto en su orilla curndose los odos con su linfa. La del Olfato 
      parece que, como las precedentes, se divide en dos pequeos canales 
      escondidos bajo un solo cauce; de todo lo que en su curso encuentra extrae 
      no s qu elementos invisibles, con los que compone mil diferentes olores 
      que le sirven como de agua; al borde de este manantial se ven muchos 
      perros que agudizan su nariz. La del Gusto discurre por saltos que no 
      suelen ocurrir ms que tres o cuatro veces al da; adems es necesario que 
      se levante una gran compuerta de coral, y por bajo de sta otras muchas 
      muy pequeas que son de marfil; el agua de esta fuente se parece mucho a 
      la saliva. En cuanto a la quinta, es decir, la del Tacto, es tan dilatada 
      y profunda que rodea a todas sus hermanas hasta tenderse completamente en 
      su lecho; su humor excesivo se derrama a lo largo sobre muy verdes macizos 
      de plantas sensitivas.
           Estaba yo admirando lleno de veneracin los misteriosos giros de 
      todas estas fuentes, cuando a fuerza de andar me encontr en la 
      desembocadura donde ellas se vierten en los tres ros; pero seguidme, y 
      vindolas comprenderis mucho mejor todas estas cosas. Una promesa tan 
      insospechada para m acab por despertarme; Campanella me cogi del brazo 
      y nos fuimos por el mismo camino que l haba seguido a lo largo de las 
      orillas que estrechaban a los cinco ros, obligndolos a todos a discurrir 
      por sendos cauces.
           Cuando aproximadamente habamos andado un estadio, algo tan brillante 
      como un lago se apareci a nuestros ojos. El sabio Campanella, tan pronto 
      como lo vio, me dijo: Por fin, hijo mo, hemos llegado a puerto. Ya veo 
      distintamente los tres ros.
           Al or esta noticia me sent transportado por tan desasosegada 
      inquietud que pens que me haba convertido en guila, pues ms bien 
      volaba que corra; y andaba tan aprisa y con una curiosidad tan vida, que 
      en menos de una hora mi gua y yo vimos lo que vais a or.
           Tres grandes ros riegan las campias brillantes de este mundo 
      abrasado. El primero y el mayor se llama Memoria; el segundo, ms estrecho 
      y ms hondo, Imaginacin; el tercero, ms pequeo que los otros, se llama 
      Juicio.
           Sobre las orillas de la Memoria se oye da y noche un importuno canto 
      de arrendajos, de papagayos, de urracas, de estorninos, de pardillos, de 
      pinzones y de todas las especies que canturrean lo que aprenden. Por la 
      noche no dicen nada, pues entonces estn ocupados en beber el vapor espeso 
      que exhalan estos lugares acuticos. Pero su estmago cacoqumico lo 
      digiere tan mal que por la maana, cuando ellos creen haberlo asimilado 
      como una substancia propia, lo dejan caer por el pico, tan puro como 
      estaba en el ro. El agua de este ro parece viscosa y discurre con mucho 
      ruido; los ecos que en sus cavernas se forman repiten la misma palabra ms 
      de mil veces, y en su cauce se engendran ciertos monstruos cuyo rostro se 
      parece al de la mujer. Otros tienen un continente ms furioso, y su cabeza 
      es cornuda y cuadrada, de modo que semeja mucho a la de nuestros pedantes. 
      No hacen ms que chillar y, sin embargo, no dicen ms que lo que se han 
      odo decir unos a otros.
           El ro de la Imaginacin discurre ms suavemente; su linfa, ligera y 
      brillante, por todas partes resplandece. Cuando se la contempla parece que 
      esta agua, hecha con un torrente de hmedas chispas, no obedece al 
      discurrir a ningn orden preciso. Despus que la hube considerado ms 
      atentamente, advert que el humor que ella arrastraba en su cauce era puro 
      oro potable y su espuma aceite de talco. Los peces que en este ro viven 
      son rmoras, sirenas y salamandras. En l, en vez de grava hay esas 
      piedrecillas de que habla Plinio, las cuales nos hacen pesados si las 
      tocamos por el revs y ligeros cuando las cogemos por el derecho. Tambin 
      vi otras piedras, como las del anillo de Giges, que nos convierten en 
      invisibles; pero las piedras que ms abundan en sus arenas son las 
      filosofales. Haba sobre las riberas muchos rboles frutales, 
      principalmente de los que Mahomed encontr en el Paraso. En sus ramas 
      hormigueaban los fnix y tambin vi algunos arbolillos silvestres de ese 
      frutal cuyas manzanas cogi la Discordia para tirarlas a los pies de las 
      tres Diosas; haban brotado all de algunos grmenes del pas de las 
      Hesprides. Estos dos ros se dividen en infinitos brazos que entre s se 
      enlazan. Yo observ que cuando un gran riachuelo de la Memoria se acercaba 
      a uno ms pequeo de la Imaginacin, en seguida absorba a ste; pero que 
      si en cambio el riachuelo de la Imaginacin era mayor, atraa al de la 
      Memoria. Ahora bien; como estos ros, lo mismo sus cauces que sus 
      afluentes, siempre se deslizan el uno al lado del otro, all donde la 
      Memoria se fortalece la Imaginacin se debilita, y sta aumenta su caudal 
      a medida que el de aqulla enflaquece.
           Muy cercano de estos ros discurre el del Juicio: su cauce es 
      profundo y su linfa fra; cuando se derrama sobre alguna cosa la seca en 
      lugar de mojarla. Crecen entre la tierra de su lecho plantas de elboro, 
      cuya raz, que en largos filamentos se extiende, limpia el agua con su 
      boca. Este ro nutre muchas serpientes, y sobre la hierba blanda que 
      tapiza sus orillas descansan tendidos un milln de elefantes. El ro, como 
      sus hermanos, se ramifica en un sinnmero de pequeos afluentes; mas as 
      que va discurriendo, su cauce aumenta el caudal, y aunque siempre 
      avanzando en su camino, eternamente va y viene sobre s mismo.
           Todo el Sol est regado por la linfa de estos tres ros; sirve para 
      humedecer los tomos ardientes de los que mueren en este gran mundo; mas 
      eso merece que con ms detencin lo tratemos.
           La vida de los animales del Sol es muy larga, pues no mueren sino de 
      muerte natural, y sta tan slo acaece al trmino de siete mil u ocho mil 
      aos, cuando los continuos excesos de su espritu, a los cuales su 
      temperamento de fuego los inclina, destruyen el orden de la materia, 
      quemndola. Pues tan pronto como dentro de un cuerpo la Naturaleza siente 
      que necesitara ms tiempo para reparar las ruinas de su ser que para 
      crear otro nuevo, aspira a disolverse, y hasta tal punto lo consigue, que 
      de da en da se ve, no ya podrirse, pero si caerse el animal en 
      partculas semejantes a rojas cenizas.
           La muerte no sucede ms que de esa manera. De modo que una vez que 
      han expirado, o, mejor dicho, que se han extinguido, los pequeos cuerpos 
      innatos que componan su substancia entran en la gran materia de este 
      mundo iluminndola hasta que la casualidad venga a regarlos con la ninfa 
      de los tres ros; entonces, movilizados por la fluidez que sta posee, 
      para ejercer rpidamente las facultades que esa agua les acaba de imprimir 
      en su obscuro conocimiento se unen en largos hilillos, y por un flujo de 
      puntos luminosos se agudizan en rayos y se derraman por las esferas de 
      alrededor, donde tan pronto como llegan ordenan por s mismos la materia, 
      imprimiendo en ella, como mejor pueden, la forma ms conveniente para 
      ejercer todas las funciones cuyo instinto ellos han contrado en el agua 
      de los tres ros, de las cinco fuentes y del estanque. Por esto se dejan 
      atraer por las plantas para vegetar; las plantas se dejan pacer por los 
      animales para sentir, y los animales, a su vez, se dejan comer por los 
      hombres a fin de que participando de la substancia de stos vengan a 
      reparar esas tres facultades de memoria, imaginacin y juicio, cuya 
      potencia les hicieron presentir los ros del Sol.
           Ahora bien; segn que los tomos se hayan baado ms o menos en la 
      linfa de estos tres ros, aportan a los animales ms o menos memoria o 
      imaginacin o juicio, y segn que en los ros hayan absorbido ms o menos 
      lquido de las cinco fuentes y del pequeo lago les elaboran sentidos ms 
      o menos perfectos o producen almas ms o menos soolientas.
           He aqu lo que observamos respecto a la naturaleza de estos tres 
      ros. Hay aqu y acull pequeos afluentes suyos; pero los principales 
      cauces van derechamente a desembocar a la Provincia de los Filsofos. 
      Nosotros tomamos el camino de este lugar sin alejarnos de la corriente 
      sino lo preciso para subir a la calzada, y desde aqu bamos viendo 
      constantemente los tres grandes ros que a nuestro lado discurran; en 
      cuanto a las cinco fuentes, las mirbamos de hito en hito y las veamos 
      serpentear por la campia. Todo esto hace que tal camino sea muy agradable 
      aunque est muy solitario; en l se respira un aire libre y sutil que 
      nutre el alma y la hace reina de sus pasiones.
           Al cabo de cinco o seis jornadas de camino, como fusemos distrayendo 
      los ojos en la contemplacin del mltiple y rico aspecto de los paisajes, 
      una voz desfalleciente como la de un enfermo que gimiese lleg hasta 
      nuestros odos. Al punto nos acercamos al lugar del cual, segn nosotros 
      creamos, vena la voz, y encontramos sobre la orilla del ro de la 
      Imaginacin a un anciano cado de bruces, que daba grandes gritos. 
      Lgrimas de compasin me saltaron a los ojos, y la piedad que me inspiraba 
      este miserable me impuls a preguntar la causa de sus males. Este hombre 
      -me contest Campanella volvindose hacia m- es un filsofo reducido a la 
      agona, y no os extrais al verle porque los filsofos morimos ms de una 
      vez, y como no somos ms que partes de este Universo, cambiamos de forma 
      para nacer con otra vida en otro lugar; lo que no es precisamente un mal, 
      sino un camino de perfeccin del alma, que as puede llegar a adquirir un 
      infinito nmero de conocimientos. La falta de firmeza en stos es lo que 
      hace morir a casi todos los hombres.
           Su discurso me impuls a considerar al enfermo con ms atencin, y 
      tan pronto como lo mir advert que tena la cabeza gorda como un tonel y 
      por muchas partes abierta. Vmonos de aqu -me dijo Campanella, al mismo 
      tiempo que me tiraba del brazo-; los cuidados que prodigramos a este 
      moribundo seran intiles y slo serviran para inquietarle. Vmonos, 
      pues, porque su mal es completamente incurable. La hinchazn de su cabeza 
      es efecto de haber usado demasiado la energa de su espritu; porque 
      aunque las especies con que ha llenado los tres ventrculos de su cerebro 
      tan slo sean imgenes muy pequeas, son corporales y capaces por ende de 
      llenar un gran lugar cuando su nmero es muy crecido. Por lo dems, 
      sabris que este filsofo de tal modo ha engordado su cerebro amontonando 
      imagen sobre imagen, que por no poderlas ya contener le ha reventado el 
      crneo. Esta manera de muerte es peculiar de los grandes genios y se llama 
      reventar de espritu.
           Nosotros bamos siempre hablando, y todas las cosas con que nos 
      topbamos nos suministraban ocasin para mantener nuestra charla; yo 
      hubiese querido, sin embargo, salir de las regiones opacas del Sol para 
      entrar en las luminosas, porque el lector sabr que todas las comarcas no 
      son difanas. Las hay obscuras como las de nuestro mundo, y tan faltas de 
      luz que si no tuviesen la de un sol que desde ellas se ve totalmente 
      estaran cubiertas de tinieblas. As que se entra en las regiones opacas, 
      insensiblemente se torna uno obscuro, y, del mismo modo, si nos acercamos 
      a las transparentes nos sentimos despojados de esa negra obscuridad merced 
      a la vigorosa irradiacin del clima.
           Recuerdo yo que a propsito de este deseo ardiente que senta 
      pregunt a Campanella si la Provincia de los Filsofos era brillante o 
      tenebrosa: Ms bien es tenebrosa que brillante -me contest l-, porque 
      como nosotros simpatizamos mucho con la Tierra, nuestro pas natal, que es 
      por naturaleza opaco, no hemos podido acomodarnos con la claridad de las 
      regiones luminosas de este globo. Sin embargo, y merced a un gran esfuerzo 
      de la voluntad, podemos volvernos difanos cuando nos viene en gana, y 
      hasta la ms grande parte de los filsofos hablan todava con la lengua; 
      pero cuando quieren comunicarnos sus pensamientos se depuran con los 
      impulsos de su fantasa d una sombra vaga bajo la cual ordinariamente 
      tienen ellos a cubierto sus ideas; y tan pronto como se despojan de esa 
      obscuridad de rata que los ennegreca, como ya tienen el cuerpo difano, 
      se ve a travs de su cerebro todo lo que ellos recuerdan, imaginan y 
      juzgan, y a travs de su hgado y del corazn lo que desean y deciden; 
      porque aunque estas diminutas imgenes sean ms pequeas que las cosas ms 
      menudas que podamos imaginar, nosotros tenemos en este mundo los ojos 
      bastante llenos de luz para poder ver fcilmente hasta las menores ideas.
           As es que cuando alguno de nosotros quiere descubrir en su amigo el 
      afecto que le inspira, se ve cmo desde su corazn salen rayos que llegan 
      hasta su memoria para iluminar la imagen del que ama; y cuando, por el 
      contrario, quiere testimoniar su aversin, se ve cmo su corazn dispara 
      contra la imagen del que odia torbellinos de chispas ardientes y luego se 
      retira hacindose atrs todo cuanto puede; asimismo cuando habla para sus 
      adentros se ven claramente las especies, es decir, los caracteres de las 
      cosas que medita, porque van imprimindose y revelndose hasta ofrecer a 
      los ojos del que los mira, no ya un discurso articulado, sino un retablo 
      viviente de todos sus pensamientos.
           Mi gua estaba dispuesto a continuar hablndome; pero le dej con la 
      palabra en los labios un acontecimiento hasta entonces nunca visto; y fue 
      que de repente observamos nosotros que la tierra se ennegreca bajo 
      nuestros pasos y que el cielo, alumbrado por muchos rayos, se extenda 
      sobre nuestras cabezas como si entre nosotros y el Sol se hubiese 
      interpuesto un largo dosel de ms de cuatro leguas.
           Muy difcil es que pueda deciros lo que nosotros pensamos en esta 
      coyuntura. Nos asaltaron los ms absurdos temores, hasta el de que el 
      mundo se acbase, sin que ninguno de ellos nos pareciese inoportuno, pues 
      el ver el Sol lleno de obscura noche y de aire ennubarrado y sin luz no es 
      un milagro que ocurra todos los das. Pero no qued en esto todo, pues 
      seguidamente un ruido agrio y chilln, parecido al chirrido de una polea 
      que girase con mucha rapidez, vino a herir nuestros odos, al propio 
      tiempo que nuestros ojos vean caer una jaula en el suelo. Y apenas estuvo 
      en l cuando se abri y de ella salieron un hombre y una mujer. Llevaban 
      en las manos un ncora, que fondearon en la base de una roca, y luego que 
      hicieron esto vimos que venan hacia nosotros. La mujer llevaba cogido al 
      hombre y lo arrastraba amenazndole. Cuando estuvo cerca de nosotros nos 
      dijo, con una voz un poco emocionada: Seores, no es este lugar la 
      Provincia de los Filsofos? Yo contest que no; pero que con andar 
      veinticuatro horas nosotros tenamos la esperanza de llegar hasta ella; 
      que este anciano que sufra mi compaa era uno de los principales 
      prncipes de esta monarqua. Puesto que vos sois filsofo -respondi 
      entonces esta mujer dirigindose a Campanella-, es necesario que, sin ir 
      ms lejos, en este punto os descubra las cuitas de mi corazn.
           Y para contaros en pocas palabras las muchas razones que aqu me 
      conducen, sabed que he venido para pedir justicia por un asesinato 
      cometido en el ms joven de mis hijos; este brbaro que aqu cogido 
      traigo, aunque es su padre, lo mat dos veces. Nosotros quedamos muy 
      suspensos con estas razones; por lo cual yo quise saber qu quera decir 
      ella con que un nio haba sido asesinado dos veces. Sabed -contest esta 
      mujer- que en los estatutos de amor de nuestro pas, entre otras muchas 
      hay una ley que regula el nmero de besos que un marido est obligado a 
      dar a su mujer. Para hacer cumplir esta ley en cada barrio hay un mdico 
      que todas las noches va de casa en casa, y luego de haber visitado al 
      marido y a la mujer y de haber considerado la salud de aqul y la 
      debilidad o fortaleza de sta, impone a ambos un nmero determinado de 
      abrazos que en esa noche han de darse mutuamente. Mi marido, ste que aqu 
      traigo, tena la obligacin de darme siete. Sin embargo, enfadado por 
      algunas palabras un poco orgullosas que yo le haba dicho al acostarnos, 
      no estuvo abrazado a mi todo el tiempo que permanecimos en la cama. Pero 
      Dios, que toma venganza por los afligidos, permiti que en sueos este 
      miserable, inquieto por el recuerdo de los besos que injustamente me 
      deba, dejase perder a un hombre. Ya os he dicho que su padre le mat dos 
      veces, y ello fue porque impidindole que sea, ha hecho que no sea; y he 
      aqu el primer asesinato; mas tambin ha hecho que no haya sido, y he aqu 
      el segundo. Mientras que un asesino cualquiera lo ms que hace con su 
      asesinato es privar del ser al que priva de la luz del da; pero no podra 
      hacer que el muerto no hubiese sido. Nuestros magistrados hubiesen podido 
      juzgar muy bien esta causa; pero el hipcrita de mi marido, para 
      excusarse, ha dicho que l hubiese cumplido con su deber conyugal si no 
      hubiese temido que al abrazarme, con la clera que mis palabras orgullosas 
      le haban inspirado, el hijo por l engendrado hubiese sido luego un 
      hombre furioso.
           La corte, llena de confusin por esta disculpa, nos ha mandado que 
      nos presentemos a los filsofos, y ante ellos pleiteemos nuestra causa. 
      Tan pronto como recibimos este mandato nos metimos en una jaula colgada 
      del cuello de este gran pjaro que vosotros veis, y mediante una polea que 
      hemos atado a su cuello bajamos a la tierra o nos elevamos hacia el aire. 
      En nuestra provincia hay personas que especialmente se dedican a cazar 
      estos pjaros cuando son jvenes, para luego instruirlos en los trabajos 
      tiles para nosotros. Lo que principalmente los obliga a volverse mansos, 
      en contra de su natural ferocidad, es que para satisfacer su hambre, que 
      es casi siempre insaciable, nosotros les abandonamos los cadveres de casi 
      todos los animales que mueren. Por lo dems, cuando nosotros queremos 
      dormir (pues, acaso para reponernos de los excesos de amor demasiado 
      continuos, que nos debilitan, nosotros necesitamos del descanso) dejamos 
      en el campo, separados de trecho en trecho y atados con sendas cuerdas, 
      veinte o treinta pjaros como ste, y estos pjaros, levantando el vuelo, 
      con sus grandes alas dejan al cielo en una noche obscura que se dilata 
      hasta el horizonte. Estaba yo muy atento a estas razones y contemplaba 
      lleno de asombro el enorme tamao de este pjaro gigante, cuando 
      Campanella, despus que lo hubo mirado un poco, dijo: Ay!, realmente es 
      uno de estos monstruos de pluma llamados cndores, que a veces se ven en 
      la isla de Mandrgora, en nuestro mundo, y en general en toda la zona 
      trrida. A veces cubren con sus alas ms de una fanega de tierra; pero 
      como estos animales se hacen mayores a medida que el Sol que los ha visto 
      nacer es ms ardiente, forzosamente en este, mundo han de tener un tamao 
      espantoso.
           Con todo -aadi, dirigindose hacia la mujer-, es forzosamente 
      necesario que vos deis trmino a vuestro viaje, pues es Scrates, a quien 
      se le ha encargado de la jurisprudencia de las costumbres, el que tiene 
      que juzgaros. Pero aparte de esto yo os ruego que me digis de qu comarca 
      sois, pues como tan slo hace tres o cuatro aos que vivo en este mundo, 
      an no conozco bien su geografa.
           Nosotros -respondi la mujer- venimos del Reino de los Amantes; este 
      gran Estado limita por un lado con la Repblica de la Paz y por otro con 
      la de los sustos.
           En el pas de donde yo vengo, cuando los mozos tienen diecisis aos 
      se los ingresa en el Noviciado le Amor, situado en un palacio muy suntuoso 
      que ocupa casi la cuarta parte de toda la ciudad; las mozas entran a los 
      trece. Aqu unos y otros pasan un ao de prueba, durante el cual los mozos 
      no se preocupan ms que de merecer el amor de las muchachas y stas de 
      hacerse dignas de la amistad de aqullos. Cuando llegan al trmino de los 
      doce meses, la Facultad de Medicina en pleno acude a visitar este 
      seminario de amantes. A uno tras otro les van reconociendo hasta las 
      partes ms secretas de sus cuerpos y hacen que ante sus ojos se abracen, 
      para que luego, si el macho resulta vigoroso y bien conformado, se le 
      otorguen diez mujeres, o veinte, o treinta, o cuarenta, escogindolas 
      entre las que por l sentan amor, y slo con la condicin de que 
      recprocamente se amen.
           El marido, sin embargo, tan slo puede acostarse a la vez con dos 
      mujeres, y no se le permite que abrace a ninguna durante el embarazo. Las 
      mujeres estriles tan slo son empleadas para el servicio, y a los hombres 
      impotentes los hacen esclavos y les permiten ayuntarse carnalmente con las 
      hembras estriles. Por lo dems, cuando una familia tiene ms hijos de los 
      que puede gobernar, la Repblica los mantiene; pero esto es una desgracia 
      que no ocurre casi nunca, pues tan pronto como una mujer da a luz en la 
      ciudad, el Tesoro consigna una suma anual para la educacin del hijo, 
      proporcionada a la condicin de ste; suma que los tesoreros del Estado 
      llevan personalmente a la casa del padre. Pero si queris saber todava 
      ms de todas estas cosas, entrad en nuestra jaula, pues es bastante grande 
      para que quepamos los cuatro. Puesto que llevamos el mismo camino, iremos 
      distrayendo con la charla la longitud de nuestro viaje.
           Campanella crey que debamos aceptar la oferta. Yo, alegremente, 
      pens lo mismo para evitar nuestro cansancio; mas cuando para ayudarlos 
      acud a zarpar el ncora qued muy asombrado al ver que en lugar de un 
      gran cable slo tenan para sostenerla un hilo de seda ms ligero que un 
      cabello. Yo pregunt a Campanella como poda explicarse que una masa tan 
      pesada como la del ncora no rompiese con su carga un hilo tan frgil; a 
      lo cual el buen hombre me contest que esta cuerda no se rompa porque 
      como toda ella estaba hilada muy igual no haba razn ninguna para que se 
      rompiese ms bien por un sitio que por otro. En seguida nos metimos todos 
      en la jaula y empezamos a elevarnos con la polea hasta el cuello del 
      pjaro, donde no parecamos ms que un dije que a nuestro cndor le 
      colgase de la garganta. Cuando ya estuvimos a tope de la polea, sujetamos 
      el cable del que penda nuestra caja a una pluma ligersima de la pechuga 
      del pjaro, pluma que, con todo, era tan gorda como nuestro pulgar; y en 
      cuanto esta mujer hizo seas al pjaro para que partisemos, sentimos 
      todos que atravesbamos el aire con una rpida violencia. El cndor 
      moderaba o forzaba su vuelo, lo aterrizaba o levantaba, segn la voluntad 
      de su duea, que con su voz lo guiaba como si lo llevase con bridas. An 
      no habamos volado doscientas leguas cuando percibimos sobre la tierra y a 
      nuestra mano izquierda una noche semejante a la que produca bajo l 
      nuestro viviente quitasol. Nosotros preguntamos a la extranjera qu 
      pensaba ella que sera esto: Es otro culpable que para ser juzgado va 
      tambin hacia la provincia donde nosotros nos encaminamos; seguramente su 
      pjaro es ms fuerte que el nuestro o nosotros nos hemos entretenido mucho 
      por el camino, pues l sali despus que yo. Yo le pregunt de qu crimen 
      se acusaba a tal desgraciado: No slo se le acusa -me contest ella-, 
      sino que se le condena a muerte; y ello porque ha declarado que no teme a 
      la muerte. Cmo es eso? -dijo Campanella-. Las leyes de vuestro pas 
      obligan a temer a la muerte? Si -replic la mujer-; a eso obligan a 
      todos, menos a los que pertenecen al Colegio de los Sabios. Y ello porque 
      nuestros magistrados han comprobado, a fuerza de funestas experiencias, 
      que el que no teme el perder la vida es capaz de quitrsela a cualquiera.
           Despus de otras muchas plticas a las que stas nos abocaron, 
      Campanella quiso saber prolijamente las costumbres del Pas de los 
      Enamorados. Le pregunt, pues, a la mujer cules eran las leyes y 
      costumbres de su reino; pero ella se excus porque como, segn dijo, no 
      haba nacido en ese pas, no lo conoca ms que a medias y tema que sus 
      informes fuesen demasiado ligeros; y continu: Es verdad que yo vengo de 
      esa provincia; pero as como todos mis antepasados, yo he nacido en el 
      Reino de la Verdad. Mi madre me tuvo a m y luego ya no dio a luz ms 
      hijos. Ella me educ en ese pas hasta que tuve trece aos, pues entonces 
      el rey, por consejo de sus mdicos, le mand que me llevase al Reino de 
      los Enamorados para que, educada en el pas del amor, creciese con ms 
      alegra y ms comodidad que la que mi pas poda ofrecerme y fuese ms 
      fecunda que ella. Entonces mi madre me llev al Pas de los Enamorados y 
      me condujo a esa casa de placer de que os he hablado.
           Mucho sufr antes de que me familiarizase con sus costumbres. Al 
      principio me parecieron stas muy rudas, pues, como vosotros sabis, los 
      hbitos que con la lactancia recibimos siempre nos parecen ms razonables, 
      y yo acababa de llegar de mi pas natal, es decir, del Reino de la Verdad.
           No dej por ello de reconocer que esta nacin de amantes viva con 
      mucha ms dulzura e indulgencia que la nuestra; porque aunque todos 
      dijesen que mi mirada les hera peligrosamente, que con mis ojos les daba 
      la muerte y que de stos sala una llama que consuma sus corazones, era 
      tan grande la bondad de todos, y principalmente la de los jvenes, que me 
      acariciaban, me besaban y me abrazaban en vez de vengarse del dao que les 
      haca. Yo llegu a indignarme conmigo misma al saber los desrdenes que en 
      ellos causaba, por lo cual, transida de compasin, les descubr un da el 
      propsito que de marcharme haba formado; pero entonces, tirndose a mi 
      cuello y besndome las manos, me dijeron todos: Ay! Cmo salvaros? 
      Vuestra casa est por todas partes rodeada de agua, y tan grande es el 
      peligro, que si no sobreviniese un milagro, tanto vos como nosotros nos 
      ahogaramos.
           Cmo! -interrump yo entonces-. En la regin de los amantes hay 
      inundaciones? As debe de ser -me repiti ella-, porque uno de mis 
      pretendientes (y este hombre no quera engaarme, puesto que me amaba) me 
      escribi que era tan grande el disgusto que mi partida le causaba, que 
      haba derramado un mar de sollozos. Otro me asegur que sus pupilas desde 
      haca tres das destilaban constantemente ros de lgrimas, y como yo 
      maldijese, por el amor que me tenan, la hora fatal en que ellos me 
      vieron, uno de los que se contaban entre mis enamorados esclavos encarg 
      que me dijesen que sus ojos, desbordndose de pena, haban llorado un 
      diluvio. Me hubiese yo quitado del mundo, para no causar tantas desdichas, 
      si el correo de este amante no hubiese aadido que su dueo le haba 
      encargado que tambin me dijese que no me asustase por el diluvio de sus 
      lgrimas, porque la llama de su pecho secara los ros de sus sollozos. 
      Por todo esto, vos podis conjeturar que el reino de los enamorados debe 
      ser muy acutico, pues para ellos tan slo puede llamarse lloro al 
      manantial de ros, fuentes y torrentes que de sus pupilas brotan.
           Estaba yo muy pesarosa pensando con qu ardid me salvara de todas 
      estas inundaciones que amenazaban ahogarme, cuando uno de mis enamorados, 
      al que llamaban el Celoso, me aconsej que me arrancase el corazn y luego 
      que me embarcase en l; que no deba temer el naufragar, puesto que mi 
      corazn a tantos otros salvaba, ni irme con l al fondo, puesto que era 
      demasiado ligero; que lo nico que pudiera temer era un incendio, ya que 
      la materia de tal nave era muy propicia al fuego; que comenzase, pues, a 
      navegar sobre el mar de sus lgrimas, porque la venda de su amor me 
      servira de vela y el viento favorable de sus suspiros, a pesar de la 
      tempestad de sus rivales, me conducira a buen puerto.
           Mucho tiempo estuve yo pensando cmo podra realizar esta empresa. 
      La natural timidez de mi sexo no me permita el valor de acometerla; pero 
      finalmente, pensando que si tal empresa no hubiese sido posible un hombre 
      no hubiese cometido la locura de aconsejarla, y menos si estaba enamorado, 
      infundime valor.
           Empu un cuchillo y me lo hund en el pecho. Ya con las dos manos 
      escarbaba en mi herida y con una mirada intrpida buscbame el corazn 
      para arrancrmelo, cuando acudi un joven que me amaba. Me quit el hierro 
      muy a pesar mo, y luego me pregunt el motivo que tena para cometer esta 
      accin, que l llamaba desesperada. Yo se lo cont todo; pero qued muy 
      suspensa cuando, despus de un cuarto de hora, supe que haba denunciado 
      al Celoso ante la justicia.
           Los magistrados, sin embargo, que acaso temieron sugestionarse 
      demasiado por la novedad y la extraeza de este accidente, remitieron esta 
      causa al Parlamento del Reino de los Justos, y en ste fue el Celoso 
      condenado, no slo al destierro perpetuo, sino a acabar sus das siendo 
      esclavo en las tierras de la Repblica de la Verdad, y se le prohibi 
      adems que todos sus descendientes, hasta la cuarta generacin, pusiesen 
      el pie en la Provincia de los Enamorados. Tambin en un otros se le 
      oblig a que no usase nunca la hiprbole, bajo amenaza de muerte.
           A partir de este suceso sent mucho amor por este hombre que me 
      haba salvado, y sea por esta buena accin, sea por la pasin con que me 
      haba servido, yo no le rechac, y cuando terminaron su noviciado y el mo 
      me pidi como una de sus esposas.
           Siempre hemos vivido bien y juntos, y todava viviramos as si, 
      como os he contado, no hubiese l asesinado dos veces a mi hijo, de lo 
      cual voy a quejarme al Reino de los Filsofos, donde implorar venganza.
           Mucho nos sorprenda a Campanella y a m el profundo silencio de este 
      hombre, por lo cual trat de consolarle, pensando que tan profunda 
      melancola sera hija de un dolor muy hondo; pero su mujer no consinti 
      que lo hiciese, y me dijo: No es la mucha tristeza lo que cierra su boca, 
      sino nuestras leyes, que prohben a todo criminal citado ante la justicia 
      el que hable una sola palabra si no es ante los jueces.
           Mientras pasbamos estas razones, el pjaro constantemente avanzaba 
      en su camino.
           De pronto qued yo sorprendido cuando o que Campanella, con el 
      rostro lleno de alegra y de emocin, exclamaba: Sed muy bien venido, oh 
      vos, el ms amado de todos mis amigos! Vamos, seores, vamos hasta donde 
      est el seor Descartes, que por all llegamos; bajemos, que ya no nos 
      separan de l ms que tres leguas. Yo estaba muy sorprendido por este 
      arrebato, pues no comprenda cmo l poda conocer la llegada de una 
      persona de la cual no tenamos ninguna noticia. Seguramente -le dije- vos 
      le habis visto en sueos. Si vos llamis sueos -dijo l- a lo que 
      vuestra alma puede ver con tanta claridad como vuestros ojos a la luz del 
      da cuando ste luce, os concedo que sean sueos. Mas -repliqu yo- no 
      es un sueo creer que el seor Descartes, a quien vos no habis visto 
      desde que salisteis del mundo de la Tierra, est a tres leguas de aqu tan 
      slo porque vos lo imaginis?
           Deca yo la ltima palabra cuando vi llegar a Descartes. En seguida 
      Campanella corri para abrazarle. Largo tiempo estuvieron hablando; pero 
      yo no pude prestar mucha atencin a las cortesas que recprocamente se 
      decan, porque me quemaba el deseo de saber el secreto que Campanella 
      posea para adivinarlo todo. Este filsofo, que ley mi anhelo en mi 
      rostro, se lo cont a su amigo y le rog que le consintiese satisfacer mi 
      ansia. Descartes contest con una sonrisa, y mi sabio preceptor discurri 
      de esta manera: De todos los cuerpos se exhalan unas especies o imgenes 
      corpreas que se agitan en el aire. Ahora bien; estas imgenes, a pesar de 
      esa agitacin, conservan siempre la figura, el color y las dems 
      proporciones del objeto del cual hablan; pero como son muy sutiles y muy 
      ligeras, pasan a travs de nuestros rganos sin que en ellos produzcan 
      ninguna sensacin; llegan as hasta el alma, cuya delicada substancia 
      permite que en ella se impriman, y de este modo le permiten ver cosas muy 
      lejanas que los sentidos no podran percibir; lo cual sucede aqu 
      ordinariamente porque el espritu no est unido a un cuerpo formado de 
      materia grosera, como lo est en tu mundo. Nosotros te explicaremos cmo 
      sucede esto cuando hayamos tenido ocasin de satisfacer con saciedad el 
      ardiente deseo de hablarnos que mutuamente nos embarga; porque, 
      ciertamente, t eres muy merecedor de que contigo se tenga hasta la ltima 
      atencin.
      FIN

